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22 de Abril de 2019

Prueba testimonial de Dios

“…santificad a Cristo como Señor en vuestros corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros, pero hacedlo con mansedumbre y reverencia” (1 Pedro 3:15)

Trata de imaginarte la siguiente escena: el escenario, una corte en penumbra y vacía. Las luces se encienden, se abren las puertas e inmediatamente los personajes comienzan a aparecer. El público entra y se sienta, mientras murmuran silenciosamente los hechos que habían desencadenado este evento. El ministerio público o parte acusadora hace su entrada por las puertas centrales del salón. Su rostro demuestra seguridad y confianza, mientras que escruta con su mirada el público presente en aquel lugar y le sonríe maliciosamente. En sus manos hay un portafolio enorme que deja caer con gran estruendo sobre el escritorio mientras ocupa su lugar. Los jueces hacen su entrada triunfal vistiendo sus largas togas negras y birretes. Sus rostros endurecidos tratan de simular imparcialidad y sus miradas intimidantes, justicia. Toman sus asientos al frente de su audiencia y clavan su mirada en el único lugar que queda desocupado. Por último, entra el imputado por la puerta lateral izquierda. Todos murmuran de asombro al verle. ¡Dios es el acusado! Entra sin abogado defensor; su rostro como el sol, pero manso y humilde al mismo tiempo, sus ojos de fuego y mirada penetrante. No entra con un portafolio igual que el ministerio público, solo con algunos testigos. Suena el martillo, el acusado se pone de pie y se oye al juez principal dar las palabras de inicio, dando lectura a la acusación que pesa en contra de Dios. “Dios, a usted se le acusa de afligir a la humanidad con un sin número de enfermedades, guerras, hambrunas, desastres naturales, pobreza y dificultades diversas, que han causado muertes, tristezas, estragos, ansiedad y preocupación sobre cada ser viviente. ¿Cómo se declara usted?” Todos en silencio aguardan su respuesta.

Esta escena dramática es obviamente imaginaria, pero es una buena ilustración de lo que sucede a nivel interno en muchas personas. Es inspirada en algo que C.S. Lewis dijo hace un tiempo, de que el no creyente frecuentemente tiene a Dios en el “banquillo de los acusados”, precisamente por las razones mencionadas anteriormente. Cada quien emite su propio veredicto acerca de la inocencia o culpabilidad de Dios. El problema es que el punto de vista desde el cual el no creyente emite este veredicto no es veraz, pues sus razonamientos son vanos y su corazón está entenebrecido (Romanos 1:21). Claro, ninguna ilustración es perfecta. El punto de quiebra de ésta radica precisamente en la imposibilidad de que Dios baje y se siente en ese banquillo a ser juzgado y en que la acusación en sí está tergiversada. La realidad es que no hay necesidad de tal juicio, Él dejo todos los medios probatorios en cantidad y calidad suficientes para establecer su caso. Tanto su Palabra como sus hijos, que tienen el Espíritu Santo dentro, testifican a su favor. Es precisamente en esa parte de la ilustración de nosotros como pruebas testimoniales de Dios que quisiera enfocarme en lo que resta de este artículo. Nosotras estamos llamadas a testificar a favor del Dios que nos salvó a precio de sangre ante aquellos que no conocen Su carácter. Estamos llamadas a testificar de lo que hemos conocido a través de la Palabra, gracias a la iluminación del Espíritu Santo que mora en nosotros, y de lo que hemos visto a Dios hacer en medio nuestro. Entonces, ¿qué dirías tú? ¿Es Dios culpable? ¿Es del todo certera esta acusación? Si te tocara testificar en este juicio imaginario, ¿qué testimonio darías? Más aún, ¿qué pudieran inferir los demás al leer nuestras vidas?

Hay dos tipos de testimonios que nosotros podemos dar: uno es el verbal y el otro es nuestra vida. Estos dos dependen, en una gran medida, de la misma fuente: mi conocimiento de Dios a través de la Palabra y mi experiencia con Dios viviendo la Palabra. La Palabra nos manda a dar ambas clases de testimonio. Por un lado, el apóstol Pedro nos insta a estar “…siempre preparados para presentar defensa ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros…” (1 Pedro 3:15, LBLA). La palabra que Pedro usa aquí para defensa es “apología”, que significa una respuesta o defensa que viene de un razonamiento inteligente. Es poder argumentar por qué creemos lo que creemos. Por otro lado, nuestro Señor Jesucristo dijo que somos la luz de mundo (Mateo 5:14) y nos exhorta a que, al igual que una lámpara que ilumina todo lo que tiene a su alrededor, “así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16, LBLA). Mi vida debe brillar para que otros glorifiquen a Dios. La palabra “glorificar” conlleva la idea de exaltar u honrar algo, haciendo que otros hablen bien de eso. Nuestra forma de actuar debe honrar a Dios de tal manera que otros al vernos vivir puedan hablar bien, no de nosotras, sino del Dios que representamos.

