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12 de Noviembre de 2019

En situaciones de pecado o aflicción, ¿cómo nos acercamos al Señor?

“¿Hasta cuándo, oh Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro? ¿Hasta cuándo he de tomar consejo en mi alma, teniendo pesar en mi corazón todo el día?” (Salmo 13:1-2).

Este salmo es la plegaria de un afligido, es el grito de auxilio en una situación que humanamente sabemos no tiene solución.

La verdad es que, ahora como creyentes, sabemos que no importa lo pequeña o grande que sea la situación en que nos encontremos, Dios tiene el control de todo.

Siendo niña mi madre me enseñó los salmos 91 y 23; ella me decía que en situaciones de miedo, espirituales o físicas esos salmos nos ayudarían, y los memoricé. Cuando vamos creciendo, en cada etapa de nuestra vida, las circunstancias a las que tememos que enfrentarnos son diferentes, se vuelven más difíciles, así que, ya en la adolescencia y parte de mi vida joven adulta, encontré otros salmos que se adaptaban a cada situación, pero el salmo que verdaderamente dio en el punto clave, según mi parecer, es este Salmo 13, sobre todo los versículos del 1-4:

“¿Hasta cuándo, oh Señor? ¿Me olvidarás para siempre?

¿Hasta cuándo esconderás de mí tu rostro?

2 ¿Hasta cuándo he de tomar consejo en mi alma,

teniendo pesar en mi corazón todo el día?

¿Hasta cuándo mi enemigo se enaltecerá sobre mí?

3 Considera y respóndeme, oh Señor, Dios mío;

ilumina mis ojos, no sea que duerma el sueño de la muerte;

4 no sea que mi enemigo diga: Lo he vencido;

y mis adversarios se regocijen cuando yo sea sacudido”.

 

Era un grito recurrente de angustia; la verdad es que me sentía sin esperanza. Pensaba que Dios estaba lejos de mí, no le interesaba mi vida y que me había desechado; clamaba y repetía las palabras del salmista sin sentir ningún alivio en mi corazón. Lo cierto es que estaba ciega y sorda, no entendía; porque el Señor sí estaba conmigo aunque no lo entendía, pero me faltaba sabiduría de Dios la cual abre los ojos de los seres humanos que Él ha salvado. En ese tiempo no conocía la omnisciencia de Dios; en mi ignorancia dudaba de su omnipotencia, de su bondad y misericordia. Sabía de Dios, aunque frecuentemente pensaba que Él era bueno solo con algunos, y que a otros los rechazaba como si no fueran parte de su obra creativa. Estaba muy confundida, pero aun así, en lo más profundo de mi corazón tenía esperanza de que quizás me escucharía. Así que en diferentes etapas de mi vida volvía otra vez a este salmo 13:1-2 y también al salmo 28: 1-2

“A ti clamaré, oh Jehová. Roca mía, no te desentiendas de mí, para que no sea yo, dejándome tu, semejante a los que descienden al sepulcro. Oye la voz de mis ruegos cuando clamo a ti, Cuando alzo mis manos hacia tu santo templo” (Salmo 28:1-2).

De seguro han notado que no estaba leyendo estos salmos por completo, solo me identificaba con los primeros versículos; era una oración “repetidamente” egoísta, enfocada en mí, no podía enfocarme en los hechos maravillosos de nuestro Dios. Por eso escribí más arriba que “estaba ciega, sorda y sin ningún entendimiento”.

De haber leído los salmos hasta el final, tal vez hubiese entendido que la expresión desesperada del salmista al principio, daba paso a un cántico de alabanza, misericordia, fidelidad y pacto de amor:

“Más yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se regocijará en tu salvación. Cantaré al Señor, porque me ha colmado de bienes. Mi corazón se regocijará en tu salvación” (Salmo 13:5-6).

Cuando el Señor abrió mis ojos pude verle, en toda Su bondad, Su gracia y Su misericordia desplegadas sobre mi desde antes de nacer y durante todo lo que llevo en la tierra de los vivientes; ahora puedo comprender que Él es y siempre ha sido bueno, no solo conmigo, sino con todos los que me rodean.

Aun siendo pueblo del Señor, a veces experimentamos caídas espirituales, nos sentimos abandonados de Su presencia en las aflicciones, pero esta caída nunca es total o final. Dios, nuestro Señor, siempre estará ahí para Su pueblo, y aunque la aflicción pueda ser prolongada, nunca durará para siempre. He aprendido en todo este tiempo que lo mejor es echar sobre el Señor nuestras cargas porque Él siempre nos sustentará: “Echa sobre el Señor tu carga, y Él te sustentará; Él nunca permitirá que el justo sea sacudido” (Salmo 55:22); ”echando toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 Pedro 5:7).

Es un grave error buscar soluciones por nosotros mismos, Dios siempre está en control y cuando nos encomendamos a Él nos envía Su ayuda y nos da la dirección para actuar.

Debemos ser valientes y aprender a esperar; digo “ser valientes”, porque estarán de acuerdo conmigo de que no es nada fácil esperar.

Dios nos ayude a entender que cuando Él se tarda en respondernos no significa que nos haya rechazado y Sus oídos haya cerrado a nuestro clamor; recordemos a Jesucristo, su paciencia para con nosotros debido a nuestra infidelidad e incredulidad. Vemos como un día clamó: “¿Hasta cuándo estaré con vosotros?” “¿Hasta cuándo os tendré que soportar?” (Mateo 17:17). Siendo Dios, su mente humana se fatigó al ver tanto mal en este mundo caído; nosotros nos desesperamos, Cristo no se desesperó, sino que perseveró en Su misión. Recordemos que el Señor es paciente con nosotros, porque si no lo fuera, hace mucho ya hubiésemos sido consumidos; Jesús vino a hacer justicia en la tierra, Él conoce los que son suyos, escucha nuestro clamor, y como Juez Justo, en Su tiempo nos redimirá del todo.

Jesús es nuestra Roca, Él no se desentiende de Su pueblo, a pesar de nuestro pecado, de nuestra infidelidad, Él nos oye; aunque se quede en silencio, aunque no responda por un tiempo, Él actuará. Solo debemos arrepentirnos de nuestro pecado, confiando en Él y en su obra redentora por nosotras en la cruz del calvario, sabiendo que “si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Es importante saber que cuanto más nos acerquemos a Él más lo conoceremos, y a mayor conocimiento de Él, más nos dolerá el pecado.

Así que, una vez iluminado el entendimiento, podemos decir con el salmista:

“Bendito sea el Señor, porque ha oído la voz de mis súplicas. El Señor es mi fuerza y mi escudo; en El confía mi corazón, y soy socorrido; por tanto, mi corazón se regocija, y le daré gracias con mi cántico. El Señor es la fuerza de su pueblo, y Él es defensa salvadora de su ungido” (Salmo 28:6-8).

 

Dios les bendiga,

María del Carmen Tavárez

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