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25 de Noviembre de 2017

La frustración de edificar un reino sin Dios

“Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia” (Salmos 127:1)

¿Alguna vez te has encontrado frustrada por algo que no has podido conseguir y por lo que habías luchado mucho? De seguro que en más de una ocasión. Lo más notable es que muchas veces, luego de analizar la situación, nos dimos cuenta de que estuvimos intentando alcanzarlo sin incluir a Dios. Estoy segura que la mayoría de nosotras nos identificamos con lo que acabo de mencionar. Más de una vez nos encontramos haciendo planes y trabajando por cosas que entendemos como importantes, pero en las que dejamos al Señor fuera de la ecuación.

Antes de hacer planes o empezar a movernos en alguna dirección, es necesario entender que podríamos estar viviendo nuestras vidas como si construyéramos un reino para Dios o uno para nosotras mismas. Por lo general nuestra carne está buscando construir su propio reino y no necesariamente uno para Dios. Esa es nuestra respuesta e intención natural. Por el contrario, vivir para el Señor y su reino, en dependencia de Él y su voluntad, requiere una actitud intencional de obediencia y sometimiento al Señor. Entonces ¿Cómo sabemos si estamos edificando un reino para Dios con nuestras vidas? La diferencia está cuando lo hacemos buscando la sabiduría y la dirección del Señor, o no buscándolas.

Nuestro Dios no nos creó para vivir vidas independientes de Él. Todo lo contrario, Él nos creó para que vivamos en total dependencia a Él. Bien dice su Palabra: Sabed que El, el Señor, es Dios; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos y ovejas de su prado” (Salmos 100:3). Por lo tanto, al ser sus criaturas, Él nos conoce mejor que nosotras mismas y nos ha prometido planes de bien y no de mal para nosotras: “Porque yo sé los planes que tengo para vosotros” —declara el Señor— “planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza” (Jer 29:11).

Debemos creer y entender esta verdad, de modo que cuando nos encontremos haciendo planes y organizando nuestras vidas, no tratemos de ir en contra de lo que ya Dios diseñó para nosotras. Si nos mantenemos atentas a esa realidad, evitaremos sentir la frustración de no haber buscado conocer Su voluntad y, lo peor de todo, sufrir las consecuencias de haber planeado o hecho algo fuera de su voluntad soberana. Este consejo del apóstol Pablo debe guiarnos continuamente: “Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto” (Ro 12:2).

Nuestra meta en esta tierra es vivir para Su gloria, una tarea que no es nada de fácil, pero gracias a Él que nos da a través de su Palabra todo cuanto necesitamos para lograrlo. Su gracia siempre está a nuestro favor. Pidámosle al Señor que no nos permita edificar reinos en donde Él no sea la base que lo sustente y el Soberano que los dirige.

 

 

Ivette Mateo

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