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15 de Junio de 2020

Libertad a través de un nuevo pacto: Aun cuando Dios abolió el viejo pacto, ¿buscamos ganarnos la entrada al cielo al cumplir con toda la ley?

“Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todos los hombres, siendo manifiesto que sois carta de Cristo redactada por nosotros, no escrita con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de corazones humanos”

(2 Corintios 3:2-3)

Meditando en la pregunta motivacional sobre el tema “Un Nuevo Pacto” del programa “Mujer para la Gloria de Dios”, lo primero que debemos tener en cuenta es que nos están hablando de “pacto”. Teniendo este en mente, busqué en internet una definición de lo que es pacto, y la que más me llamó la atención fue la dada en Google, definiéndolo como un acuerdo, alianza, trato o compromiso. Éste establece un "compromiso", y fija la "fidelidad" hacia los términos acordados. Esta definición nos recuerda, que como hemos visto, tenemos dos pactos. El antiguo pacto, el cual estaba basado en una serie de sacrificios que debían hacerse como pago por el pecado. El compromiso que una persona tenía bajo este pacto era realizar esos rituales para obtener el perdón de sus pecados. Y los practicantes de la ley de ese tiempo eran muy fieles en cumplir con todos esos rituales. Para ellos era de suma importancia el estricto apego a su cumplimiento. Pero el problema radicaba en que su cumplimiento de la ley no nacía de un corazón quebrantado y consciente de su maldad, sino de una conducta que buscaba la aprobación de los hombres. Igualmente, este sistema no conseguía erradicar el pecado de sus corazones. Solo producía una sensación momentánea de liberación. Era como sentir fuertes dolores de cabeza y tomarse una pastilla. Y cada vez que regresa el dolor, tomar otra y otra, sin saber que realmente ese dolor tiene una causa a la que hay que arrancar de raíz.

Vivir bajo el antiguo pacto trajo a la luz la necesidad de que el pecado fuera erradicado de una manera definitiva. Y esto solo fue posible gracias al sacrificio de Jesucristo en la cruz del calvario a nuestro favor. El pagó la deuda que nosotros no podíamos pagar y de esta manera estableció el nuevo pacto en su sangre, basado en la fidelidad de Cristo hacia nosotros por amor, eliminando de una vez y para siempre todo el pecado de quien pone su confianza en Él y lo recibe como su Salvador y Señor. Este nuevo pacto nos cambia el corazón, nos cambia la mente, nos transforma desde lo más profundo de nuestro ser (Hebreos 8:6-13; 9:14-15; 10:10, 12-14). Como nos lo señala el apóstol Pablo en 2 Corintios 3:2-3, esta obra preciosa de transformación la realiza el Espíritu del Dios vivo en nosotras. Comienza nuestro proceso de santificación, hasta que seamos conformadas a la imagen de su Hijo Jesucristo.  Esto nos lo ratifica en 2 de Corintios 3:18, cuando nos dice: "Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de Gloria en Gloria, Como por el Señor, el Espíritu”. He subrayado para enfatizar, la frase “con el rostro descubierto”, porque es una de las primeras expresiones físicas que tenemos al venir a los pies de Cristo, Ya que no debemos ni tenemos que escondernos, pues nuestro pecado no nos puede acusar más. ¡"Ahora somos libres"! Ha empezado nuestra transformación al contemplar a Cristo en su Palabra y ver el sacrificio que hizo por nosotros. Crecemos en intimidad con Él, en amor le obedecemos y le agradamos porque nos sometemos a la dirección de su Espíritu Santo.

Pero muchas veces habiendo experimentado la increíble transformación en nuestras vidas al nacer de nuevo, podemos caer en engaño al pensar que Dios nos ama por lo que hacemos. Vivimos apegadas a que el estricto cumplimiento de la ley va a producir un mayor amor por nosotras de parte del Señor. Muchas veces no somos conscientes de que estamos viviendo de esta manera. Esto puede evidenciarse en nuestra vida cuando vez tras vez caemos en un pecado, con el cual hemos luchado miles de veces, y cada vez que fallamos sentimos que el mundo se nos cae encima. Por supuesto, debemos sentirnos contristadas por pecar; de hecho, debemos arrepentirnos de corazón, pero no podemos pensar que, por haber pecado, Dios nos va a amar menos, pues, precisamente por eso el pagó por nosotras (Hebreos 8:12; 9: 14; 10: 12, 14).

