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26 de Julio de 2019

Los 4 pilares de la paternidad cristiana

Por  Héctor Salcedo

Hoy en día hay mucha confusión con relación a lo que implica la paternidad. Y cuando hablo de “paternidad” hago referencia al rol tanto de papá como de mamá en cuanto a los hijos.

Muchos limitan el rol de los padres a lo económico, es decir, que la paternidad responsable es aquella que provee a los hijos “todo lo que necesitan” o peor aún, “todo lo que ellos [los padres] no tuvieron”. Otros entienden que los padres son “buenos padres” cuando se ocupan de preparar “académicamente” a sus hijos. Y otros asumen que padres responsables, son aquellos que apoyan y estimulan todo lo que sus hijos quieren ser sin discernir si es lo mejor o no. Es como si el sólo deseo del hijo se constituyera en lo que les conviene. Aquí se asume que la buena paternidad no resiste lo que el hijo desea y que amor es apoyar independientemente de lo que se quiera.

Ante tanta confusión, el cristiano ha de recurrir a la Palabra de Dios en busca de sabiduría. Los seguidores de Cristo estamos comprometidos con resistir adaptarnos a las formas del mundo y a permitir que Dios transforme nuestra manera de pensar por medio de Su Palabra. [Rom. 12:2]

¿Cuáles son entonces, los criterios bíblicos para determinar la calidad de la paternidad? ¿En qué consiste la paternidad distintivamente cristiana? Para nuestro gozo, Dios ha dejado plasmado a lo largo de su Palabra múltiples principios que nos guían en esta hermosa pero desafiante tarea de ser padres. Dios sabía que necesitábamos ayuda. En lo que sigue, expondremos con cierta brevedad cuatro aspectos que consideramos deberían formar parte de la paternidad, si es que es cristiana.

1. Primer pilar: Reconocer la condición humana caída

Es un hecho duro de aceptar, pero real y es lo siguiente: si el ser humano es dejado a merced de sus impulsos, se inclinará por lo mal hecho, lo pecaminoso, lo adictivo, lo perjudicial. Cada padre o madre puede dar testimonio de que en general su lucha diaria es frenar a los hijos de todo aquello que no es bueno, ni puro, ni sano, ni seguro, ni conveniente.

¿De qué forma, saber esto y aceptarlo, nos hace mejores padres? En primer lugar, podremos reaccionar de manera más ecuánime y controlada cuando nuestros hijos actúen de formas que incluso nos avergüencen. En segundo lugar, el reconocer esta condición caída nos hace entender que la real y más profunda necesidad de nuestros hijos no es sólo ser corregidos sino redimidos de esta condición por medio de Cristo. Y, en tercer lugar, la condición caída no sólo es de nuestros hijos sino nuestra. En este sentido, habrá ocasiones en que pecaré contra mi hijo y tendré que pedirle perdón y mostrarle que también yo necesito el perdón de Dios.

2. Segundo pilar: Entender la fuerza del ejemplo

En un pasaje clásico sobre la formación de la próxima generación, Dios le dice a su pueblo por medio de Moisés lo siguiente “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;7 y diligentemente las enseñarás a tus hijos...” [Deut. 6:6-7].

Muchos pasan por alto la breve pero vital frase “estarán en tu corazón...”. La instrucción es clara, lo que se enseñe a los hijos debe ser primero una realidad en los padres. El hijo no escucha lo que el padre enseña a menos que no lo vea reflejado en sus actuaciones. Y no se trata simplemente de que los padres vayan a la iglesia, oren antes de cada comida y lean la Biblia al acostarse. Esas cosas son buenas y necesarias. La frase “estarán en tu corazón...” implica que los mandamientos de Dios serán parte de la esencia de la persona, darán forma a su vida en todos los sentidos y determinará como la persona reacciona ante la vida. Por ejemplo, si quieres que tus hijos amen a Dios, ¿cómo se refleja eso en tu día a día? ¿Es evidente para ellos?

3. Tercer pilar: Comprometerse con la instrucción

Si hay algo claro en la Palabra de Dios es que ser padre/madre es mucho más que cuidar o entretener. De hecho, cualquiera podría hacer eso. Pero ser padre/madre es sembrar un legado moral y espiritual en el corazón que “da forma” al muchacho. Los padres están llamados a “marcar” a sus hijos de por vida. Una vez más, Deuteronomio 6:6-7 arroja luz cuando dice: 6 Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;7 y diligentemente las enseñarás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.

