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04 de Octubre de 2018

¡Él regresará!

“Pero cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos sus ángeles con Él, entonces se sentará en el trono de su gloria; y serán reunidas delante de Él todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda” (Mateo 25:31-33).

 

La canción “Él regresará”, en la versión interpretada por el equipo de adoración de la IBI, en una de sus estrofas ilustra maravillosamente en quién estamos sostenidos, y dice así:

La justicia el cumplió, Él me sostendrá

Vida eterna tengo en Él, Él me sostendrá

Hasta que le pueda ver; ¡ÉL REGRESARA!

Escuchando esta bella melodía, además de recordar quién es el que nos sostiene, llama mi atención la confirmación de que Él nos va a sostener hasta que le podamos ver. Esto será posible ya que Él prometió regresar. Y pensando en que un día le veremos, y en su promesa de regresar, viene a mi mente que en nuestro diario vivir casi nunca nos detenemos a meditar en su regreso. O que quizás lo vemos como algo muy lejano.

Pero la realidad es que necesitamos recordar que llegará ese precioso día, maravilloso día en que el Hijo del Hombre venga; esta vez en su gloria, acompañado de todos sus ángeles, y entonces se sentará en el trono de su gloria. ¿Puedes siquiera poner en tu mente esa imagen? ¿Nuestro Señor sentado en su trono? Y creo que para estudiar este tema voy a pedir que usemos un poco nuestra imaginación y que pongamos en nuestra mente las imágenes de lo que nos dice el pasaje de Mateo 25:31-46, el cual nos habla sobre lo que sucederá ese día. ¡El día del juicio final!

¿Puedes Imaginarte al Señor llegando en su gloria, acompañado por todos los ángeles y sentado en su trono? ¡Qué imagen más preciosa! ¡Anhelo ese día! Luego nos dice la palabra en el versículo 32 que se reunirán delante de Él todas las naciones. Imagínate, por ejemplo, cuando muestran en la televisión esas reuniones multitudinarias en un estadio de futbol para ver una copa mundial, no solo los que están allí presentes sino todos los que se reúnen alrededor del mundo. Esta es una ilustración que se queda muy corta, pero que puede ayudarte a tener en mente esta imagen si lo multiplicas por los muchos millones de personas que hay en todas las naciones.

Pero ahora viene el momento clave. Nos dice la Palabra en el versículo 33 que Él “separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos”.

Es importante que nos detengamos a ver lo que aprendemos hasta este momento. En primer lugar, podemos ver que allí habrá gente de todas las naciones. Lo cual nos da una idea de que la salvación es para todos y no solo para los judíos. En segundo lugar, podemos ver que el Señor viene a establecer la separación entre aquellos que serán salvos y los que no. Esto lo podemos ver en el versículo 34, donde nos dice: “Entonces el rey dirá a los de la derecha: "Venid, benditos de mi padre heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”. ¡Y qué maravilloso será para los hijos de Dios escuchar estas palabras!  ¡Que el rey del universo te diga que puedes entrar en su reino eterno!  Por fin ese día podremos escuchar esas palabras por las que tanto hemos estado esperando.

Pero amadas, en los versículos 35 y 36 leemos algo que no podemos dejar pasar por alto. Y es que el rey en estos versículos nos da las razones por las cuales podemos entrar al reino. Leemos: "Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”. Aunque debemos tener muy claro que la salvación no es ganada por obras sino por Gracia (Efesios 2:8-9). Este pasaje nos recuerda que la fe viene acompañada de las obras (Efesios 2:10; Santiago 2:26), Y resalta además la importancia que tiene el compartir nuestra fe con otros. Creo fielmente que cuando hemos experimentado el privilegio de conocer a Cristo, de nuestro corazón debe brotar el deseo de que otros también lo conozcan. Debemos abrigar la esperanza de que ese día cuando estemos allí frente a Él, no estemos solas.  Dios permita que junto a nosotros estén todos y cada uno de nuestros familiares, amigos y conocidos, y todo aquel con el cual nos hayamos topado en el camino de nuestra vida.

El Señor nos dice que cuando damos de comer al hambriento, de beber al sediento, que cuando acogemos al forastero, vestimos al desnudo, visitamos a los enfermos y a los presos, es a Él a quien se lo estamos haciendo.  Es nuestro deber, y debe ser nuestro deleite ayudar a otros a llegar a los pies de Cristo. Yo recuerdo cuando aún andaba corriendo tras las cosas vanas de la vida, andando tras los placeres que yo creía que me iban a satisfacer, en ese momento yo era esa persona descrita aquí: Hambrienta, sedienta, forastera, desnuda, enferma, presa. Todas estas palabras describen mi estado antes de llegar a Cristo, y quizás ninguna de ellas eran manifiestas de manera física, pero si eran el reflejo de mi estado espiritual. Y doy gracias a Dios que puso en mi camino a una de sus hijas; ella vio esta alma que andaba perdida y le extendió su mano, me miró con la compasión que Cristo puso en ella hacía mí. Estuvo dispuesta a invertir su tiempo en guiarme a las Escrituras, a mostrarme a Cristo, no solo con palabras, sino con una vida rendida a sus pies. Ella dispuso su tiempo y su vida para que yo pudiera tener el privilegio de tener lo que ya a ella se le había dado. Y la tarea fue ardua y requirió de mucho tiempo y esfuerzo, pero ella estuvo dispuesta a pagar el precio por amor a Cristo. Y a esto es que nos llama nuestro Rey. A hacer por otros lo que Él ha hecho por nosotros. Sin importar si pensamos que esa persona lo merece o no. Ya que cuando hacemos estas cosas es a nuestro Señor a quien las hacemos.

Debemos hacerlo teniendo en cuenta que el día se acerca, en el cual el Rey vendrá a separar las ovejas de los cabritos, y que nuestra oración sea que estemos rodeados de muchas ovejas, que muchas de esas ovejas las podamos reconocer y saber que ellos alcanzaron el privilegio, porque un día nosotras obedecimos al Señor, y por amor a Él compartimos nuestra fe sin importar quienes eran, solo por amor a Cristo y a Su reino.

Amadas, otro punto que no debemos olvidar, es que el pasaje también nos habla de que aquellos que no acepten a Cristo tienen su destino final en el fuego eterno que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (versículos 41-46). Para aquellos que no han tenido compasión de los más pequeños. ¿Te imaginas ver a tus familiares, amigos o conocidos ser enviados al fuego eterno? ¿Estás invirtiendo tu vida en llevar a otros a Cristo?

Oremos para que el Señor nos ayude a vivir con un sentido de urgencia hacia aquellos que se pierden y dan la espalda al Señor. 

“Te encargo solemnemente en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por su manifestación y por su reino: Predica la Palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción” (2Timoteo 4: 1-2).

 

 

Aurita Gómez

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