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28 de Junio de 2019

El dinero no es tu amo

Por  Philip Graham Ryken

El Reino de Cristo

Cada uno de los hombres que Salomón ejecutó tenía algo a lo que rehusó renunciar por el Reino de Dios. Adonías tenía que poseer a Abisag. Joab quería su venganza. Shimei no dejaría ir a sus sirvientes.

Todos enfrentamos tentaciones similares. Algunas de nosotras somos como Simei: Nuestra tentación es lo que el dinero puede comprar. Así que no estamos dispuestas a alejarnos de un negocio lucrativo que no es del todo honesto. O construimos nuestras carreras a expensas de nuestras familias. Somos injustos con Dios al escatimar con nuestros diezmos y ofrendas. Otras personas son como Adonías: Ponemos la gratificación sexual por delante de nuestro compromiso con el Reino. O, como Joab, somos culpables de violencia a causa del enojo.

La pregunta para cada una de nosotras es: ¿Qué es eso que me está impidiendo darlo todo al Reino de Dios? Con Dios es todo o nada, como lo es para todo rey que se respete a sí mismo. Es de la propia naturaleza de un rey exigir lealtad total. Si sólo seguimos a Dios cuando nos da lo que queremos, entonces no lo tratamos como un rey en absoluto, sino sólo como un siervo. Para que Dios sea primero para nosotras, Él tiene que venir primero en todo, incluyendo aquello que verdaderamente no queremos renunciar por su reino, sea lo que sea que eso pueda ser. Jesús dijo: "Buscad primero el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas serán añadidas a vosotros” (Mateo 6:33).

Para llevar a cabo esta obra de salvación, Jesús tuvo que poner el Reino en primer lugar, y así lo hizo. Él no vino a hacer su propia voluntad, dijo, sino la voluntad de su Padre celestial.

¿Qué quieres?

El problema es, por supuesto, que a menudo ponemos lo que queremos por delante de lo que Dios quiere. Construimos nuestros propios reinos en lugar de buscar primero el Reino de Dios. Esto es evidente cada vez que nos satisface un placer pecaminoso, o hablamos una palabra en un tono airado, o hacemos una compra egoísta. Y es por eso por lo que necesitamos la misericordia y el perdón que Dios nos ofrece en Jesús, el rey que estableció el Reino de Dios para siempre derramando toda su sangre en la cruz y luego levantándose de la tumba. Al igual que Salomón, Jesús estableció su trono eliminando a todos sus enemigos, sólo sus enemigos eran los enemigos más fuertes de todos: El pecado, la muerte y el diablo. Jesús derrotó a estos enemigos sufriendo el castigo mortal que merecemos por nuestros pecados (el mismo castigo, de hecho, que los enemigos de Salomón merecían), para que no muriéramos, sino que viviéramos.

El rey Salomón

Al rastrear la vida del rey Salomón desde el triunfo hasta el trágico fracaso, Ryken ayuda a los lectores a conectar las experiencias de Salomón con la vida cristiana y nos insta a evitar los errores de Salomón.

El ejemplo de buena mayordomía de Jesús

Para llevar a cabo esta obra de salvación, Jesús tuvo que poner el Reino en primer lugar, y así lo hizo. Él no vino a hacer su propia voluntad, dijo, sino la voluntad de su Padre celestial (Juan 6:38). Esto incluía renunciar a todas las tentaciones de dinero, sexo y violencia. Jesús podría haber reclamado la riqueza de las naciones, pero en su lugar, eligió vivir en la pobreza, demostrando que el dinero no era su amo. Tampoco Jesús cedió a la tentación sexual de gratificar pecaminosamente su deseo sexual, sino que más bien vivió con perfecta pureza y castidad. No procuraba el poder a través de la violencia injusta, sino que sufría pacientemente el abuso de los hombres pecadores, incluso hasta el punto de la muerte. Jesús puso el Reino primero, negándose a dejar que incluso una sola cosa se pusiera en el camino de dar su vida por nuestra salvación y hacer la obra del Reino de Dios.

Ahora Jesús nos llama a unirnos a Él para poner primero el Reino, primero en nuestras mentes y nuestros corazones, primero con nuestros cuerpos, y primero con nuestras cuentas bancarias. Es sólo cuando compartimos nuestra riqueza por el trabajo del Reino, protegemos la pureza de nuestra sexualidad, y renunciamos a cualquier reclamo para gobernar nuestro destino que somos capaces de dejar de usar el dinero, el sexo y el poder para nosotros mismos y en su lugar utilizarlos para la gloria de Dios y el Reino de Jesucristo.

Philip Graham Ryken

Artículo traducido con el permiso de crossway.org

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