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11 de Enero de 2018

¿Por qué buscas a Dios?

“Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones” (Santiago 4:8).

En algún momento de nuestras vidas, todas llegamos a necesitar algo de alguien. Necesitamos que nos ayuden a hacer cosas que no podemos hacer por nosotras mismas o que nos enseñen a hacerlas. A veces necesitamos que alguien nos preste algún recurso o tan solo que nos preste atención para poder desahogarnos. No somos autosuficientes; en algún momento, si aún no lo has experimentado, necesitarás de otra persona.  ¿A quién acudes cuando necesitas algo? Generalmente acudimos a quien tiene aquello que necesitamos, independientemente de que ese alguien esté dentro de nuestra zona de amigos íntimos, ¿no es cierto? Pero, ¿qué pasa cuando la persona a quien acudes es alguien a quien conoces poco o que sólo llamas cuando la necesitas? Podría ser que te dé un poco de vergüenza, pero te armas de valor y la llamas. Ahora bien, volteemos el pastel por un momento; ¿cómo te sientes tú cuando alguien sólo te busca cuando te necesita? Si eres como yo, te sientes usada. Aunque me encanta poder ser útil a los demás, el hecho de que sólo me busquen para obtener cosas de mí, me hace sentir como si fuera un recurso desechable. No existe una relación más allá de lo que puedo ofrecer en un instante.

Muchas de nosotras nos acercamos a Dios con este mismo tipo de interés. Acudimos a Él cuando necesitamos algo. Me podrían preguntar: ¿y está mal que busque a Dios cuando necesito algo de Él? En lo absoluto, Dios nos dice en su Palabra que clamemos a Él (Jer. 33:3) y que le pidamos (Mat. 7:7-8; 21:22). Sin embargo, a lo que me refiero es a usar a Dios como el genio de la lámpara de Aladino, si me permiten la comparación. Nos acercamos a Dios por medio de la oración o cualquier otro medio de gracia, como Aladino se acercaba a la lámpara. Esperamos que detrás de esa acción se encuentre Dios con la misma disposición del Genio, y nos pregunte: “¿cuál es su deseo?”, y que al tronar de los dedos lo haga realidad. Quizás la ilustración es un poco drástica, pero si somos honestas y permitimos que el Espíritu Santo ilumine nuestro corazón, quizás podamos responder con sinceridad a la siguiente pregunta: ¿Por qué me acerco a Dios? ¿Sólo por sus bendiciones, para obtener algo que quiero, o por quién Él es?

Quisiera que veamos a la luz de la Palabra cómo luce una persona que se acerca a Dios sólo por sus bendiciones, y cómo luce cuando lo hace por quién Él es. Usemos la vida de Jacob para ver ambos ejemplos. Jacob  es  uno  de  los  personajes  de  la Biblia  conocido  por  ser  un engañador. Lo vemos en la historia bíblica engañando a su hermano y a su padre, aún a su suegro. En el momento que Jacob engaña a Isaac su padre, nos sorprende del relato en Génesis 27, que Jacob no estaba preocupado por la opinión de Dios acerca del plan de Rebeca, su madre. Al contrario, estaba más preocupado que su plan fallara. Al momento en que Rebeca le esboza el plan para engañar a Isaac, para que le diera la bendición que en un principio este quería darle a su hermano Esaú, Jacob responde: “…He aquí, Esaú mi hermano es hombre velludo y yo soy lampiño. Quizá mi padre me palpe, y entonces seré para él un engañador y traeré sobre mí una maldición y no una bendición” (vv 11b-12). Era tanto su deseo por la bendición, que sin importar las oportunidades que Dios le brindó para arrepentirse cuando estaba al frente de su padre Isaac, Jacob insistió en su plan. En Génesis 27:20 leemos: “E Isaac dijo a su hijo: ¿Cómo es que la has encontrado tan pronto, hijo mío? Y él respondió: Porque el Señor tu Dios hizo que así me acaeciera.” Jacob llegó hasta usar el nombre del Dios tres veces santo para mentir a su padre.

Esta corta narrativa nos brinda algunas características de cómo luce un corazón que sólo se acerca a Dios por sus bendiciones:

  • Lo primero que podemos observar en Jacob es su egocentrismo. Quería lo que quería cuando lo quería y a cualquier precio.  Para Jacob, y también para nosotras en muchas ocasiones, el fin justifica los medios. No importa si eso conlleva violar la ley del mismo Dios al cual nos acercamos; queremos que Dios nos dé de aquello que entendemos será para nuestro bienestar bajo cualquier costo. Bueno, siempre y cuando eso no implique que nos hagan quedar mal, como vemos en el ejemplo de Jacob. El egocentrismo nos lleva a estar más interesadas en nuestra reputación y en evitar consecuencias desagradables para nosotras que en la gloria de Dios y en lo que Él permite para nuestro bien. Por encima de eso, el egocentrismo siempre nos hace pensar que merecemos aquello que perseguimos.
  • En segundo lugar, vemos que no hay una dependencia total en Dios. Ese corazón que se acerca a Dios solamente por algún interés de que Dios le dé algo, no confía en que Dios lo puede hacer cuando quiera y cómo quiera; tiene que tomar el control, porque al final no confía solamente en Dios. En el caso de Jacob, ya Dios había prometido que su hermano mayor le serviría. Jacob pudo haber esperado en Dios hasta que Él cumpliera su promesa. Sin embargo, cuando nos acercamos a Dios por sus bendiciones, no queremos hacerlo a la manera de Dios, queremos hacerlo a nuestra manera. Sólo entendemos que si Él está de nuestro lado, sería más fácil para nosotras.
  • Lo tercero que podemos observar es que un corazón que se acerca a Dios sólo por sus bendiciones, podría  mostrar hipocresía al atribuir a Dios el mérito y la gloria de lo obtenido, aun sus acciones hayan sido ilícitas. No es infrecuente escuchar a personas que dan gracias a Dios por haber obtenido riquezas por medios ilícitos, como si Dios le hubiera ayudado en el proceso. ¡No son sensibles al pecado!  Sin embargo, es sólo un acto externo y una apariencia de piedad, tal como Dios le dijo al pueblo por medio del profeta Isaías: “Dijo entonces el Señor: Por cuanto este pueblo se me acerca con sus palabras y me honra con sus labios, pero aleja de mí su corazón, y su veneración hacia mí es sólo una tradición aprendida de memoria” (Isaías 59:13). El corazón de la persona que sólo se acerca a Dios por sus bendiciones está lejos de Dios aunque piense que está cerca.

