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30 de Agosto de 2018

Un banquete fuera de serie: Una invitación de trascendencia eterna, ¡ineludible!

“El reino de los cielos puede compararse a un rey que hizo un banquete de bodas para su hijo. Y envió a sus siervos a llamar a los que habían sido invitados a las bodas, pero no quisieron venir” (Mateo 22; 2-3).

“Y el ángel me dijo: Escribe: “Bienaventurados los que están invitados a la cena de las bodas del Cordero” Y me dijo: Estas palabras son verdaderas de Dios” (Apocalipsis 19:9).

“Porque muchos son llamados, pero pocos son escogidos” (Mateo 22: 14).

 

¿Quién no ha vivido la experiencia de participar en el festejo de bodas de algún familiar, un amigo, o compañero de trabajo o relacionado?

Es todo un evento que conlleva innumerables etapas, desde su planificación inicial hasta su celebración final ante Dios, en la iglesia escogida, y el disfrute del banquete. Todo se prevé minuciosamente: la fecha, el lugar de recepción, la decoración, el menú, la bebida, el traje de los novios, los anillos, el arreglo personal; el atuendo de los padres, damas, familiares, padrinos etc. Se elabora la lista de invitados, y con antelación se envían las invitaciones, con su consabida lista de bodas y la indicación sobre cuál vestimenta apropiada para la ocasión deben llevar (traje formal o informal).

Cada invitado se siente honrado por la distinción, mayor aún si se trata de una boda de alta categoría. Todo padre, sea de clase humilde o de clase alta, siente regocijo por la boda de su hijo, y espera que la persona invitada esté presente y les acompañe en ese evento tan especial en sus vidas. De no ser así, lo interpretaría como un desaire, sobre todo si no tuvo la gentileza de presentar una excusa válida. Es más, hoy se estila que el invitado confirme previamente su asistencia. En medio de todo esto reina un ambiente de mucha expectación, emociones encontradas, bañadas de alegría. Es un evento cotidiano que pasa…

En la Palabra de Dios encontramos otras celebraciones, que igualmente son planificadas desde antes de la fundación del mundo, que han estado en el corazón de Dios, y las ha desplegado en su tiempo y orden conforme a su soberanía, con sus propósitos eternos.

Reflexionemos hoy sobre otro banquete, otro festejo de bodas que trasciende, porque está en juego la vida eterna de cada una de nosotras, pues al aceptar o rechazar la invitación que el Rey de reyes nos hace al banquete de su Hijo, nosotras mismas decidimos nuestra salvación o condenación eterna.

Como punto de apoyo nos referiremos a una de las parábolas que utilizó Jesús para confrontar a los principales sacerdotes, ancianos del pueblo y fariseos, quienes cuestionaban su autoridad para hacer lo que hacía (Mt.21:23-27). Ya Jesús les había presentado dos parábolas en Mt. 21:28-46, donde les habla de los dos hijos que un hombre mandó a trabajar en la viña, quedando de manifiesto cuál fue el que hizo la voluntad del padre, el que dijo que no iba y fue luego a la misión. En la segunda parábola, un hacendado después de plantar su viña y arrendarla a unos labradores, manda a sus siervos para recibir sus frutos; no hubo ningún resultado digno. Todo fue un desastre. Fueron maltratados, apedreados y muertos. Después de enviar un segundo grupo, y recibir el mismo trato, decide enviar a su hijo, pero a este lo mataron también por ser el heredero. Ellos se creían los dueños absolutos de esa viña. Cuando Jesús les pide opinión a estos líderes sobre qué debe hacer el dueño de la viña a estos malvados, ellos aconsejan que debe llevarlos a un fin lamentable y arrendar la viña a otros que le paguen los frutos a su tiempo. Jesús les habló tan claro por las Escrituras mismas, que estos sacerdotes y fariseos se dieron por aludidos y comprendieron que estaba hablando de ellos (Mt.21:42-46).

En la parábola siguiente, ya no viene a hablar del trabajo en la viña ni de recoger los frutos por lo trabajado, sino del festejo final, donde el hijo es el centro nueva vez y el rey hace banquete de bodas para él, comparando con esto el reino de los cielos (Mt.22:1-14).

Les narra que envió a sus siervos a llamar a los invitados, pero no quisieron venir. Le rechazaron (v3). ¿Quiénes eran estos invitados? ¡Los mismos líderes!  ¡Su pueblo escogido!

Este rey manifestó su paciencia y su amor al enviarles nuevos siervos para decirles que ya era la hora, que todo estaba preparado, que el banquete estaba listo para celebrar(v4). El rechazo y la indiferencia continuó; no hicieron caso, y cada uno se envolvió en sus labores cotidianas (v.5). Otros actuaron más impíamente, con maldad y hostilidad, maltratando y matando a los siervos enviados por el rey, tal como hicieron los labradores malvados(v.6). ¡La historia se repite!

Todo tiene un límite; tanto rechazo, tanta indiferencia y maldad trajo como consecuencia el enojo del rey, quien se enfureció y envió sus ejércitos, destruyendo a estos malvados asesinos y quemando la ciudad (v.7). ¡Hubo juicio!

