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04 de Febrero de 2019

¿Me acerco a su Palabra anhelando escuchar su voz o lo que mi corazón quiere escuchar?

“…y las ovejas lo siguen porque conocen su voz” (Juan 10:4)

Como creyentes, el exponernos a la lectura de la Palabra es una de nuestras responsabilidades si queremos que nuestra alma esté alimentada y saciada. Nuestro Señor Jesucristo, cuando fue tentado por el maligno en el desierto, respondió de la siguiente manera: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt. 4:4); esto nos hace recordar que su Palabra es un alimento tan necesario para nuestra alma, así como lo es el alimento físico para el cuerpo. Y de esa misma manera, algo también importante, es la actitud con la que vamos a su Palabra cuando nos disponemos a leerla.

Por lo tanto, debemos reflexionar y preguntarnos: ¿Estamos yendo a la Palabra queriendo escuchar la voz de nuestro Señor y confiando que Él es sabio y soberano; o vamos buscando aprobación para los deseos de nuestra carne y distorsionando lo que ya Dios nos ha dicho para justificarnos?

Si somos honestas, muchas veces nos exponemos a la lectura de la Palabra queriendo encontrar aquello que va a satisfacer los deseos de nuestra carne y no lo que va a permitirnos glorificarle a través de la obediencia a lo que nos está diciendo.

"Estos eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la Palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras para ver si estas eran así" (Hechos 17:11). Aquí vemos la comparación que se hace a los Bereanos frente a los de Tesalónica, debido a que ellos escudriñaban todo lo que les era enseñado; ciertamente nos confronta la prontitud que ellos mostraban frente a la Palabra.

¿Y qué hay de nosotras?; ¿qué nos diría Cristo si tuviera que compararnos en cuanto a la motivación con que nos acercamos a su Palabra? Muchas veces, quizás hasta sin darnos cuenta, vamos a la palabra para poder colocar una marca de “hecho” en nuestra lista de tareas pendientes o para poder llenar un requisito porque somos cristianas. Pero, no debemos olvidar lo que Él nos ha dicho: “Mebuscaréis ymeencontraréis, cuandomebusquéis de todo corazón” (Jeremías 29:13).

Entonces, sabiendo esto, nuestra actitud ante la lectura de la Palabra debe ser anhelar conocer más al Dios del cual leemos, y en la medida en que vamos aprendiendo y conociendo más a nuestro Dios, nuestra hambre y sed por Él comienza a crecer. Él nos habla a través de su Palabra para darnos la guía que necesitamos mientras transitamos por esta tierra; y lo hace queriendo lo mejor para nosotras porque nos ama. Y una de sus ordenanzas es que le amemos por encima de todas las cosas, pero yo no puedo amar a alguien y que no me interesen sus cosas. Entonces, cuando yo me expongo a la Palabra, estoy mostrando mi amor e interés por el Señor.

Pero, es precisamente nuestra falta de conocimiento de Dios, lo que nos hace temer escuchar su voz o no querer descubrir todo lo que Él nos ha escrito en su Palabra, y el no exponernos a ella nos hará mas influenciables de las cosas de este mundo. Por eso, necesitamos aprender a guardar nuestra mente y corazón en su Palabra y confiar en lo que Él nos ha revelado, ya que a través de nuestra mente es que somos renovadas: “Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto” (Romanos 12:2). Pero, es a través de nuestro corazón que podemos ser engañadas: “Más engañoso que todo, es el corazón, y sin remedio; ¿quién lo comprenderá?” (Jeremías 17:9).

¡Háblame Señor, tu voz quiero escuchar! Esa debería ser nuestra postura y oración cada vez que nos acercamos a Él a través de su Palabra. Y como en todo lo que hacemos dependemos de Él, debemos pedirle con humildad que nos ayude a comprender su Palabra, que nos ilumine a través de su Espíritu para poder escuchar aquellas cosas que Él tiene que decirnos de manera particular a cada una de nosotras.

Él ha escrito todo aquello que entiende necesitábamos; nos toca a nosotras creerlo y confiar, para no querer añadirle nada nuevo a su preciosa y Santa Palabra.

 

 

Ivette Mateo

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