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29 de Junio de 2020

¿Encontramos a Cristo en los rituales del Antiguo Testamento?

“De la misma manera tomó la copa después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lucas 22:20).

Entendemos que todos los rituales del Antiguo Testamento apuntaban al sacrificio expiatorio de nuestro Señor Jesucristo, quien como Cordero de Dios  derramaría su sangre  para el perdón de nuestros pecados, así como  leemos en Hebreos 9:22: “Y según la ley, casi todo es purificado con sangre, y sin derramamiento de sangre no hay perdón”; esto está representado en la copa de vino que tomó Jesús junto a sus apóstoles en la celebración de la  fiesta de los panes sin levadura “en que debía sacrificarse el Cordero de la Pascua”, cuando instituyó la Cena del Señor (Lucas 22:7-20).  Así como las uvas fueron estrujadas para formar el vino, así también Jesús fue estrujado en todo su ser; su vivencia previa en Getsemaní así lo demuestra, tal fue su agonía que “su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra” (Lucas 22:39-44). “Getsemaní” significa lugar de la prensa, de manera que, toda la sangre fue derramada para sellar así el Nuevo Pacto del Dios misericordioso con la humanidad miserable.

Nuestro Señor Jesucristo derramó Su vida por cada una de nosotras.  Veamos que nos dice Levítico 17:11: “Porque la vida de la carne está en la sangre, y yo os la he dado sobre el altar para hacer expiación por vuestras almas; porque es la sangre, por razón de la vida, la que hace expiación.”  De manera que queda entendido que solo la sangre puede hacer “expiación sobre el altar por nuestras almas” ; la cruz fue el altar sobre el cual Jesús expió toda nuestra maldad.  

Todos los seres humanos debemos “mirar a la cruz” con fe en el crucificado para buscar salvación y ser librados de la muerte eterna. En su encuentro con Nicodemo, Jesús deja entrever su muerte en la cruz, cuando hace mención del pasaje de Números 21:4-9, sobre “La serpiente de bronce” que fue levantada en el desierto. En esa oportunidad el pueblo de Israel, como de costumbre, volvió a quejarse contra Dios y contra Moisés, trayendo como consecuencia que el SEÑOR le enviara serpientes abrasadoras, que, al morderlo, moría, pero una vez reconocido su pecado, se volvió a Moisés para que intercediera ante Dios. El SEÑOR le dijo a Moisés que hiciera una serpiente abrasadora y la pusiera sobre una asta, y la levantara, para que todo aquel que fuera mordido, al mirarla no muriera, sino que viviera. Leamos, pues, las palabras del mismo Jesús en alusión a este evento:

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, 15 para que todo aquel que cree, tenga en Él vida eterna.” (Juan 3:14-15).

Debemos mirar y comprender lo que hizo Jesús en la cruz para entender todo el contexto de lo que significa la “sangre del Nuevo Pacto”

El primer pacto trataba de un santuario terrenal, de este mundo, el cual contenía una serie de elementos:

“Porque había un tabernáculo preparado en la parte anterior, en el cual estaban el candelabro, la mesa y los panes consagrados; este se llama el Lugar Santo. 3 Y detrás del segundo velo había un tabernáculo llamado el Lugar Santísimo, 4 el cual tenía el altar de oro del incienso y el arca del pacto cubierta toda de oro, en la cual había una urna de oro que contenía el maná y la vara de Aarón que retoñó y las tablas del pacto; 5 y sobre ella estaban los querubines de gloria que daban sombra al propiciatorio; pero de estas cosas no se puede hablar ahora en detalle” ( Hebreos 9:2-5).

Si observamos el verso dos la palabra “estaban, y en el cuatro (4) dice “tenía”, da a entender que el valor de los rituales y ordenanzas litúrgicas ya han caducado, porque ese era un “santuario terrestre.  

En el versículo 20 del Evangelio de Lucas capítulo 22, el Señor se refiere a Su preciosa sangre que iba a ser derramada en la Cruz del Calvario, refiriéndose a ella como “la copa” del Nuevo Pacto en “Su sangre”.  El pleno cumplimiento de ese Nuevo Pacto tendrá lugar durante el reinado de nuestro Señor Jesucristo cuando El retorne en Su segunda venida: “Porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios” (v.18).   Pero como creyentes, nosotras tenemos el privilegio de gozar de los beneficios de ese pacto en el tiempo presente.  Podemos disfrutarlo por medio del don de la fe que el mismo Jesús, a través del Espíritu Santo, nos ha dado cuando nos salvó

“Porque por gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, sino que es don de Dios;” (Efesios 2:8).

Los rituales del Antiguo Testamento solo eran figura y símbolo de las realidades consumadas por Cristo; por tanto, Su Ministerio sobrepasa a los rituales antiguos, ya que aquellos solo fueron sombras de lo que estaba por venir:

“Pero cuando Cristo apareció como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos, es decir, no de esta creación, 12 y no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de su propia sangre, entró al Lugar Santísimo una vez para siempre, habiendo obtenido redención eterna” (Hebreos 9:11-12).

Hermanas y amigas, la preciosa sangre de Cristo es la que nos limpia de toda maldad y nos ayuda a llegar al Padre.  Miremos hacia el altar de la cruz en donde Cristo expió nuestros pecados; así que, esforcémonos para que nuestra devoción sea interna, muy íntima y sincera, no simples prácticas religiosas y externas, como lo era en el antiguo pacto.

Dios les bendiga,

María del Carmen Tavarez

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