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14 de Julio de 2020

Permanecer en Cristo bajo las luchas y presiones de la vida

Por  Magdalena de Núñez

“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separado de mí nada podéis hacer” (Juan 15:4-5).

¿Qué significa la palabra “permanecer”? El diccionario El Pequeño Larousse Ilustrado lo define 1. Seguir estando en un lugar durante un tiempo determinado y 2.  No cambiar el estado, situación o calidad en que una persona o cosa se encuentra.

Entonces, “permanecer en Cristo”, ¿qué implicaría? Según Juan 15:4-5 y 1 Juan 2:6, permanecer en Cristo sería: la continuidad del creyente en Cristo: Un creyente pegado a la Vid Verdadera como pámpano para poder ser, hacer y vivir fructíferamente (Juan 15).

Un creyente que además tendría que permanecer en Jesús para poder andar como Él anduvo, guardar sus mandamientos, permanecer en lo aprendido, permanecer en la unción recibida para ser enseñado en todas las cosas; y que cuando Cristo se manifieste en Su venida, no alejarse avergonzado, siendo perfeccionado en el amor de Dios (1 Juan).

¿Qué más podemos decir entonces?  Que permanecer en Cristo es esperar en fe y confianza, con seguridad en Su persona, en Su poder, Su autoridad, Su soberanía, Su gracia, Su amor, Su bondad, Su misericordia.

Permanecer en Cristo es creer en Su Palabra y sus promesas para bien de nuestras vidas. Esto nos llama a leer, estudiar y meditar en ella, para poder conocerlo y amarlo; ser hacedoras de Su Palabra, tomando tiempo en las disciplinas espirituales. 

Es vivir y caminar aferradas a Su santa voluntad, en obediencia, creciendo en santidad; aceptando como bueno y válido los propósitos que Él ha determinado para nosotras, cuyos planes nos serán de bienestar y no de calamidad (Jeremías 29:11). 

Ahora bien, el vivir no es algo estático, pues estaremos a menudo expuestas a presiones y luchas constantes, que nos roban la paz, trastornan nuestro equilibrio cotidiano, trayendo zozobra en todos los sentidos, poniendo en peligro muchas veces la estabilidad que debemos exhibir como hijas de Dios, que caminan en fe. Estas luchas y presiones toman diferentes matices y abarcan tópicos variados (económicos, espirituales, laborales, de relaciones, familiares, tentaciones etc.).

Cuando estas luchas y presiones nos llegan, ¿es fácil permanecer en Cristo? ¡Sí y no!

Entonces, ¿De qué depende permanecer en Cristo? De nuestro carácter, nuestro temperamento; de cómo enfrentamos la vida; de qué o de quién nos dejamos dirigir. ¿Nos dirige la carne, nuestros deseos?  ¿o nos dejamos dirigir por el Espíritu de Dios?

Al encontrarnos en medio de la tormenta, estas cosas determinarán nuestras reacciones; ¿Qué sale de nuestro corazón?  ¿Impaciencia, falta de fe, desconfianza, duda, desánimo, desaliento?; ¿Rebeldía, ira, enojo, juicio, queja, murmuración?

 ¿O, sentimos depresión, ansiedad, desamparo, baja estima, derrota?, ¿Nos sentimos anuladas, inconformes, inquietas, amargadas? Muchas veces hasta llegamos a cuestionar a Dios y nos llega la desalentadora pregunta de ¿Por qué a mí?

Hermanas, nada de esto responde a un corazón que vive en la fe, sino totalmente a un   corazón que vive en la carne, completamente alejada de Cristo y sus propósitos.

¿Qué debemos hacer?

• Reconocer nuestras reacciones y actitudes equivocadas, nuestra falta de fe y egocentrismo como pecados, confesarlos y arrepentirnos; volvernos al Señor y pedirle perdón de corazón, y que nos ayude a regresar a lo que habíamos aprendido en Su Palabra, sometiéndonos a Su voluntad; ser honestas, confesándole nuestra escasez, fragilidad, incompetencia y soberbia.

• Rendirnos a Sus pies en sumisión, pidiéndole que nos sustente, nos dirija, nos llene de Su Santo Espíritu, y nos encamine en la senda de obediencia a Su Palabra; que nos dé la fe suficiente en Él y sus promesas eternas, para poder permanecer en medio de nuestras luchas y presiones; que nos muestre la puerta de salida para no ceder a la tentación, caer y deshonrarle (1Colosenses 10:13).

Si somos dirigidas por el Espíritu de Dios, nos es más fácil permanecer en Cristo en medio de las luchas y presiones:

• Debemos reconocer a Jesús como la Vid Verdadera, y nosotros sus sarmientos; nos mantenemos adheridas a Él, a la vida que nos da, que nos lleva a fructificar, pues sin Él nada podemos hacer (Juan 15: 4-5).

• Al guardar sus mandamientos permanecemos en Su amor, y nos amará, así como el Padre le ama (Juan 15:9-10).

• Al atesorar Su Palabra, y pedir conforme a Su voluntad, tendremos lo que le pedimos (Juan 15:7; 1 Juan 5: 14-15).

• Tenemos garantía de un Sumo Sacerdote que se compadece de nosotras y un trono donde recurrir, ofreciéndonos Su oportuno socorro en medio de nuestras luchas (Hebreos 4:14-16).

• Podremos andar como Él anduvo (1 Juan 2:6).

• Seríamos guardadas para no pecar (1 Juan 3:6).

• Seremos fortalecidas en el Señor y en el poder de Su fuerza, contando con Su armadura para revestirnos y estar firmes contra los ataques del diablo (Efesios 6:10-18).

• Al someternos a Dios, podremos resistir al maligno y huirá de nosotras (Santiago 4:7); ¡acerquémonos a Dios y Él se acercará a nosotras! (Santiago 4:8).

• En vez de luchar contra el Señor y cuestionar lo que estamos viviendo, reconozcamos Su soberanía y esperemos en fe lo que Él quiere para nosotras, para conformarnos a Su imagen, pues todo coopera para bien según sus propósitos (Romanos 8:28).

• Nos enfocamos en lo que debemos aprender, o dejar aquello que escondemos, y que no le agrada a Él para tomar decisiones correctas, y hacer los cambios que le glorifiquen, y nos hagan crecer en santidad; y así salir fortalecidas de estas luchas.

¡Invoquemos al Señor en medio de la angustia! ¡Él nos promete Su compañía, nos librará y nos mostrará Su salvación!  ¡Él no nos desampara; cumplirá Su propósito en nosotras! (Salmos 91: 15-16; 138:7-8).

Magdalena de Núñez

Por la gran bondad y misericordia de Dios, Su gracia me alcanzó y soy Su hija desde el año 1983. Esposa de pastor, madre de tres hijos y abuela de seis nietos hermosos. Sirvo como diaconisa en la IBI; pertenezco al equipo de intercesión y colaboro con el programa “Mujer para la gloria de Dios”.

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