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13 de Marzo de 2018

¿Es una meta de nuestra vida acercarnos más a Cristo?

“Teniendo, pues, un gran sumo sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe].15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado” (Hebreos 4: 14- 15).

Jesús es nuestro gran Sumo Sacerdote, esto se lee y se escucha tan humano que es un estímulo para ser leales a nuestro Dios y Señor, porque suena tan cercano como si lo pudiéramos tocar.  Y en verdad Dios es muy cercano, sobre todo con aquel que reconoce su gran insuficiencia, y su necesidad de ser perdonado:   

“Porque así dice el Alto y Sublime que vive para siempre, cuyo nombre es Santo: Habito en lo alto y santo, también con el contrito y humilde de espíritu, para vivificar el espíritu de los humildes y para vivificar el corazón de los contritos” (Isaías 57: 15).

Esto significa que nuestro Dios es alto y majestuoso que vive en la eternidad en el lugar más santo (trascendente), pero también muy cercano, porque dice que “habita” con el de espíritu arrepentido y humilde.

Este es un mundo caído, dominado por el príncipe de este mundo, satanás. Jesús  lo dijo: “Ya está aquí  el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12: 31).Aunque  Él lo venció  enla cruz del  calvario, estamos expuestas constantemente a tentaciones, ya sea por nuestro propio pecado o por circunstancias externas, pecados de otros, o por las mismas actividades de satanás; pero, gracias a Dios tenemos una ventaja, nos podemos acercar a Él arrepentidas, ir donde nuestro Gran Sumo Sacerdote, en plena certidumbre de que restaurará  nuestro espíritu destrozado. 

Jesucristo es cercano a nosotros, tanto, que nos justificó en la cruz y nos reconcilió con Su Padre, como bien leemos en 2 Corintios 5:19: “a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones,”

Dios Padre nos reconcilió con Él mismo en Cristo. Cristo fue quien se hizo carne y pagó el precio que nosotras debíamos haber pagado, nos redimió de la maldición del pecado haciéndose maldito al colgarse de un madero (Gal.3:13). 

Jesús nos sacó de la esclavitud; a mí me sacó de la esclavitud.  Piensa  en esto:  Ser esclava  es estar cautiva en un lugar estrecho, donde tú  no tienes  salida; por donde quiera dirijas  tus ojos, lo único que ves son   paredes no muy limpias, de donde no puedes  escapar por  ti  misma; no tienes  espacio, casi no puedes  respirar, no te puedes  mover;  estás cansada, agotada, a punto de desfallecer; estás  viva para el mundo, pero  muerta en  espíritu; de pronto viene “Alguien” que  te infunde vida, compra  tu libertad, te viste con ropas limpias, te coloca en un lugar espacioso en donde te puedes  mover con plena libertad;  tus ojos comienzan  a vislumbrar nuevos horizontes; ahora tienes  una nueva perspectiva, has  nacido de nuevo;  jamás volverás  a la esclavitud, ahora le perteneces  a ese “Alguien” que tú no conocías, aunque quizás habías  escuchado vagamente de Él; ese es Cristo, nuestro Señor y salvador, quien te ha convertido en una nueva persona, ya tu vida antigua ha pasado, todo ahora es nuevo, comienzas  una nueva vida llena de oportunidades.  Todo esto es gratuito, es por gracia, es en fe en aquel que justifica al pecador. 

Nuestra regeneración es gratuita; veamos como lo dice la Palabra en Romanos 3:24 24 siendo justificados gratuitamente por su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús,

Observa cómo dice: “gratuitamente por su gracia” por medio del sacrificio de nuestro Señor Jesucristo, nuestro compasivo gran Sumo Sacerdote.

Debemos, pues, acercarnos a Cristo con confianza, reconociendo que Él no es como los sacerdotes que vemos en los  libros  de  Éxodo 28-29  y  Levítico 7, quienes tenían que hacer sacrificios por sus propios pecados  y  por los del pueblo constantemente; Cristo Jesús hizo un solo sacrificio, una vez y para siempre,  siendo  Él  sin culpa;  podemos leer esto en Hebreos 7:26-27:  “Porque convenía que tuviéramos tal sumo sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos,  que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo”.

Pensemos en la maravillosa compasión de Jesús, quien además de sacarnos de ese lúgubre lugar de esclavitud, de donde no podíamos salvarnos a nosotras mismas, también nos ha dado un Padre, a Su propio Padre quien nos ha hecho herederas del reino y coherederas con Cristo; ahora pertenecemos a la gran familia de Dios, ya no tenemos que andar solas, tristes y abatidas, tenemos a quien acercarnos en confianza, Dios es nuestro Padre ahora. Jesús ha destruido el temor a la muerte y ha vencido al diablo. Con Cristo podemos tener valor y esperanza.  Nos ha dado un manual de vida y conducta que es Su Palabra, por medio de la cual el mismo Dios, a través de Su Espíritu Santo, juzga las intenciones y pensamientos de nuestro corazón (Hebreos 4:12).  Su Palabra nos instruye y nos da dirección (Salmos 119:33-35; 97-105; 129,133).

Así que, debemos esforzarnos, ser tenaces al aferrarnos a las promesas de Dios.  Buscar activamente al Señor, estudiar Su palabra, congregarnos, buscar compañerismo y ayuda en los grupos pequeños, orar constantemente en intimidad con Dios o en grupo; todo esto edifica nuestra fe y nos acerca cada vez a nuestro amado salvador.

Particularmente, anhelo en mi corazón, y es mi oración, tener “pasión por Jesús”, por Su palabra, conocerle a Él, entenderle, aunque sea un poco, porque sé que “de este lado de la gloria,” para citar a nuestro pastor, no llegaré a comprender nunca ese amor tan radical que lo llevó a un sacrificio tan brutal.  Pero sí, es mi oración, acercarme cada día más a Cristo, apasionarme por nuestro gran Sumo Sacerdote, quien intercede constantemente por nosotras y nos ayuda a santificarnos por medio de Su Santo Espíritu, estando segura que un día no muy lejano nos llevará a la gloria.

Nuestra meta de vida de acercarnos a Cristo debe ser nuestra prioridad, porque tenemos la promesa de paz y unidad en El, reconciliación con Dios Padre por su obra redentora: “Y vino y anunció paz a vosotrosque estabais lejos, y paz a los que estaban cerca; porquepor medio de El los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu. Así pues, ya no sois extraños ni extranjeros, sino que sois conciudadanos de los santos y sois de la familia de Dios”, (Efesios 2:17-19).

Y Además se nos insta a que retengamos la fe en El, quien nos conoce y se compadece de nuestras flaquezas, ratificándonos la Palabra que podemos acercarnos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:14-16).  Dios es fiel, nunca falla a Sus promesas.  El cumplirá Su propósito en ti y en mí, amada hermana.

¡Dios les bendiga!

María del Carmen Tavarez C.

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