IBI top movil

bienvenido

donde estamos

En vivo

Sermones

Clases y Recursos

Vida en la IBI

La IBI ora

vision

Lo que ensenamos

Equipo Ministerial

Nuestra historia

06 de Septiembre de 2018

Sorpresa para una pobre alma

Dios me llamó a servirle en Taiwán en el 2012. Un año después, me encontraba ahí tomando un Curso de Discipulado y Evangelismo con la Organización Juventud con una Misión, al mismo tiempo que ministraba en parques públicos, batiendo el don de evangelismo que Dios ha puesto en mí. A veces gozosa… a veces ni tanto. El día a día puede hacer que uno dé por sentado su misión y hasta la grandiosa Palabra que se comunica.

A eso de las 6 pm de un largo día de trabajo, iba de camino a un lugar de masajes; era un lujo necesario para una misionera en mi condición. Ése día de alta humedad, mi hernia lumbar me hizo pensar que había un hombrecito sádico haciendo de mis vértebras dos címbalos, y los chocara cada 5 minutos. Y que su vibración percutiera en mi pierna izquierda… Horror!

Llegué al sitio, localizado en el hermoso malecón de Danshuei, y luego de una hora salí. Para mi sorpresa, el dolor era mayor. Algo dentro de mí, y en contra mía, me llevó a caminar hacia los bancos del fondo. Que esperara ahí, me decía ésa voz.

-"El ministerio no ha terminado"- replicaba, y yo respiré hondo; el dolor se intensificaba. Mientras me acercaba al lugar designado y, para mi sorpresa, comenzó a tronar y sentía lluvias caer, abrí mi sombrilla y esperé.

-"Señor ¿a quién me mandarás para predicarle?... Házlo ya por favor…- reñía luego de 20 minutos. Para mi sorpresa, una densa niebla iba arropando el escenario, y la gente que pasaba a mi lado no se distinguían ya.

Comencé a pensar lo poco deseable de mi situación… no ésa en concreto. La panorámica general pintaba que esta misionera iría de nuevo al doctor para que le prescriban otros antiinflamatorios, y aumentar la quiropráctica y la acupuntura… y… y… Encima de todas las responsabilidades ministeriales… y… y… Para mi sorpresa, me encontraba sola en ese largo pasillo exterior, la multitud se había convertido en una.

También, para mi sorpresa, me encontraba llorando. -" ¿Porqué  Señor? Déjame servirte sana, esto es demasiado"... "Señor… ¿Porqué yo?"- Y de repente, ahí apareció ella. La que necesitaba oír el Evangelio de Poder que trae muertos a vida, da audición a los sordos y vista a los ciegos. Para mi sorpresa, ésa alma era la mía.

"Belisse, el Señor no te ha dejado de amar. ¿Recuerdas que Él murió en una Cruz por ti? El te dio vida cuando estabas muerta… ¿Habrá algo difícil para tu Buen Padre?... Te aparté aquí para que recordaras el Evangelio. Gózate, hija mía, mi Cruz te asegura que éste dolor tiene propósito. Mi sangre compró tu futuro. Lo mejor que te puede pasar, te está pasando. Te amo como nunca podrás comprender, créeme…"

La misionera recordó que era hija, la sierva adolorida reconoció que era amada y bendecida. Haciendo ministerio me sirvieron; y de qué formas. A orillas del río Danshuei me senté y  lloré… con gozo. El dolor físico seguía azotando pero no así el emocional. Fui sanada, el Evangelio era, en su totalidad plena, enterito para mí. Dios me abrazó ahí porque entendí que ciertamente, el mensaje que predico no es solamente para el muerto, es también para mí, una viva olvidadiza… Se me hace fácil olvidarme de lo más básico.

Este testimonio es  en honor secundario a almas que se encuentran sirviendo con todo su ser cuestionando su duro proceso de aflicción. Hasta para el que lo sufre de buenas ganas pero aún así, de vez en vez, olvida. Yo estuve ahí, y el Señor no sólo me lo recordó ése día. Ya han pasado 5 años y mi corazón necesita tal Desayuno diariamente. Por lo general, uno sirve y al final come. No así nosotros. Necesitamos deleitarnos  con el mismo banquete que servimos a los perdidos.

Oro que el horrendo madero de maldición sobre el cual Jesucristo fue atravesado sea también el mensaje que le rindas a tu corazón.  Todo lo que Jesucristo tocó en Su vida fue hermoseado, incluyendo este objeto de muerte criminal. En tu dolor, sucumbe al Espíritu y cree que Cristo hará de él algo bello. Te recordará que eres grandemente amado, que estás mejor de lo que mereces, y que dependes de lo que predicas. Somos el mendigo diciéndole a otro dónde hallar pan. Que seamos cual salmista que canta:

"Alaba, alma mía, al Señor; Que todo mi ser alabe su santo nombre.

Alaba, alma mía, al Señor, y no olvide yo ninguno de sus beneficios.

Él perdona todos mis pecados y sana todas mis dolencias;

Él rescata del sepulcro mi vida y aún en este dolor, Cristo me cubre de amor y compasión;

Él colma de bienes mi vida y me rejuvenece como a las águilas."

Visto 937 veces