Los invitados no fueron hallados dignos de tal honor, y así como en la parábola de los labradores malvados la viña sería entregada a otros, el rey decide compartir su banquete y festejar con otros, sin distinción  alguna, “buenos o malos”;  y sus siervos trajeron  a todos  los que  encontraron en el camino, y el salón se llenó de comensales (v.8-10).

Otro detalle es que el rey tenía dispuesto el traje de bodas correspondiente para cada invitado. Había que cumplir con ese requisito para poder participar de dicho banquete.

Al rey nada se le escapa; uno de los invitados tuvo la osadía de presentarse sin la vestidura indicada, no respetó las reglas. Fue autosuficiente. El rey lo cuestionó (v.11-12). y este personaje tuvo su consecuencia por hacer su propia voluntad; no estaba preparado para formar parte de ese grupo. Fue condenado, y se les ordenó a los sirvientes que le atasen de manos y pies, y lo echasen a las tinieblas, al lugar de llanto y crujir de dientes, sufrimiento, tormento y dolor (v.13).

¿Qué aprendemos de este pasaje?

1- El rey es Dios Padre; Jesús es el Hijo amado; su viña es Israel; los invitados   son los escogidos de su pueblo, sus líderes; sus siervos son sus profetas, sus mensajeros encargados de llevar el mensaje de su Palabra, las Buenas Nuevas de salvación del evangelio.

2- Jesús retrató en estas parábolas a estos líderes; mostró lo que habían hecho por siempre con los profetas y enviados por Dios; y se constata cómo al final rechazan a Jesús el Hijo de Dios, justo días después de haberles hablado, crucificándole en la cruz, fuera de la ciudad.

3- El Rey ha preparado salvación, pero ellos la han rechazado. Ante ese rechazo del pueblo escogido, Dios busca a los que quieran venir en pos de Él (Jn.3:16; 1:11-12; Hch.13:46-47). ¡La puerta se abrió para los gentiles!

4- Dios es paciente y llama de tantas maneras, pero todo tiene un límite. Llegará el momento cuando ya no habrá más tiempo. ¡Por eso es que el momento es ahora! ¡Hay que poner nuestras vidas en sus manos, en obediencia!

5- Para participar de este banquete hay que estar vestido con el traje de bodas apropiado. Son las vestiduras que Dios ha determinado en su soberanía. Debemos estar revestidos con la justicia de Cristo, por la fe en su obra redentora a favor nuestro; lavados por su sangre; recibiendo por gracia lo que consumó en la cruz del calvario. Para entrar a este reino hay que arrepentirse de sus pecados (Mt.3:2; Hch.2:38; 3:19). No es en nuestras propias fuerzas ni en nuestra propia justicia o autosuficiencia, ni por nuestras obras personales. Hay que recibir a Cristo como nuestro Salvador y Señor. ¡Es en Él, recibiendo lo que nos ofrece por su solo amor!  “Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él” (2Co.5:21).

“En gran manera me gozaré en el Señor, mi alma se regocijará en mi Dios; porque Él me ha vestido de ropas de salvación, me ha envuelto en manto de justicia como el novio se engalana con una corona, como la novia se adorna con sus joyas” (Is.61:10).

“El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1Jn.5:12).

Este banquete está preparado en la presencia de Dios para cuando su iglesia, su novia y esposa suba a estar con Él por la eternidad. Es por ello que son “bienaventurados los que están invitados a esta gran cena” (Ap.19:9).

Es la cosecha final, cuando todo haya terminado y disfrutemos por siempre todos los redimidos juntos. “Muchos son los llamados, pero pocos son escogidos” (Mt.22:14).

La Palabra del evangelio es proclamada para todos; tenemos la responsabilidad de decidir qué hacer con esa Palabra cuando la oigamos. Los escogidos la oirán y se rendirán a los pies del Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores. Caminarán en rectitud e integridad, en fe delante de Él, apropiándose de sus promesas que son fieles y verdaderas; llevando frutos dignos de arrepentimiento, con la mirada puesta en aquel que nos prometió estar con nosotros hasta el final de los tiempos.

Reflexionemos si en verdad estamos en la iglesia y formamos parte de ella, vestidas con la vestidura correcta de justicia en Cristo. ¡Cuidado! Podemos estar sirviendo completamente engañadas, creyendo que estamos bien y no lo estamos, porque nos movemos en nuestras propias fuerzas, creencias y en nuestras propias obras de justicia. ¡Es en Jesús, y como Él dice, manda y ordena! 

¡Huye del engaño, la mentira y la condenación eterna!  ¡Acepta esta invitación de trascendencia eterna de vida en Jesús que el Rey nos hace!   ¡Es ineludible!

¡Preparémonos para poder disfrutar de ese banquete que el Padre ha preparado para su Hijo y su novia! ¡Anhelemos con gozo y expectación ese gran momento!

 

“Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y su esposa se ha preparado. Y a ella le fue concedido vestirse de lino fino, resplandeciente y limpio, porque las acciones justas de los santos el lino fino” (Ap.19: 7-8).

 

¡EL SEÑOR AFIRME NUESTROS PASOS EN SU SENDA!

 

 

Mel Núñez

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