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07 de Junio de 2018

Madre, ¿Qué es lo que más anhelas para tus hijos? (Parte II)

En la primera parte de este artículo, observamos que la madre de Juan y Jacobo quienes eran discípulos muy amados de Jesús, se acerca con confianza y reverencia a pedirle que sus hijos tengan los lugares privilegiados cuando Él gobierne en su reino, ella le pide que sus hijos se sienten, el uno a la derecha y el otro a la izquierda. Ahora veamos cuál fue la respuesta de Jesús ante esa petición.

La respuesta u actitud de Jesús:

“Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís.” (Mt 20:22)

Las palabras de Jesús, dichas en el tiempo correcto, alumbran nuestro corazón. Jesús no se sorprende de nuestro pecado, él no se ofende porque pedimos mal, pero él nos atrae para que vengamos a él para ser descubiertas y escuchar su voz diciéndonos: “no sabéis lo que pedís”. “No me voy a glorificar así en tus hijos”, “no haré eso porque hay pecado en medio de tu deseo para llevarte la gloria tú y tus hijos”. Al igual que Juan, Jacobo y su madre a veces Dios nos responderá estas mismas palabras: “No sabéis lo que pedís”. Esta mujer hizo lo correcto, quizás no pensó que Jesús le negaría su petición, pero estuvo atenta a la respuesta. En la epístola de Santiago leemos “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stg4:3)

Detrás de esta petición es probable que hubieran deseos de fama, poder y exaltación. Por la respuesta que Jesús les da al final. Ella al igual que sus hijos estaban viendo lo temporal, pensando en el reino de Jesús como algo terrenal, ella no había entendido, que Jesús se refería al establecimiento de su reino celestial, eterno, no un reino mundano para engrandecerse. El desear que se sentaran el uno a su derecha y el otro a su izquierda, tenía sentido en su contexto porque esta era la forma en cómo se otorgaban los lugares en los tronos terrenales. En medio se sentaba el más grande y a los lados “los otros grandes”. El pueblo Judío pensaba que el reino de Dios sería establecido finalmente con la llegada del Mesías. Ella estaba pensando con una mente terrenal.

Tanto ella como sus hijos ignoraban la naturaleza del reino de Cristo, la cual es espiritual y no de este mundo. Aun si el reino de Cristo fuera como ellos lo imaginaban, pedir honores y lugares representa mucho placer, el deseo de dominar y tener poder. En el reino de sus mentes terrenales, no había lugar para pensar en que “el que sirve, será el mayor”. En el reino de Dios los humildes serán exaltados, los altivos serán humillados y los que sirven serán recompensados.

La segunda parte de la respuesta de Jesús dice: ¿podéis beber de la copa que yo beberé, y ser bautizados con mi bautizo? y ellos temerariamente responden: ¡SI PODEMOS! Sus corazones estaban enfocados en esta vida presente, aquí Jesús les estaba anticipando su muerte, la forma en como Él iba a sufrir. Pero también les estaba anticipando el sufrimiento que les iba a ser necesario padecer a ellos por causa de su fe. Él es el Rey pero, vino a sufrir y a dar su vida en rescate por muchos pecadores. Ante su respuesta ligera y llena de autosuficiencia y justicia propia, Jesús les dice, “si, si pueden, pero el sentaros a la Derecha e Izquierda no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre”.  Jesús les refirió las siguientes palabras “Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,  y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.” (Mt 20:26-28)

Y tú, ¿qué anhelas para tus hijos? ¿Que estén dispuestos a dar su vida por amor a otros. ¿Que se sacrifiquen por otros? Si deseamos esto para ellos estaremos animándoles a buscar la grandeza que tiene valor en el reino de los cielos, vivir como siervos.

La respuesta u actitud de los discipulos:

No solo Juan, Jacobo y su madre deseaban los mejores lugares del trono, los otros discípulos también anhelaban poder. Así que si hasta este punto en nuestra mente está el pensamiento: yo no soy ni como la madre de los hijos de Zebedeo ni como sus hijos. Y quizás estés pensando – es  una insolencia traer esta petición  a Jesús – Entonces nos colocamos del lado del resto de los discípulos, quienes también pecaron con su respuesta ante esta petición. Mt 20:24 Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos hermanos.

No era la primera vez que ellos discutían por liderazgo y posiciones en el reino de Jesús. Un día, mientras caminaban, el relato dice que Jesús les preguntó: “¿que discutían en el camino?” Y ninguno contestó. Y llegó a Capernaum; y cuando estuvo en casa, les preguntó: ¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Mas ellos callaron; porque en el camino habían disputado entre sí, quién había de ser el mayor.  Entonces él se sentó y llamó a los doce, y les dijo: Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos. (Marcos 9:33-35) En el capítulo 10 de Marcos, los hijos de Zebedeo buscan a su madre para hacer la petición a Jesús, de algo que ya habían discutido entre ellos y Jesús ya los había amonestado por sus deseos de grandeza.

