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08 de Noviembre de 2018

¡No te resistas al cambio!

Fue un año después de estar caminando con el Señor, que en la institución donde adelantaba algunos estudios en teología, una de mis profesoras me pidió que elaborara un ensayo acerca de quién creía que era?, en esos momentos me pareció algo sencillo, y fácil de hacer, sin saber a qué me enfrentaría. Esa misma semana al caer la tarde me encerré en mi habitación dispuesta a hacer la tarea que se me había encomendado, sólo para darme cuenta que ya no estaba tan segura de quién era o en quién me estaba convirtiendo, en ese momento estallé en llanto y una profunda angustia me sobrevino, pues, de esa mujer autosuficiente y “empoderada” que parecía tener el control y las repuestas a cada desafío que enfrentaba, sólo quedaban residuos de ariscos que batallaban dentro de mí, para los cuales rendirse no era una opción. Había comenzado a percatarme que a medida que me exponía y buscaba más en la Palabra de Dios, mis pensamientos, sentimientos y actitudes frente a mí misma, las personas, y las circunstancias estaban cambiando, por primera vez sentí una terrible incertidumbre acerca de mi futuro y lo que me deparaba. Fue entonces cuando en ese momento escuché esa suave y dulce vos que me decía: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. (2 Cor.5:17)

Aunque esto me tranquilizo un poco, debo confesar que no me agradaba la idea de no tener el control de mi vida y la inseguridad del camino que había empezaba a transitar, pero me alentaban las Palabras del Señor, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre, sino por mí. (Jn.14:5-6) Secando mis lágrimas cobré ánimos, decidida a terminar mi tarea, comencé a recordar cómo era mi vida antes de llegar a fe en Cristo mi Señor. Cuáles eran mis reacciones, y acciones ante situaciones tensas, mi temperamento terco, y obstinado, esa incontrolable ansiedad que me sobrecogía y las veces que jure no dejarme humillar por nadie, cuando sin pensarlo dos veces salía a mi defensa ante cualquier indicio de ofensa por muy insignificante que está fuera, arremetía con fuerza ante la posibilidad de que mi supuesto adversario me ganara la contienda. Fueron años de mucho dolor, frustración, ira e impotencia, no hallaba descanso mi alma, vivía a la defensiva todo el tiempo, me sumergía cada vez más en la amargura, como si estuviera condenada a vivir una existencia cruel, despiadada y vacía, sin respuestas, y con una vaga y errónea idea acerca de Dios, me preguntaba si existía, ¿Dónde estaba?, ¿Por qué no se ocupaba de mí?, ¿Por qué parecía ignorarme? Fue allí, en ese punto, donde me encontró su amor; eterno, fiel, bondadoso e incondicional, demostrado en la cruz de Cristo. 

Han pasado ya desde entonces, ocho años, y Él continúa haciendo su obra de transformación en mí. Pues, “Estando persuadido de esto,que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo”. (Fil.1:6). Admito, que al principio no fue fácil asimilar esta verdad   y me resistía con ímpetu a la idea de ceder el control de cada área de mi vida. Pero, es precisamente eso, lo que nuestro Padre celestial desea para nosotras, que su carácter sea formado, incorporado, y manifiesto en nosotras al punto de llegar a declarar como el apóstol Pablo “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. (Gal.2:20)

El recorrido ha sido lleno de sorpresas y en ocasiones doloroso, más en aquellos momentos; que ante un inesperado conflicto con mi prójimo, el Señor me reconvenía a vestirme de Cristo “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que  está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad“. (Ef.4:22-24). Parecía sencillo, pero no para mí, acostumbrada a sacar todo mi arsenal y decidida a no dejarme ganar, con cada situación se libraba una batalla feroz dentro de mí, por un lado estaba ese deseo de imponerme y demostrar que tenía la razón, pero, por otro lado, su suave y apacible voz susurrándome, “hija, no tienes que hacerlo, no tienes que demostrar nada, ahora estás en mí, yo peleare por ti”. En ocasiones sucumbía a mi deseo de imponerme, y otras veces obedecía a su voz. 

Hoy, después de muchas batallas libradas, y permitir que su amor me abrace, confío en su bondad y en su buena voluntad para mi vida, he comenzado a rendirme ante su majestad y propósitos eternos, he llegado a la plena convicción que no existe una identidad mejor que ser hija de Dios.  Es así, como quiero que me identifiquen, es su carácter manso y humilde el que anhelo, sólo él me ha dado la paz que por años busqué.          

Mujer, si aún te encuentras resistiendo la obra maravillosa y liberadora de Dios a través del Espíritu Santo y su Palabra, déjame decirte que ninguna situación por muy difícil o placentera que parezca se puede comparar con el gozo y la paz que nos llevan a descansar cuando sabemos que somos y estamos en él, sólo confiando, rindiéndonos a su voluntad y obedeciendo su Palabra, podremos disfrutar y vivir a plenitud nuestra identidad en Cristo, para la cual fuimos creadas, para gloria de su nombre.    

¡Deja que el Señor te transforme y no te resistas a su dulce voz!

Tres cosas hay de hermoso andar, y la cuarta pasea muy bien: el león, el más fuerte de los animales, al que nada lo hace retroceder, el pavo real, el macho cabrío, y el rey, a quien nadie resiste.

Proverbios 30: 29-31      

 

 

Sofía Ruiz 

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Sofía, vive en Medellín Colombia, es Psicóloga, madre soltera de dos jóvenes, (David y Andrés), le apasiona el ministerio de mujeres, tiene algunos estudios en teología y en la actualidad se está formando como consejera para servir a su iglesia local,     

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