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02 de Octubre de 2019

Satisfacción equivalente a obediencia: ¿Encontramos nuestra satisfacción en el Señor?

“Confía en el SENOR, y haz el bien; habita en la tierra, y cultiva la fidelidad”

(Salmo 37:3)

 

Entiendo en este versículo, que Dios da seguridad a aquellos de su pueblo que son justos, que son fieles a Sus preceptos, y todo esto los lleva a una acción. Vemos: “Confía, haz el bien”; esto significa, entonces, que la fe produce buenas obras; Jesucristo dice en Mateo 5:16: “Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”.

En Santiago 2, desde el verso 14 al 17, leemos que la “fe sin obras está muerta”: “¿De qué sirve, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo? 15 Si un hermano o una hermana no tienen ropa y carecen del sustento diario, 16 y uno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? 17 Así también la fe por sí misma, si no tiene obras, está muerta”. Por ello el versículo 18 concluye así: “pero alguno te dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras”.

Para la salvación es necesario una fe verdadera en Jesucristo, recibiéndolo como Señor y Salvador, por sola gracia, y luego, encaminarnos en las obras que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas (Efesios 2:8-10). Estas buenas obras serían la evidencia genuina de nuestra fe en acción, como fruto de obediencia al Señor y su Palabra, y de que le amamos realmente, que confiamos en Él, y que hemos sido transformados por su Espíritu Santo.

Para ilustrar estos versículos, veamos el siguiente relato: En una ocasión John Wesley envió una ayuda económica a un amigo predicador llamado Samuel Bradburn. Adjunto con el billete de cinco libras escribió una nota que decía: “Querido Sammy: Confía en el Señor y haz el bien; y habitaras en la tierra y te apacentaras de la verdad”. Al expresar su gratitud Bradburn dijo: “Muchas veces me ha impresionado la hermosura del texto de la Escritura que citaste, pero he de confesar que nunca he visto una exposición tan práctica como la que me adjuntaste” (Comentario Biblico: William MacDonald- Pag.268)

El salmo 37, en la Versión Reina Valera 1960 tiene como título “Herencia del Justo y calamidad del impío”

Estos versos nos indican que poner nuestra confianza en el Señor nos lleva a hacer el bien y que si cultivamos la fidelidad tenemos un futuro asegurado. Pero, debemos estar conscientes de que esta confianza no es emocional o un optimismo liviano, no es creer que todas las cosas, en todo tiempo estarán resultando conforme al deseo egoísta de “estar siempre bien y prosperado” de nuestros corazones; el Señor nos manda a hacer el bien aun a pesar de las circunstancias en que nos encontremos, es decir, en gozo o tribulación, esto no significa que el Dios temible y Todopoderoso, que promete premiar al justo y castigar al impío, nos está diciendo que no padeceremos aflicciones. Su promesa es que en medio de las circunstancias adversas que atravesemos Él estará con nosotras y nos “apacentará de la verdad o pastará en fidelidad.

“Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo, y si por los ríos, no te anegarán; cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama te abrasará” (Isaías 43:2).

Esa es nuestra seguridad, esa es nuestra confianza; Dios es fiel a Su palabra, la cual es un baluarte para nuestras vidas, tanto espiritual como físicamente; Él nos rodea como un escudo. ¡Alabado sea el Señor!!

Jesucristo nos “asegura” en Su palabra, porque en todo tiempo Su palabra es un eterno presente continuo. “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco y me siguen; y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre” (Juan 10:27-29).

Esta promesa nos da la seguridad de que a pesar de los más feroces ataques que podamos sufrir, nada ni nadie podrá destruirnos y tampoco separarnos de Su eterno amor, cuando tenemos plena confianza en nuestro Señor y Salvador Jesucristo, y, sobre todo, cuando nos esforzamos para ser obedientes a sus mandatos.

Quizás, mi hermana y amiga, usted que está en una “lucha” continua, se diga para sí, con cierto dejo de ironía: “esto, leyéndolo, se ve muy fácil y sublime”, y tiene razón, pero no le estamos diciendo que es fácil; en este mundo dominado por el “príncipe de este mundo” (satanás) tenemos oposición de todo tipo e índole; por esa razón es que el Señor dijo:

“¿No te lo he ordenado yo? ¡Sé fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas” (Josué 1:9).

El Señor se lo dijo a Josué en esa ocasión varias veces en un mismo capítulo; más arriba, versículos 7 y 8 repite: “Solamente sé fuerte y muy valiente; cuídate de cumplir toda la ley…; no te desvíes de ella ni a la derecha ni a la izquierda… Este libro de la ley no se apartará de tu boca, sino que meditarás en él día y noche…”. Al igual que a Josué, Dios nos dice hoy, a ti y a mí: ¡“Esfuérzate y sé valiente!”

Solamente obedeciendo al Señor encontraremos satisfacción para nuestras almas; todo lo que hay en este mundo es perecedero, vacío; ¡en Cristo y solo en Él encontraremos lo que realmente necesitamos!

Lo maravilloso de todo esto es que nuestro Salvador siempre está cerca, está a la distancia de una oración; Su palabra está a nuestro alcance, disponible en todo momento, justo cuando más la necesitamos. Él nos dice hoy:

“He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

Si nos esforzamos y nos rendimos, Él nos dará seguridad y satisfacción para hacer el bien a otros, ¡solo para Su gloria!

“Confía en el SENOR, y haz el bien; habita en la tierra, y cultiva la fidelidad” (Salmo 37:3).

 

¡Dios les bendiga!

 

María del Carmen Tavarez

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