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30 de Agosto de 2019

Viviendo tu fe en el trabajo

Por  Viola Núñez de López

Hace algunos años, en la oficina en la cual yo laboraba me tocó sustituir a un compañero que había sido removido de su cargo por un mal manejo de fondos. Era alguien a quien yo tenía en alta estima. Habíamos compartido mucho tiempo en el mismo departamento sin que él mostrara ningún signo de comportamiento inadecuado. Para mí fue una sorpresa lo ocurrido, y no me fue nada agradable tener que ocupar su puesto, pero el deber me lo imponía.

Pasado un tiempo, en una conversación íntima entre compañeros, me atreví a cuestionarle acerca de la razón que lo llevó a cometer tal desatino. Esto fue lo que me dijo: "tú sabes que yo manejaba la caja chica del programa (era un programa financiado por una institución norteamericana). Un día necesitaba comprar algo, y como no tenía el dinero lo tomé prestado, claro, con la intención de reponerlo tan pronto cobrara mi sueldo. Pero al final del mes no pude hacerlo porque el dinero no me alcanzó. Me propuse reponerlo más adelante pero tampoco pude. Luego tomé otra partida, con la misma intención de reponerlo todo, pero me sucedió lo mismo, y así me fui envolviendo en una deuda, casi sin darme cuenta, que llegó un momento en que se me hizo impagable. Todavía me pregunto cómo pude llegar hasta ahí". Lo más doloroso, mis amigas, es que a esta persona todos le conocían como un hombre muy cristiano.

El problema de mi amigo suele ser el de muchos: falta de límites en el lugar de trabajo. En primer lugar, hizo uso de algo que debió ser prohibido para él, y, por otra parte, no supo parar a tiempo. Es que cuando se bajan las barreras y se desconocen los límites somos capaces de incurrir hasta en lo inimaginable. Los cristianos debemos estar conscientes de que nuestro centro de trabajo es sagrado. Tenemos que considerarlo como una actividad espiritual, porque no somos más cristianos el domingo en el templo, que durante la semana en nuestro lugar de trabajo. Nuestra ética laboral debe estar basada en los principios y mandatos de Dios.

Como mujeres, nuestras áreas de mayor influencia generalmente son el hogar y el lugar donde laboramos. Tanto en una como en otra, si somos cristianas, estamos representando a Dios. Pero no basta con que yo diga que soy cristiana, tengo que demostrarlo. Debemos ser vasijas transparentes a través de las cuales se pueda percibir el Cristo que llevamos dentro, de manera que quien nos vea pueda sentir que a ese Dios vale la pena seguirlo.

Estamos viviendo uno de los peores momentos de la historia de la humanidad, en los que se quiere vivir haciendo el menor esfuerzo en todo. La irresponsabilidad y la des- vergüenza, antes tan reprochables, se pasan por alto y a veces hasta se consideran como una habilidad para lograr lo que se quiere. Aquellos tiempos en que ser responsable, honesto, serio y trabajador se exhibía como un galardón, son cosas del pasado. Hoy, es común escuchar en boca de muchos, sobre todo de la juventud aquello de "chico, cógelo “easy”; total ¿para que esforzarte si nadie te lo reconoce? La diferencia radica en cuando trabajamos por reconocimiento, o cuando lo hacemos para el Señor. la Palabra de Dios dice "...ya sea que comáis, que bebáis o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31).

El trabajo, hermana que me lees, forma parte del diseño de la creación. En el Edén era honroso porque Adán era socio de Dios en este quehacer humano. Fue con la caída, que se convirtió en algo tedioso y pesado. Tan pronto Adán desvió su rostro de Dios, aquello que había sido un deleite se convirtió en irritante y fastidioso.

A nosotras nos pasará lo mismo si no tratamos de desarrollar nuestro trabajo en un marco de relación con Dios. Como cristianas nos toca redimir nuestro centro de trabajo. No es necesario andar con una Biblia predicando de escritorio en escritorio, porque eso puede hacer que muchos te rechacen. El evangelio no se le inyecta a la gente como un suero intravenoso. Se predica, si, y se enseña, pero más que todo se demuestra con el ejemplo. Una vida bien vivida conforme a los propósitos de Dios es un evangelio viviente. Qué bueno sería que en tu puesto de trabajo pueden decir eso de ti. Qué bueno sería que tu vocabulario honre al Dios a quien representas; que a tus compañeros de trabajo los veas como tus colaboradores y no como tus contrincantes; que cumplas tu horario de trabajo sin robarle el tiempo a tu empleador; que tus labores las desempeñes con alegría sin estar malhumorada todo el tiempo; que trates al público como quisieras que te trataran a ti y no que lo hagas despóticamente; que te sometas a la autoridad; que tu vestuario sea el adecuado para una oficina y no que te vista de tal manera que no dejes que los hombres se concentren en su trabajo.

Estos y muchos más podrían ser puntos para evaluarte. No te olvides que los dones que Dios te ha dado son para que lo pongas al servicio de los demás. Y por último quiero recordarte que "quien no vive para servir no sirve para vivir". Qué bueno sería que un día Dios pueda decirte: "sierva buena y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré..." Mateo 25:23.

Viola Núñez de López

Su mayor anhelo es poder servirle al Señor hasta el último de sus días. Es educadora de profesión y por vocación. Miembro y diaconisa de la Iglesia Bautista Internacional, IBI, donde pertenece al equipo de consejería y ofrece servicios como mentora de mujeres.  Es madre de cuatro, abuela de catorce y bisabuela de trece.

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