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13 de Noviembre de 2017

Una ilustración y una oración para las madres

Por  Carolyn Mahaney

Siempre que intento decorar una habitación, colocar un centro o llenar unas macetas en mi balcón, trato de encontrar una imagen o ilustración que pueda replicar. No soy una de esas mujeres talentosas con ideas de diseños propios, por eso me beneficio grandemente de tener una fotografía o imagen para copiar.  Aunque mi producto final raramente se parece a la foto (¡a veces ni siquiera un poco!) por lo menos luce mejor que si lo hubiera hecho sin la foto.

¿Sabías que en Su gracia Dios nos da a las madres (y también a los padres) una imagen que podemos seguir? En Salmos 144:12 encontramos una ilustración impactante de cómo deben lucir nuestros hijos cuando inician su adultez joven “Sean nuestros hijos en su juventud como plantíos florecientes, y nuestras hijas como columnas de esquinas labradas como las de un palacio.” Luego de leerlo, no creo que “plantío floreciente” ni “columnas labradas” sean las primeras imágenes que vienen a nuestra mente cuando pensamos en nuestro joven cuya ropa casi puede cubrir el piso o en nuestra adolescente con sus cambios de humor.  Por eso, vamos a estudiar mejor esta ilustración para descubrir qué podemos aprender.

Nuestros varones. Deben lucir como un plantío. No es una planta recién sembrada o que crece despacio. Sino que es una que ha crecido en su totalidad con raíces fuertes. Y por eso puede soportar el calor, sobrevivir al frío y sobrevivir a condiciones climáticas difíciles.  Es una ilustración de fortaleza y perseverancia. Desde temprana edad, nuestros hijos deben crecer sin dilación hacia la madurez con el coraje de enfrentar las tormentas de la vida. En otras palabras, los jóvenes no deben vivir en una perpetua adolescencia, sino crecer por completo en su juventud. Obviamente para desarrollar este proyecto necesitan mucho de su papá (o de algún otro hombre piadoso si papá no está involucrado). Pero ¿cómo esta imagen influye en mi maternidad?

Primero, debemos resistir la urgencia de sobreproteger a nuestros hijos cuando en realidad ellos necesitan enfrentar sus miedos. Debemos negarnos a acurrucarlos cuando necesitan ser fuertes. Debemos permitirles tomar decisiones difíciles por su cuenta, sin nuestra ayuda ni injerencia. En resumen, no temamos poner nuestros hijos a enfrentarse con la realidad. Esto no significa que los lanzamos al pozo séptico de la cultura, sino que los entrenamos a dar pasos de valentía, coraje y resistir la presión basados en sus principios.

Nuestras hembras. Deben ser como columnas de esquina labradas. Estas columnas no solo soportan el peso del palacio, sino que unen las paredes. Una columna de esquina adorna el palacio con su belleza. Esta es una imagen de belleza y fortaleza. Por tanto, en lugar de cerrar los ojos y apretar los dientes hasta que pasen los años de la adolescencia debemos enfocarnos en enseñar a nuestras hijas cómo ser fuertes y hermosas.

Para empezar, deben formar su carácter. Deben compartir responsabilidades y soportar ante la presión y la adversidad. Su carácter no será fortalecido si vivimos complaciendo sus caprichos egoístas, así que ésta es la época de enseñarles sacrificio y negarse a sí mismas. También debemos entrenarlas a ser fuertes relacionalmente. Como columnas de esquina, deben ser conectoras, acercando y manteniendo las personas juntas. Por eso en lugar de darles libertad de salir a reunirse con cualquier persona que quieran, debemos animarlas a buscar a quienes están solitarios, a incluir a la chica nueva en el grupo, y mantenerse cercana a las amistades que la mueven a crecer en piedad.

Finalmente, debemos enseñarles el significado de la verdadera belleza; contemplar y reflejar la belleza de Dios. Una columna de esquina no solo sostiene el edificio, sino que también es atractiva a la vista. Por eso queremos que nuestras hijas sean hermosas de adentro hacia afuera para que atraigan a los demás a la belleza de Dios.

Antes de cualquiera de ustedes madres se enfoque en alcanzar esa imagen para sus hijos; o, por otro lado, se desanimen porque sus hijos e hijas mayores no representan esa imagen; permítanme decirles que esa ilustración es más que una imagen; ¡también es una oración!

No somos responsables -ni tenemos la capacidad- de criar nuestros hijos en nuestras fuerzas. “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia” (Salmo 127:1). Es por eso que el versículo de Salmo 144:2 sobre todo es una petición al Señor para que Él moldee a nuestros hijos a parecerse a esa imagen; que Él mueva a nuestros hijos a hacer la diferencia en el mundo por la causa del Evangelio.

Como J.C. Ryle recordaba a los padres sobre la importancia de la oración por sus hijos:

“Sin la bendición de Dios, tus mejores esfuerzos no producirán ningún fruto. Él tiene los corazones de todas las personas en Sus manos y a menos que Él toque los corazones de tus hijos por Su Espíritu, te agotarás sin propósito. Ponle agua con oración incesante a la semilla que has sembrado en sus mentes. El Señor está más dispuesto a escuchar que nosotros a orar; más listo a bendecir que nosotros a pedirle; pero Él ama escuchar nuestras peticiones.

Madres hagamos nuestra esta oración: “Sean nuestros hijos en su juventud como plantíos florecientes, y nuestras hijas como columnas de esquinas labradas como las de un palacio.

 

 

Carolyn Mahaney

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