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27 de Febrero de 2018

¿Quién decide cuándo debo casarme?

Por  Vilma Mata de Méndez

Serie: Cómo saber si estoy lista para casarme

Recuerdo como si fuera ayer, que de niña solía escuchar y tararear una canción, que aún en estos días continúa oyéndose en algunos lugares; la cual parecía marcar el prototipo de “la esposa perfecta”, cuyo estribillo decía más o menos así:

Arroz con leche

Me quiero casar

Con una señorita

De la capital.

Que sepa coser

Que sepa planchar

Que sepa abrir la puerta

Para ir a jugar.

Que sepa coser

Que sepa bordar

Que ponga la mesa

En su santo lugar.

Yo soy la viudita

La hija del Rey

Me quiero casar

Y no hallo con quién.

Aquello parecía una especie de lista de requerimientos necesarios para podernos casar, y tal vez, para algunas de nosotras era la regla a seguir.

¡Yo soy ella, yo estoy lista!! Yo sé coser, yo sé planchar, sé cocinar y sé lavar, estoy lista. . . . . . . me quiero casar y no encuentro con quién. ¡Ya estoy lista!!

Lo cual resulta totalmente contradictorio o paradójico, pues, mientras en algunas áreas no estamos completamente listas (cuidar nuestras casas, o, profesionalmente, tenemos el novio, nos guardamos en pureza, estamos económicamente independientes de nuestros padres, etcétera), en otras, sí lo estamos, pero sin dudas lo más importante debe ser, que estemos listas en cualquier momento cuando el Señor nos lleve al encuentro de nuestro “amado Adán” Es Dios quien TRAE a la joven al novio. Es por soberania de Dios, no es coincidencia, es soberania de Dios.

Entonces el Señor Dios, hizo caer un sueño profundo sobre el hombre, y éste se durmió; y Dios tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre, formó una mujer y la TRAJO al hombre. (Gn. 2:21-22)

Aunque Dios no nos ha dado una lista de requisitos que nos dejen ver que ya estamos listas para casarnos, sí nos ha compartido por medio de Su Palabra, las características que debe tener una esposa, como nos lo dice en:

conducta casta y respetuosa, el ser de espíritu tierno, quieto, apacible, humilde y enseñable, el estar sujetas a nuestras autoridades, padres, jefes, pastores, líderes, el adornarnos con obras de piedad, el ocuparnos en buenas obras y en nuestra salvación con temor y temblor, el crecer en las disciplinas espirituales de devoción a nuestro Señor. (1 Pedro 3:2,4.)

Dios no nos ha prometido que todas nos casaremos, tampoco que todas tendremos familia biológica, ni tampoco que no estaremos solas ni que todas tendremos marido (Él es nuestro Marido):

Porque tu esposo es tu Hacedor, el Señor de los ejércitos es su nombre; y tu Redentor es el Santo de Israel, que se llama Dios de toda tierra. (Isaías 54:5)

y como se regocija el esposo por la esposa, tu Dios se regocijará por ti. (Isaías 62:5)

Como toda mujer joven, yo tenía mis ideas acerca del matrimonio y de cómo y cuándo debía casarme; tenía en mi mente una edad específica, una acumulación de metas por cumplir, pero en ningún momento dentro de mis planes se encontraba Dios y Su voluntad, pues yo no lo tomaba en cuenta para nada de ello, ya que, consideraba que era MI vida y, por lo tanto, solamente yo era quien podía decidir qué hacer.

En esa época, me encontraba llena de temores, inseguridades e incertidumbres, no quería casarme joven; pero ahora con la madurez que Dios me ha permitido, me doy cuenta de que fui engañada con los cuentos de hadas y los tan mencionados “Había una vez” y “Se casaron y fueron felices para siempre”.

Recuerdo perfectamente, que yo pensaba que conocería a mi príncipe azul, vendría y sería el hombre perfecto del cual, como producto de un “flechazo”, yo quedaría totalmente enamorada, sin entender que no todos los enamoramientos ocurren a primera vista, ni tampoco todos son iguales.

Así mismo, pensaba en terminar una carrera universitaria, realizarme, disfrutar mi vida saliendo a donde yo quisiera, viajar por todo el mundo, tener éxito profesional y obtener los logros materiales que yo había idealizado (casa, vehículo, etc.), pero sucedió algo que estaba fuera de mis planes. . . . . Dios trajo a mi vida a un hombre del cual quedé impactada por su forma de liderazgo, la cual yo no había experimentado antes, un hombre con tal seguridad y decisión, que no esperó a que yo le dijera “sí, acepto”, sino que él mismo tomó la palabra.

Pero, entonces . . .  ¿Qué fue lo que sucedió? ¿Cómo supe yo que él era el hombre adecuado? ¿Cómo estaba segura de que él era el hombre que Dios tenía para mí? ¿Cómo supe que estaba lista para casarme?

En las siguientes entregas de esta serie te compartiré las respuestas.

 

 

Vilma Mata de Méndez

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