Lo extraordinario del relato de Jacob es ver cómo Dios transformó a este hombre de ser un engañador a un hombre de fe y de dependencia en Él.  A través de varias circunstancias en su vida, Jacob aprendió cómo acercarse a Dios por quién Él es. Vemos a Jacob cuando se acerca a Dios en oración antes de reencontrarse con su hermano Esaú, después de haber transcurrido alrededor de casi 20 años. La última vez que se vieron, Esaú procuraba su muerte porque Jacob le quitó su primogenitura y bendición. Ahora, estaba a punto de reencontrarse con él, lo cual le llevó a orar a Dios: “Y dijo Jacob: Oh Dios de mi padre Abraham y Dios de mi padre Isaac, oh Señor, que me dijiste: ‘Vuelve a tu tierra y a tus familiares, y yo te haré prosperar’, indigno soy de toda misericordia y de toda la fidelidad que has mostrado a tu siervo; pues con sólo mi cayado crucé este Jordán, y ahora he llegado a tener dos campamentos. Líbrame, te ruego, de la mano de mi hermano, de la mano de Esaú, porque yo le tengo miedo, no sea que venga y me hiera a mí y a las madres con los hijos. Y tú dijiste: ‘De cierto te haré prosperar, y haré tu descendencia como la arena del mar que no se puede contar por su gran cantidad” (Génesis 32:9-12). En este relato podemos ver a un Jacob acercándose a Dios de una manera diferente.

El corazón de Jacob y el de los hijos de Dios que se acercan a Él con sinceridad:

  • Muestra humildad: Jacob reconoció que  Dios  le  había  mostrado  misericordia, no  le  había  pagado  conforme  a sus pecados, y se había mostrado fiel a pesar de su infidelidad. Más aún, Jacob verbalizó lo indigno que era de que Dios se mostrara de esta manera a él. Vemos en Jacob que él ya no se siente meritorio de sus bendiciones y puede contarlas como favores inmerecidos, porque lo son. La humildad de Jacob también se vislumbra en el hecho de que se presentó a Dios con toda honestidad, reconociendo sus propios temores. Ya no tiene nada que esconder y tampoco un plan para engañar a su hermano. Aunque divisó una estrategia, esta  vez  no  ilícita,  buscó  ayuda  en  el  Dios  que le  había mostrado misericordia.
  • Recuerda las promesas de Dios: Jacob va donde el Señor y no le exige que le responda, simplemente decide refugiarse en las promesas del Dios de su padre Abraham y su padre Isaac. Jacob trae a memoria aquello que ya Dios le había dicho, que Dios le iba a prosperar y a multiplicar su descendencia. Eso es lo que hacemos cuando nos acercamos a Dios confiando en quien Él es: clamamos  a  Dios  en base  a  lo  que  ya  Él  nos  dijo  acerca  de  sí  mismo  y lo que Él prometió hacer por sus hijos. Por ejemplo, en su Palabra nos dice que Él es fiel (1 Cor. 1:9); que es rico en misericordia y nos ha amado con un gran amor (Ef. 2:4); que Él es bueno (Salmo 119:68), promete que estará con nosotros (Isaías 41:10); promete que nos dará lo que necesitamos (Fil. 4:19); y que todo coopera para nuestro bien (Rom. 8:28). Jacob no dejó de pedirle lo que entendía que necesitaba, pero esta vez su acercamiento fue diferente y parecido a la invitación que el autor de Hebreos nos hace: “Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna” (Hebreos 4:16).

Jacob aprendió a venir delante de Dios con un corazón sincero, contrito y humillado, aquello que el salmista dice Dios no despreciará (Salmos 51:17).  ¿Y tú?, ¿Por qué te has estado acercando a Dios? Dios anhela que nos acerquemos a Él. Por eso nos dice Santiago 4:8: “Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros.” El término implica acercarse para entablar una relación íntima con el Señor y tener comunión con Él.  Si  has  sido redimida,  tu  corazón  debe  anhelar  estar cerca  de  Dios  porque le amas y porque has visto la majestuosidad de su ser; porque no hay nadie como Él. El alma que busca a Dios por quien Él es, dice como el salmista: “Mas para mí, estar cerca de Dios es mi bien; en Dios el Señor he puesto mi refugio, para contar todas tus obras” (Salmos 73:28). Por eso Dios, en la segunda persona de la trinidad, se encarnó y pagó por cada uno de nuestros pecados, para que este acercamiento fuese posible. Es el mismo evangelio de gracia que nos invita a acercarnos a Dios, sabiendo que Cristo es nuestra reconciliación con el Padre (2 Cor. 5:19). Si sólo buscas a Dios por sus bendiciones, te estás perdiendo la mejor parte, Dios mismo.

 

 

Rossy Báez

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