Tanto el razonamiento inteligente como mi accionar piadoso, es decir, lo que digo y pienso que motiva lo que hago, viene de un cambio que se va produciendo en mi interior mientras me expongo a los medios de gracia. El principal de ellos es la meditación y lectura de la Palabra. A medida que nos exponemos a la Palabra, nuestro conocimiento es aumentado y nuestro entendimiento renovado (Romanos 12:2). Necesitamos ser buenos teólogos, buenos estudiantes de Dios. La teología no es un fin en sí misma, sino que nuestra teología es lo que empuja y motiva nuestras vidas y aún informa nuestro evangelismo. La teología tiene un aspecto muy práctico; si sólo se queda a nivel de información, no está siendo bien utilizada.

Por ejemplo, volviendo a nuestro juicio hipotético, ciertamente la Palabra dice en Lamentaciones 3:37-38 “¿Quién es aquel que habla y así sucede, a menos que el Señor lo haya ordenado? ¿No salen de la boca del Altísimo tanto el mal como el bien?” Lo que esto no quiere decir es que Dios sea el autor de pecado porque la Biblia también dice en Santiago 1:13 “Que nadie diga cuando es tentado: Soy tentado por Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal y Él mismo no tienta a nadie.” Igualmente 1 Juan 1:5 establece que “…Dios es luz, y en El no hay tiniebla alguna.” Dios permite calamidades y tribulación porque Él es soberano sobre todo y nada frustra sus planes (Isaías 46:9-10), pero éstas son una consecuencia directa de la caída (Génesis 3:14-24). Sin embargo, cuando el no creyente busca este tipo de respuestas en nuestras vidas, aunque a veces podemos explicarlas, nuestra reacción de ansiedad, temor y desconfianza del Dios en quién decimos creer, otorgan validez a sus conclusiones de que, si Dios existe, no puede ser confiable, o simplemente no está en control sobre su creación. ¿Por qué reaccionamos así? Porque muchas veces no conocemos suficientemente a Dios como Él se revela en su Palabra y eso hace que nuestra fe sea sacudida y que nos llenemos de ansiedad y de temor. Pero si lo conociéramos, nuestro corazón debería estar afianzado en lo que Él y sus promesas representan para nuestras vidas, lo cual se convertiría en un caminar de fe, aún en medio de dificultades y problemas, que evidenciaría nuestra real creencia y confianza en ese Dios Verdadero que tiene el control soberano sobre nuestras vidas. Por tanto, descansaríamos y esperaríamos en Él, sabiendo que nos ama y quiere lo mejor para nosotras. De ser así, demostraríamos la aplicación práctica de nuestra teología, y a la vez, daríamos testimonio fehaciente de nuestra experiencia de vida con Dios, y de que vale la pena depositarse en Él.

Nuestra fe no es ciega, es cierto que no podemos ver a Dios, pero tenemos sustento. Por ejemplo, saber que “mi Dios está en los cielos, Él hace lo que le place” (Salmos 115:3, LBLA), que Él permite todo con un propósito y en el caso de aquellas que somos sus hijas, todas las cosas nos ayudan a bien (Romanos 8:28) debe ser una razón para estar confiadas en su control soberano. Tenemos ejemplos de la historia de José y de la misma crucifixión de nuestro Señor Jesucristo para corroborar la sabia y divina orquestación de Dios para llevar a cabo sus propósitos. Más aún, nuestra esperanza no está en este mundo, por eso podemos tener gozo en medio de las aflicciones pasajeras de esta vida. Nosotras aguardamos algo mejor porque Dios “…nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada, y que no se marchitará, reservada en los cielos para vosotros” (1 Pedro 1:3-4, LBLA). Es el conocer al Dios que se revela en su palabra, conocer sus promesas y verle desarrollar los acontecimientos de la historia, para llevar a cabo su plan de redención de acuerdo con sus propósitos, lo que nos lleva a mayor fe, la cual produce mayor obediencia y que se traduce en una vida que glorifica a Dios. El no creyente debe ser capaz de encontrar en nosotras la luz de Cristo, que brilla en medio de las tinieblas, y al cuestionarnos, una razón para nuestra esperanza. ¡Que nuestras vidas puedan ser fieles pruebas testimoniales del Dios verdadero mientras más le conocemos a través de su palabra!

 

 

Rossy Báez

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