Al igual que los discípulos de Jesús, podríamos estar promoviendo la división dentro de nuestras familias o en nuestras iglesias si no buscamos servirnos unos a otros, si  estamos peleando por ser el mejor, o ser la mejor mamá porque aparentemente a nuestros ojos tenemos los mejores hijos. Dios anhela que vivamos como sus siervas, sin esperar recompensas terrenales. Esta mujer había servido fielmente a Jesús, pero se desenfocó en la petición, ella no conocía aun el verdadero carácter de su Señor. Hermanas, nosotras no somos profesionales en la maternidad, necesitamos el auxilio de Dios, y necesitamos el consejo de otras.

El reino de Jesús no es terrenal, cualquier fama o éxito lo debemos atribuir a su misericordia por concedernos ser luz en un mundo de tinieblas. Si queremos que nuestros hijos brillen deberíamos clamar a Dios que ellos puedan glorificar a Dios con su testimonio, que sean hombres y mujeres prediquen la palabra, que estén dispuestos a morir por El, a sufrir por El, que no cesen de congregarse, que amen la Palabra como un tesoro, que aunque estén en puestos grandes ellos puedan honrar a Dios mientras sirven a aquellos que están bajo su autoridad.

Dios se glorificó en Juan, Jacobo y su madre a través del sufrimiento:

Dios siempre cumplirá su plan trazado para nuestras vidas. Si esta mujer se hubiera resentido con Jesús, no hubiera estado entre las mujeres que lloraban el día de su muerte y ambos Marcos y Mateo la mencionan, ella se equivocó, fue arrogante cuando hizo su petición a Jesús por el bienestar de sus hijos, pero ella alcanzó gracia, Jesús le dio otra oportunidad, él quería mostrarle a qué se refería cuando le hablaba del Reino, quizás ella estuvo ahí viendo como Jesús era clavado en ese madero muriendo lentamente, quizás con muchas dudas, quizás frustrada, quizás confundida pensando – Jesús murió, y  qué del reino del cual nos habló, ¿qué pasará con los discípulos? Más adelante en el capítulo 12 del libro de los Hechos leemos que uno de los hijos de esta mujer fue el primer mártir, el rey Herodes ordenó matar a Jacobo. Ahora ella podía entender lo que Jesús les dijo sobre “la copa que habían de beber”, ahora ella, sus hijos y los discípulos estaban sufriendo por causa de su fe, no solo la muerte de Jesús había sido algo doloroso para ella sino que ahora, su hijo, por quien había sacrificado muchas cosas ahora estaba enfrentando una muerte tan cruel. Crees que ella esté pensando en que sus hijos se sentaran en el trono y juzgaran a las naciones, ¡NOOOO! ¡Claro que no!, ella está sufriendo, ella no ha entendido, ella tiene su corazón hecho pedazos. Un discípulo tan amado enfrentaría este castigo y una madre buena y piadosa sufriría este dolor. Podemos decir que ella continuó su camino como sierva de Dios aun en medio de su dolor ya que en el capítulo 12 de Hechos dice que en su casa oraban y lloraban porque pedro estaba encarcelado con sentencia de muerte igual que su hijo. La pérdida de su hijo no fue un obstáculo para que su vida de piedad creciera. ¿Qué pasó con Juan? Fue maltratado, encarcelado, recibió sentencia de muerte, fue sumergido en una caldera de aceite o petróleo. Fue desterrado a una isla, vivió solo por mucho tiempo, los últimos días de su vida y ahí tuvo la visión, Dios lo usó para sellar el canon de las Escrituras, Juan escribió el libro del Apocalipsis.

Los planes de Dios para esta bella familia no fueron lo que ellos anhelaban o esperaban, porque Él tenía un llamado más excelente fueron escogidos para padecer sufrimiento al igual que su Maestro, en medio del dolor y la muerte Dios se glorificó. Él les prometió la vida eterna, una eternidad para adorarle en un lugar donde toda lagrima será limpiada y donde no habrá dolor o sufrimiento.

Querida amiga lectora, ¿Qué has estado pidiendo a Dios por tus hijos? Todas nosotras como madres fallamos cuando nuestras peticiones están centradas en el bien de nuestros hijos en vez de estar centradas en la gloria de Dios. No me malinterpretes, no se trata de que vengamos a Dios pidiendo dolor para nuestros hijos, sino que deberíamos venir con sinceridad y reconocer nuestra falta de visión para pedir correctamente. Piensa por un momento en la eternidad, ¿adónde pasaran la eternidad nuestros hijos? El regalo de la vida eterna solo lo pueden encontrar en Jesús. Si Jesús no es nuestro mayor tesoro en esta tierra, entonces estaremos haciendo tesoros terrenales solamente.  En estos días que celebramos el día de la madre, has una pausa en tus oraciones y pide a Dios que examine las intenciones de tu corazón, escucha su voz aun si su amonestación causa dolor al quebrantar  tu orgullo, no te resistas y ven en arrepentimiento suplicando su misericordia para ti y para tus hijos.

Que Dios te llene de gracia cada día y seas una madre que ora fervientemente por la voluntad de Dios para sus hijos.

¡Dios te bendiga abundantemente!

 

 

Magali de González

Doctora en Medicina y ama de casa. Su país de Origen es El Salvador.  Actualmente vive en la ciudad de Minneapolis, Minnesota, con sus hijos René (9), Alicia (8) y su esposo René González quien está cursando sus estudios de Maestría en Divinidad en el Bethlehem College  and Seminary.

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