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12 de Septiembre de 2018

Hablando verdad entre nosotros

Por  Omaira Pérez de Peña

Serie: Viviendo la Palabra casada con un Ananías

 

“Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”. Efesios 4:25

Recuerdo cómo le encantaba a mi hija mayor escuchar canciones infantiles: “Obedece a tu mamá”, “En el arca de Noé”, “Soldado soy de Jesús” y muchas otras más. Había una en particular que decía “Cuida tus ojos lo que ven, cuida tus oídos lo que oyen, cuida tus manos lo que hacen, cuida tu boca lo que dice, cuida tus pies donde van, pues hay un Dios de amor que mirando está….”. Aparte de escucharla, le agregaba movimientos para que se la aprendiera de manera divertida, captar su atención y que transformara su corazón. Por lo menos esa era la intención.

Es precisamente esta canción la que viene a mi mente cuando leo la historia de Safira. Tomemos en cuenta que ella estuvo de acuerdo con su esposo, Ananías, en retener una parte del dinero procedente de la venta de una propiedad que les pertenecía y mentir al decir que era la suma total de la transacción (Hechos 5:1-11). Compartir todo lo que tenían no era de extrañar pues para los cristianos de ese tiempo era la costumbre.

Con esta acción se evidencia que el corazón de Safira no era correcto para con Dios, era malo, amante del dinero, hipócrita y mentiroso, así como el de su esposo.

Si tuviéramos la oportunidad de revivir ese momento,

¿Cómo hubiera reaccionado ella ante la “propuesta indecente” de Ananías de manera que manifestara obediencia y apego a la Palabra de Dios?, ¿Cómo luciría un matrimonio en medio del cual se hable verdad entre los cónyugues?

1. Primeramente, ella debía recordar que, aunque seamos una sola carne, el Señor nos llama a no participar en pecados ajenos, sino a reprenderlos (Efesios 5:11).

2. Ellos debieron haber reconocido que realmente amaban más el dinero (1ªTimoteo 6:10) que a Dios y a otros. Si compartir era algo voluntario ¿Cuál era la necesidad de mentir, de robar?

3. Si Safira hubiera tenido una mente renovada habría reconvenido a Ananías diciéndole que toda buena dádiva proviene de Dios (Santiago 1:17). Que todo lo que tenemos es un regalo de Él.

4. La verdad es que el Señor llama a los Suyos a limpiar sus corazones con Su Palabra (Salmos 19), a no mentirnos los unos a los otros (Colosenses 3:9).

5. Safira le hubiese refrescado la memoria a su marido diciéndole que Dios conoce los corazones (Jeremías 17:10), que no puede ser tentado (1ª Corintios 10:9) ni burlado (Gálatas 6:7), que cuando pecamos es contra Dios mismo, sino preguntémosle al rey David de su experiencia (Salmos 51:4).

6. Por otro lado, estarían convencidos de que como creyentes estamos siendo asediados por el enemigo de nuestras almas, quien anda como león rugiente buscando a quien devorar (1ª Pedro 5:8).

7. Safira debió apuntar su vida y la de Ananías a Cristo. Le hubiese dicho que “el Señor detesta los labios mentirosos” (Proverbios 6:17, 12:22). De haber ella estado firme en la Verdad, le hubiese confrontado, no lo hubiese seguido, lo hubiera convencido de no hacerlo o por lo menos intentado.

8. Me imagino que estos dos personajes habían visto la bondad de Dios en ellos y en su comunidad, pero parece que estaban tan lejos de lo verdadero que ni se dieron cuenta de la misericordia de Dios, al usar a Pedro para confrontarlos, dándoles la oportunidad de arrepentirse y comenzar de nuevo.

9. De haber estado revestidos de la Palabra de Dios hubiesen admitido que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad” (1ª Juan 1:9), que no podemos esconderle nuestros planes al que todo lo sabe (Isaías 29:15), que “con misericordia y verdad se corrige el pecado y con el temor de Jehová nos apartamos del mal” (Proverbios 16:6).

10. Se hubiesen recitado estos versículos mutuamente, uno por uno.

El antídoto para la mentira, la hipocresía, la avaricia es la llenura del Espíritu Santo, velar y orar para no caer en tentación, poner los ojos en Jesús, hacer memoria de las promesas fieles de Dios y creerlas, escudriñar y meditar en Su Palabra, es esta última la que nos limpiará, santificará, alumbrará nuestros ojos y nos enseñará a resistir al enemigo.

Esta historia es un constante recordatorio de que Dios es Santo y que el pecado trae destrucción y muerte, sobre todo, cuando es entre cristianos, cuando es de tropiezo para otros. Nos insiste que la iglesia tiene la encomienda de ser columna y baluarte de la verdad, que el Señor ama la verdad en lo íntimo (Salmos 51:16), que sin cesar debemos pedirle a Dios que examine nuestros corazones y vea si hay camino de perversidad en ellos (Salmos 139:23-24), que cree un corazón y un espíritu nuevo dentro de nosotras, que a Él es a Quien servimos (Efesios 6:7). ¡Eso es hablar verdad!

Por lo tanto, su ofrenda hubiera sido grata delante del que prueba los corazones y para los demás creyentes, se hubieran arrepentido, hubieran alcanzado misericordia, si estuvieran pensando en todo lo puro y honesto (Filipenses 4:8).

Amadas hermanas, aunque eso ocurrió a Ananías y Safira, es una realidad que nos recuerda que hoy no estamos exentas de ser tentadas en pretender ocultarle nuestros planes al Señor, de aparentar ser muy dadivosas, de mentir, desviarnos tras las cosas materiales y pasajeras de este mundo como lo es el dinero. También muchas veces estamos en medio de la encrucijada de si obedecer a nuestros esposos u obedecer a Dios. Sin embargo, si algo aprendemos de esta historia es que Dios es el Único que satisface y cuyos caminos son vida abundante.

Que el Padre nos conceda buscarle a Él primeramente, sea Él nuestro deleite, ser obreras aprobadas, traer gloria a Su nombre a través de los dichos de nuestra boca y la meditación de nuestros corazones (Salmos 19:14), a ser celosas con Su santidad y a andar como hijas de luz (Efesios 5: 7-9). Ante la tentación, orar como lo hacía David: “Quita de mí el camino de la mentira” (Salmos 119:29a) e “inclina mi corazón a tus testimonios y no a la ganancia deshonesta” (Salmos 119:36).

Cuando seamos tentadas podemos entonar otra canción que es como una petición al Señor y refleja el anhelo que tenemos de serles transparentes y fieles. Dice así:

“Hacemos hoy ante tu altar, un compromiso de vivir en santidad…

Con manos limpias, corazón puro para ti.

Cuidaré mis manos,

Cuidaré mis ojos,

Cuidaré mi corazón,

De todo lo malo, de todo lo malo,

No te quiero fallar jamás”.

 

¡Dios nos ayude!

Omaira Pérez de Peña

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