Observemos que a partir del verso 7 se indica que los padres deben enseñar con diligencia a sus hijos en todo lugar y momento. ¿Y qué están llamados a enseñar? “estas palabras que yo te mando hoy”.

De manera similar, en el libro de Efesios 6:4 hay un claro mandato a los padres cuando dice, “Y vosotros padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en la disciplina y la instrucción del Señor”. ¿Cuál es el contenido de la disciplina y la instrucción? La respuesta es “del Señor”.

En otras palabras, el contenido de la instrucción paterna debe ser la verdad de Dios en el sentido amplio de la palabra. Dicha “verdad de Dios” incluye, quién Dios es, lo que Él representa, lo que piensa de nosotros y del mundo que nos rodea. Y esas cosas deben verse en nosotros en todos los aspectos de la vida. Seamos más prácticos y concretos.

Mostramos el poder de Dios a nuestros hijos cuando confiamos en El en cualquier circunstancia y permanecemos tranquilos en medio de la dificultad. Le enseñamos la bondad de Dios cuando somos agradecidos y estamos gozosos siempre. Le decimos a nuestros hijos que Dios es suficiente cuando lo material no determina nuestra alegría. Le mostramos el amor de Dios cuando ellos nos ven amarlos de manera incondicional aun cuando ellos no “se lo merecen”.

Y en la medida que hagamos esto, de mostrar a Dios en el día a día, recordemos que cada pecado de nuestros hijos es una oportunidad de mostrarle su condición caída y su necesidad de salvación de la misma forma que nosotros la necesitamos. Sus “caídas” deben ser los momentos no sólo para la corrección sino oportunidades para mostrarles el Evangelio.

4. Cuarto pilar: Estar atento al “termómetro emocional”

En Efesios 6:4, en su primera parte, Pablo manda a los padres que “no provoquéis a ira a vuestros hijos...”. Por otro lado, en Colosenses 3:21, nuevamente Pablo les dice a los padres “no exasperéisa vuestros hijos, para que no se desalienten.”

Este mandato resultaba muy extraño para la sociedad del primer siglo. Los padres romanos, masculinos, tenían tal “derecho” sobre sus hijos que podían incluso venderlos como esclavos si así les parecía. Y en estos dos pasajes, Pablo les manda a considerar el estado emocional de los hijos al momento de criarlos. La razón de este mandato la ofrece el texto de Colosenses 3:21, a saber, “para que no se desalienten”.

Los padres que hacen su labor de padres sin tomar en cuenta cómo se sienten los hijos, corren el riesgo de conducirlos a la rebeldía. Es interesante notar que ambos textos, Efesios 6:4 como Colosenses 3:21, suponen que hay una forma de criar, que es bíblicamente correcta y que no conduce a la ira, ni a la exasperación de los hijos.

Otra enseñanza que podemos sacar del pasaje es que cuando enfrento a un hijo exasperado conmigo, airado o en rebeldía, debería primero revisar qué he estado haciendo como padre. Debo aclarar que no necesariamente toda rebeldía de los hijos es un indicador de una paternidad deficiente, pero si queremos que nuestros hijos se revisen, deberíamos estar nosotros como padres dispuestos a revisarnos también.

En la hermosa sabiduría de Dios, el llamado de estos textos es que nuestros hijos necesitan de nosotros lo mismo que nosotros recibimos de nuestro Dios por medio de Cristo, “gracia y verdad”.

¡Quiera Dios hacernos padres conforme a Su Corazón!

      

 

Héctor Salcedo

Economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos en el tradicional Moody Institute de Chicago. Como economista, cursó estudios de Maestría en Macroeconomía Aplicada en Chile a mediados e los 90´s para ejercer dicha profesión durante casi 15 años en el medio económico-empresarial.

Ha laborado desde los inicios de la IBI, pasando por diversas asignaciones conforme al crecimiento lo requirió. Desde el 2006 es uno de los pastores de la IBI, y desde el 2009 lo ha sido a tiempo completo. Su mayor pasión es la enseñanza de la Palabra de Dios y sobre todo su aplicación práctica en la vida. Está casado con Charbela El Hage y tiene dos hijos, Elías y Daniel.

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