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06 de Abril de 2018

Crónicas Misioneras - Oportunidades de Dios

Desde que nací de nuevo, en el 1984, supe que Dios me llamaba a llevar su Palabra a los más necesitados. Sabía que en mí había un fuerte llamado a las misiones, lo que no tenía muy claro, era cuándo ni cómo. Al pasar los años el propósito del Padre fue quedando más claro y definido: Él me llamaba a enseñar e instruir con Su Palabra a padres, líderes y maestros, sobre principios bíblicos de educación que traerían transformación a las familias y, por tanto, a las naciones. Entendiendo que la educación es un medio poderoso para discipular individuos y naciones y cultiva siempre el carácter, mostrando diversidad de frutos, dependiendo de dónde esté arraigada, respondí a Su Voz, “Si Señor, envíame a mí”.

Este ministerio me ha llevado a ciudades y pueblos de distintos países de Latino América. En cada uno de estos viajes, a los que llamo por convicción, mis aventuras con Dios, siempre lo voy a enseñar es Su Palabra aplicada a la educación, pero es mi oración que el Señor me provea la oportunidad de compartir el mensaje del Evangelio, ya sea en un aeropuerto, durante uno de los vuelos o en los lugares adonde estaré hospedada.

En esta ocasión, fui invitada a enseñar a un grupo de maestras y maestros de una ONG que trabaja con proyectos y desarrollo comunitario, en un pequeño pueblo rural del norte de Nicaragua, en la provincia de Nueva Segovia, colindando con la frontera con Honduras, llamado Quilalí. Este pueblo, aunque lejos de la capital, es muy conocido en la nación, por ser el lugar adonde el general Augusto Sandino, se asentó con sus hombres al inicio del siglo pasado para hacer frente a las tropas norteamericanas en una revolución que todavía muestra sus consecuencias y que dio nombre al partido que hoy gobierna Nicaragua, el Frente Sandinista de la Liberación Nacional (FSLN). El viaje desde Managua, es de alrededor de siete horas en camioneta. La primera parte, por la Carretera Panamericana, nos lleva cruzando diferentes ciudades y pueblos, hasta llegar a Estelí, adonde hicimos una parada para almorzar. Las últimas dos horas y media del trayecto, que transitamos por una estrecha y sinuosa carretera, constituyen un reto para la salud de cualquiera que no esté acostumbrado, pues luego de la curva cerrada, viene la siguiente y luego la que sigue, subiendo las montañas que rodean el valle adonde se encuentra Quilalí. Al llegar al lugar de hospedaje (uno de los dos únicos pequeños hoteles del pueblo), me preguntaba, como paciente de Diabetes Tipo 1, adónde terminarían guardadas mis insulinas, para mantenerlas a la temperatura adecuada, en aquel lugar tan caluroso y polvoriento. Una de las grandes lecciones que he aprendido a través de cada una de estas aventuras, es que el Padre, que me escogió y me envió, tiene cuidado de mí.

Don Eddy, el dueño del hotel, muy amablemente, me permitió guardar mi estuche médico en la única nevera del lugar, en su oficina, junto a botellas de refrescos, cajas de leche, frescos (jugos en caja), agua y otras bebidas. Agradecida, cada día me dirigía a la oficina, para preparar lo necesario para la labor del día. Cada noche, en esta oficina. que también se convirtió en mi comedor, tomaba mi cena que consistía en un trozo de malanga (yautía coco) y un pedazo de cuajada (un queso muy rico con sabor a queso de freír y consistencia de queso crema) en lo que mis compañeros salían a cenar en un comedor o lugar de frituras frente al parque del lugar. Aquí, parada al lado de la nevera adonde guardaba mis insulinas, encontré la oportunidad de Dios, una noche en la que entró Sandrita, la joven que limpiaba y arreglaba las habitaciones, y la invité a compartir conmigo la provisión de Dios para mi cena de ese día. Ella, una hermosa joven, con muchas preguntas, un gran deseo de servirle al Señor (asiste a una iglesia de vez en cuando, pero como no es casada, no puede servir) y un gran anhelo de ser madre, compartió su corazón conmigo y entonces, pudo escuchar el poderoso mensaje del amor de Jesucristo y de la esperanza que en Él hay, y allí en esa oficina, oramos juntas siendo su corazón fortalecido. Esa noche di muchas gracias a Dios por mi condición de diabética, por su provisión y cuidado para con esta oveja y por la oportunidad que Él orquestó para compartir Su Palabra en este remoto pueblito rural de Nicaragua, Quilalí. 

 

 

Cristina Incháustegui

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