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04 de Octubre de 2018

¿Consuelo en Dios o en el mundo?

"Pero el Señor dijo a Samuel: No mires a su apariencia, ni a lo alto de su estatura, porque lo he desechado, pues Dios no ve como el hombre ve; pues el hombre mira la apariencia exterior, pero el Señor mira el corazón" (1 Samuel 16:7)

 

Esta nueva serie que estamos estudiando a través del programa radial es muy apropiada para lo que nosotras como mujeres estamos afrontando en esta generación de hoy. Lamentablemente vivimos en una sociedad plagada de falsedad, fetichismos y mucha idolatría al cuerpo.

Me impresiona esta parte del texto “Dios no ve como el hombre ve… pero el Señor mira el corazón". Tal y como MacArthur señala refiriéndose a “Jehová mira el corazón”:  el concepto hebreo de “corazón” incluye las emociones, la voluntad, el intelecto y los deseos. La vida del hombre será un reflejo de su corazón.” Si nuestro corazón no está anclado en Cristo lamentablemente reflejará todo lo pecaminoso que somos y no será un destello de la transformación que Dios ha hecho en nuestras vidas.

Según podemos apreciar en esta porción del texto, Dios ve más allá de lo que nuestra mente caída puede ver, Él no se basa en las cosas pasajeras que este mundo pecaminoso nos ofrece para señalar la perfección. Su perfección no es pasajera sino eterna.

Por eso me gustaría que hoy meditemos en tres puntos:

1. Lo que le importa a Dios va más allá de la belleza exterior.

Esto amadas, debemos tenerlo bien claro en nuestros corazones, ¿sabes por qué?, lamentablemente lo que este mundo nos ofrece como perfección, no es real, no es bíblico, no es verdadero. Dios nos ha diseñado a Su imagen, Él nos dio una belleza especial. Lo que esta generación plantea como bello es relativo y pasajero.

David no era el más atractivo físicamente, no tenía la estatura más llamativa, ni era el más corpulento de sus hermanos. Cuando Samuel vio entrar a Eliab quedo extasiado, pero él no era el elegido. “Y aconteció que cuando ellos entraron, vio a Eliab, y se dijo: Ciertamente el ungido del Señor está delante de Él.” (v.6). Samuel, inicialmente, se dejó llevar por la apariencia física, Él estaba acostumbrado a un rey que lamentablemente sus únicos atributos eran físicos, Dios tuvo que recordarle lo que Él realmente estaba buscando en el próximo rey. “Pero ahora tu reino no perdurará. El Señor ha buscado para sí un hombre conforme a su corazón, y el Señor le ha designado como príncipe sobre su pueblo porque tú no guardaste lo que el Señor te ordenó.” (1ra. Samuel 13:14)

2. El pecado nos lleva a desear lo que otras tienen y esto conduce nuestra atención a lo que no tenemos.

Somos muy dadas a estar pendiente de lo que otras mujeres tienen, esto es pecado. Tendemos a compararnos con otras, viendo quién posee el cuerpo perfecto; chequeamos si otras tienen el mejor color de pelo, cuál está más a la moda, quién luce más atractiva. Y peor aún, cuando no poseemos estas cosas, nos sentimos derrotadas; sentimos que Dios se equivocó al crearnos con tal y otro dote físico que nos agrada ni aceptamos.

Si te soy sincera, de las hijas de mi madre yo no fui la que salió con el mejor atributo de cuerpo físico; Dios me dio un hermoso rostro, pero no un hermoso cuerpo; por años esto era un tema en mí; una batalla emocional y física hasta que Dios me permitió entender que la belleza es pasajera, que es engañosa y temporal. Al venir a Cristo entendí que Dios me formó en el vientre de mi madre y me considera una creación admirable.

“Engañosa es la gracia y vana la belleza, pero la mujer que teme al SEÑOR, ésa será alabada.” (Proverbios 31:30)

“Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre. Te alabaré, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; maravillosas son tus obras, y mi alma lo sabe muy bien. (Salmos 139:13-14)

“Y que vuestro adorno no sea externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea el yo interno, con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios.” (1ra. Pedro 3:3-4)

3. Los anhelos de nuestra carne no serán saciados nunca, siempre querrá más.

Si vamos a la primera parte del texto “No mires a su apariencia, ni a lo alto de su estatura, porque lo he desechado,” vemos como Dios le recuerda a Samuel que no puede dejar regirse nuevamente del aspecto físico para elegir al próximo rey. La pecaminosidad del pueblo de Israel había influenciado en Samuel para la elección de reyes por su apariencia física, pero en esta ocasión no iba a ser igual.

La sociedad no rige los patrones de Dios, no marca Sus estándares. Si nos dejamos influenciar por las demandas del mundo nunca nos saciaremos. El pecado ha distorsionado el significado de la real belleza y siempre estará demandando más y más hasta saturarnos de inmundicia. Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá? Yo, el Señor, escudriño el corazón, pruebo los pensamientos, para dar a cada uno según sus caminos, según el fruto de sus obras. (Jeremías 17:9-10)

En vez de buscar ser aceptadas por el mundo debemos procurar ser aprobadas por Dios. Debemos esforzarnos en anhelar más de Cristo y menos de nosotras. “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí.” (Salmos 51:10)

¿Con qué buscamos satisfacer los anhelos de nuestra carne? ¿Con las cosas que este mundo nos ofrece: ¿La moda, el dinero o las apariencias? Persigamos en oración tener corazones escondidos en Dios, anhelantes de Su presencia en nosotras, que Él sea un reflejo en nuestras vidas.

Procuremos llegar a ser mujeres piadosas, prudentes y sabias, que impacten la vida de otras. Que anhelen tener su mirada por encima del sol y deseen estar sentadas a los pies del Maestro conociéndole más. Esto amadas, exhibirá una belleza extraordinaria y nos dará consuelo en Dios, y no en las cosas de este mundo. “Asimismo, exhorta a los jóvenes a que sean prudentes; muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, con pureza de doctrina, con dignidad, con palabra sana e irreprochable, a fin de que el adversario se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros.” (Tito 2:6-8)

 

Dios les guarde sin caída,

Katerine de Genao

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