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05 de Diciembre de 2018

Creciendo en la Palabra de Dios

“…desead como niños recién nacidos, la leche pura de la Palabra, para que por ella    crezcáis para salvación, si es que habéis probado la benignidad del Señor” (1 Pedro 2:2-3).

¿Cómo es tu relación con la Palabra de Dios? ¿Te identificas con el Salmista cuando escribió en el Salmo 119:97 “¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”? ¿Cuánto tiempo dedicas a leerla? ¿Cuál es tu actitud al acercarte a tu tiempo de lectura de la Biblia? ¿Te acercas a ella con un sentido de deber o con un sentido de expectación y deleite? ¿Lo disfrutas? ¿Te emociona leer la Palabra, así como te emociona practicar tu pasatiempo o medio de entretenimiento favorito? Estas preguntas nos resultan incómodas de responder porque quizás la realidad que nos ilustran no es la que desearíamos, pero nos ayudan a diagnosticar un poco dónde estamos en relación con la Palabra de Dios.

Lejos de sentir un peso de culpa o antes de que se sientan acusadas de ser poco espirituales, permítanme confesar que estoy en la misma barca con aquellas que en ocasiones luchan por sentir hambre por la Palabra de Dios y por acercarse a ella con un deseo genuino, y no por el deber o por rutina. Pero Dios en su infinita misericordia, a pesar de mí, vez tras vez, usa su Palabra para consolarme, animarme, exhortarme, guiarme, hablarme, ayudarme y moldearme. Lo que comparto con ustedes en este breve escrito es parte de cómo el Señor me ha animado a dedicarme más a estudiar Su Palabra, sin escudarme tras la típica excusa de la falta de tiempo. Estos tres consejos o recordatorios no son más que la sabiduría compartida por otros que van delante, y que el Señor me da el privilegio de hacer eco de ellos.  

Una de las primeras cosas que debemos tener pendiente es recordar a qué nos estamos acercando. Como bien lo dice una frase popular, “las cosas se toman de quien vienen”. Pues precisamente, tenemos que apreciar la Biblia por lo que es: nada más y nada menos que la Palabra de Dios. No es cualquier libro, no es una mera colección de historias de diferentes autores. Es un libro que tiene un solo autor: ¡Dios mismo! El Dios Creador del universo, aquel que me ama y que me salvó, que es omnipotente, omnisciente y omnisapiente, soberanamente decidió revelar su mensaje a través de un libro. Él pudo haberlo hecho de cualquier otra manera, pero en vez de eso, dejó todo lo que Él quería que supiéramos acerca de Él mismo en las Escrituras que Él inspiró y escribió a través de instrumentos humanos durante varios años. Dios todavía nos habla hoy. La voz de Dios es su Palabra; si quieres escucharlo, ¡léela! Recuerda, no es a Moisés ni a Pablo que estás leyendo, no es la historia de David y Goliat, es Dios hablando a su pueblo.

Lo segundo podría sonar un poco contradictorio, pero es un complemento de lo antes dicho. No basta sólo con leer la Biblia. Eso por sí mismo es bueno, pero no es suficiente. Nunca vamos a desarrollar un amor por la Palabra de Dios hasta que no profundicemos en ella. Por ejemplo, las personas que se han enamorado de cosas como el océano o el firmamento son porque han ido buceando por sus profundidades o se han dedicado a estudiar las constelaciones y los cuerpos celestes. Han visto sus detalles y se han maravillado por las riquezas que allí hay. De la misma manera, para enamorarse de la Palabra hay que entenderla y ver sus detalles, y eso no se adquiere con una simple lectura. Meditar en la Biblia es rumiarla, procurar entenderla, considerar su contenido, pensar en lo que dice más allá del simple significado de las palabras. Es traerla a la mente constantemente. Donald Whitney, un profesor de teología y autor estadounidense, una vez lo ilustró de la siguiente manera: “Meditar es saturar tu mente de las Escrituras, así como una bolsa de té satura el agua caliente con su contenido”. Es a través de la meditación en la Palabra que degustamos de Dios mismo, así como la bolsa de té cambia el sabor del agua. Es la meditación en la Palabra lo que nos vivifica (Salmo 119:156) y que nos permite estar “como árbol firmemente plantado junto a corrientes de agua” (Salmo 1:3). Si no meditamos en el contenido de la Biblia, si no buscamos entenderla, aplicarla a nuestras vidas, considerar cómo el texto nos revela a Dios, nos estamos quedando en la superficie.

Por último y no menos importante, recuerda los beneficios de la Palabra. En el Salmo 19, David nos da algunos efectos de la Palabra de Dios. Ten pendiente que cuando David escribió este Salmo, él no tenía la revelación completa como la tenemos tú y yo ahora. Sin embargo, desde ese entonces, David podía decir, entre otras cosas, que la ley del Señor:

  • Restaura el alma: La Biblia transforma el ser interior, llevando al pecador a convertirse al Señor (Romanos 10:17), santifica al creyente (Juan 17:17) y lo ayuda a crecer en su fe.
  • Hace sabio al sencillo: La palabra sencillo quiere decir una persona que tiene la puerta de su mente abierta y que deja entrar cualquier idea sin filtrar nada. La Palabra tiene la cualidad de tornar esa persona en alguien sabio, sabiendo discernir entre el bien y el mal, equipándolo para vivir una vida piadosa (Salmo 119:98).
  • Alegra el corazón: el verdadero gozo del creyente está en guardar y esperar en la palabra de Dios. El gozo no está en las posesiones; la satisfacción no está en hacer todo cuánto te place, sino en aquello que Dios reveló, que es eterno y que es bueno. Sus mandamientos no son gravosos. El evangelio de Lucas registra que Jesús mismo dijo que “dichosos (bienaventurados) son aquellos que oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lucas 11:28).
  • Alumbra los ojos: La Palabra es cómo una guía para nosotros, pues nos ayuda a entender la realidad sobre la vida. Nos ayuda a entender nuestra condición de pecador, nuestro propósito y destino, y cómo obtener salvación a través de Jesucristo. Es lo que nos ayuda a ver las cosas como son porque nos ayuda a tener la mente de Cristo.

Si queremos crecer en el Señor, tenemos que conocerle, y para conocerle tenemos que valernos de los medios de gracia que Él mismo estableció para hacerlo. Lee la Biblia, medita en ella y permite que Dios te restaure, te haga sabio, te dé sabiduría y alumbre tu camino a través de su Palabra. Mientras te expones a ella, ora con el salmista que Dios abra tus ojos para que puedas ver las maravillas de su ley (Salmo 119:18) y que seas vivificado conforme a su Palabra (Salmo 119:107).

Recuerda que “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17).

 

 

Rossy Báez

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