El apóstol Pablo lo explicó extraordinariamente en Romanos 7:15, y creo que muchas de nosotras nos sentiremos identificadas con él cuando dijo: “Porque lo que hago, no lo entiendo; porque no practico lo que quiero hacer, sino lo que aborrezco, eso hago”. Él también experimentó quizás, la frustración que muchas veces nosotras sentimos al fallar en una lucha contra el pecado. Amadas, esas batallas solo pueden ser ganadas a través de Cristo. Y mientras damos la pelea al pecado, debemos recordar que nuestra identidad en Cristo es que ya fuimos perdonadas; que no debemos seguir insistiendo en cumplir con la ley como si fuera una lista de chequeo para estar bien con Dios. Ya fuimos perdonadas, gracias a que el antiguo pacto fue abolido con sus demandas, Y ahora hemos recibido la gracia y la misericordia de Dios, gracias al sacrificio del santo y justo Cristo Jesús nuestro Señor. En Él tenemos vida, perdón, regeneración, redención, justificación, santificación, plenitud del Espíritu Santo y esperanza de glorificación.

Amadas, pero como hijas de Dios debemos vivir una vida de rendición al señorío de Cristo, dejando que el Espíritu Santo guíe nuestras vidas. Aunque también debemos tener presente, que, si bien es cierto que en Cristo ya hemos sido perdonadas, y que volveremos a pecar, no debemos olvidar que hemos sido llamadas a andar por el Espíritu y no satisfacer los deseos de nuestra carne, como lo indica Gálatas 5:16-18.  Es decir, que, si yo sé que soy débil, por ejemplo, en el aspecto sexual, debo ser intencional en evitar exponerme a imágenes y situaciones que me inciten a ese pecado. El hecho de haber sido perdonadas no nos da licencia para darle rienda suelta a nuestros apetitos carnales.

Y sé que quizás, muchas al leer este escrito, estarán pensando que escribo como si todo esto fuera muy fácil de hacer o entender. Amadas, sabemos que en muchos momentos de nuestras vidas el rendirnos a Cristo y abandonar el pecado puede costar grandes sacrificios; puede llevarnos a hacer cosas que en nuestra mente parecerán ilógicas, difíciles o imposibles de realizar. Puede llegar el momento en que no entiendas por qué Dios te está pidiendo hacer algo, o que eso que te pide en tu punto de vista, no tiene la más mínima posibilidad de realizarse. Es por eso amadas que nuestro vivir en Cristo es por fe. Dice Hebreos 11:1 que “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Nuestra fe se basa en creer que, aunque nos sintamos así, el que prometió es fiel; y que Él ve y sabe todo lo que es mejor para nosotras, y que tiene el poder para hacer lo imposible posible. El capítulo 11 de Hebreos nos muestra grandes ejemplos de hombres y mujeres que caminaron por fe y todo lo que pudieron hacer por su fe en el Señor.

Warren Wiersbe dijo: "Debemos aprender a caminar por fe en un mundo dominado por caminar por vista”. Al caminar por fe día a día, veremos en nuestras vidas las grandes cosas que el Señor puede hacer. Pero para verlas debemos dar siempre el primer paso, y caminar cada día confiando en las sendas que el Señor hará, porque como dice Jeremías 29:11, Él sabe los planes que tiene para tu vida y la mía, planes buenos y seguros.

Y así como el Señor nos dio un nuevo pacto, también junto con él un Santuario celestial (Hebreos 8:1-2; 9:24-25). Tenemos la esperanza de un nuevo santuario, uno que durará para siempre, construido por Dios mismo;  diferente al que fue construido en la antigüedad, que fue hecho por manos humanas y con materiales perecederos: “Pero cuando Cristo apareció como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos, es decir, no de esta creación, y no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de su propia sangre, entró al Lugar Santísimo, una vez para siempre, habiendo obtenido redención eterna” (Hebreos 9:11-12).

Esta maravillosa promesa nos lleva a imaginarnos cómo será cuando lleguemos a la presencia misma de Dios. Ese momento donde lo veremos cara a cara y estaremos con Él por toda la eternidad. Esta imagen debe llevarnos a reflexionar sobre nuestra manera de vivir; ¿cómo lo estamos haciendo?  ¿Buscamos ganarnos la entrada al cielo al cumplir con toda la ley? Nadie es justificado por las obras de la ley, solo por la fe en Cristo Jesús (Romanos 3:20-26; 8:1-4). ¿Estamos buscando conocer a Cristo cada día y aguardando con ansias encontrarnos en Él cuándo partamos de este mundo? La Palabra nos alienta y nos exhorta al mismo tiempo de esta manera hermosa: “Amados, ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que hemos de ser. Pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él porque le veremos como Él es. Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él, se purifica, así como Él es puro” (1 Juan 3:2-3).

Vivamos nuestras vidas con nuestros ojos puestos en Jesús; que somos hijas del Rey de reyes y Señor de señores, y que, al entregarle nuestras vidas, solamente por la fe, tendremos la esperanza de estar eternamente admirando su presencia en el Santuario Celestial, ¡Nuestra morada eterna!

Aurita Gómez

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