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16 de Agosto de 2020

Perseverando a pesar de la traición

Por  Viola Núñez de López

En mis años de soltería nunca pensé que cuando me casara pudiera ser traicionada por mi pareja. Nos casamos muy enamorados, pero muy jóvenes; apenas superábamos la adolescencia. En esa época no teníamos a disposición cursos de enseñanza prematrimonial como los hay ahora, de modo que íbamos al matrimonio a ciegas, y eran pocas las madres que estaban preparadas para pasar a la hija los principios fundamentales de una relación tan compleja como lo es el matrimonio.

Entre mi esposo y yo había una situación específica que no nos ayudaba. El laboraba en un hotel durante la noche y cada mañana, temprano, yo salía para mi trabajo del cual regresaba después del mediodía. De modo que nuestros momentos de encuentro eran muy cortos. A pesar de eso, logramos hacer que el matrimonio funcionara. Luego llegaron nuestros dos primeros hijos con menos de un año de diferencia. A partir de ese momento mi papel de madre y de ama de casa comenzó a absorber todo mi tiempo.

Uno de los errores que cometemos las mujeres cuando nos convertimos en madres es dar prioridad a los hijos y relegar a los esposos. Ellos, (aun los que se entusiasman mucho con el embarazo), no perciben la llegada de los hijos de la misma manera que las madres. Algunos tienden a alejarse un tanto de la esposa tratando de dejarle su espacio con la nueva criatura. Y como la madre tiene que dedicar mucho tiempo al nuevo bebé, el padre muchas veces ve a su hijo como una pared entre los dos. El lazo entre un padre y sus hijos generalmente va apareciendo en la medida que la criatura va creciendo.

Cierto que Dios le dio a Adán y a Eva la orden de multiplicarse, pero en Su diseño, el propósito principal fue que el hombre no estuviera solo (Génesis 2:18); que tuviera una compañera, una ayuda idónea. Muchas veces las mujeres interpretamos mal el propósito de Dios, y aun cuando somos ayuda de nuestros maridos no somos su amiga; no somos su amante. A veces ni siquiera su compañera de salida porque los hijos lo impiden. No somos aquella mujer con la que él puede desahogarse cuando viene cansado de la oficina; la que le conforta y le reanima para que bote el stress porque, o estamos envueltas en el cuidado de la prole o en la organización de la casa. Ese fue uno de mis grandes errores: descuidar nuestra relación. En ordenar la casa y atender los hijos se iba todo mi tiempo. No fui lo suficientemente sabia para advertir el peligro que corría mi esposo envuelto en un empleo de tanta mundanalidad y con una esposa "de ocasión". No comprendí que ser ayuda idónea significa estar presente y significa también cuidar.

En un momento dado sus llegadas a la casa era más tarde de lo normal, y descubrí que había alguien más en el camino. Aquello para mí fue catastrófico. La traición es una experiencia demasiado dolorosa; un sentimiento muy difícil de desarraigar sobre todo cuando proviene de alguien en quien tú has depositado tu confianza. Los extraños pueden rechazarte y hasta ridiculizarte, pero si ocurriere, ese dolor suele ser pasajero. Pero la traición del ser amado hiere hasta lo más profundo del corazón. Cuando me enteré de lo que estaba ocurriendo, mi primera reacción fue: "Esto no lo perdono; tanta entrega de mi parte, tanto sacrificio. No me lo merezco; se acabó"... Todo mi orgullo salió a relucir en ese momento.

Cada intento de él, de mi padre y algunos amigos, en aras de una reconciliación eran inútiles. Angustiada y rabiosa fui a ver a mi guía espiritual, y después de mucho llorar, esperando que él me diera la razón, solo escuché estas palabras: "hija, estás demasiado herida, nada de lo que yo te diga ahora te hará cambiar de opinión. Tienes que escuchar la voz de Dios". Casi obligada, accedí ir a un retiro que parecía haber sido concertado para mí. El tema de aquel retiro era el perdón.

Llegué y me mezclé en el grupo sin ni siquiera saludar. Mi intención era que nadie me iba a hacer cambiar de idea. Pero en la medida que el predicador exponía, algo dentro de mí empezó a conmoverse, a desmoronarse. Observé su mirada penetrante sobre mi cuando dijo: "No juzguéis para que no seáis juzgados" (Mateo 7:1). Y cuando predicó que "... hay que perdonar hasta setenta veces siete" (Mateo 18:21-22), sentí como si fueran los mismos ojos de Jesús escrudiñando mi corazón. Las lágrimas comenzaron a salirme a   borbotones. Era Dios confrontándome a través de Su palabra. Todo mi orgullo empezó a desvanecerse... y el final, ya debes imaginarlo.

Me sentí como si me hubieran quitado un velo. ¿Quién soy yo para no perdonar si Jesús ya me perdonó y mi perdón le costó su vida en la cruz? No puedo invalidar Su sacrificio.

Amiga: si estás viviendo una situación igual o parecida, te aconsejo: perdona. Si te sientes incapaz de hacerlo, hazlo, aunque sea por obediencia.  Persevera en perdonar a pesar de la traición, no porque el otro se lo merezca, sino por misericordia, y misericordia es dar al otro lo que el otro no se merece. No alimentes tu rencor. Te aseguro que cuando decidas perdonar, al igual que me ocurrió a mí, tu rencor y tu dolor morirán por falta de alimento. ¿Que eso conlleva un esfuerzo grande? Si, es cierto; pero es una de las mejores oportunidades para crecer que Dios suele darnos en la vida. El perdón es un acto de la voluntad. Negarnos a perdonar es permanecer cautivas dentro de una profunda y oscura celda emocional y espiritual, y Dios nos quiere libre. 2 Corintios 10:5 nos ordena "destruir toda especulación y todo conocimiento altivo que se levante en nuestro interior, y llevarlo cautivo a los pies de Cristo".

Recoge tu dolor, amiga, llévalo cautivo y déjalo ante la cruz. Te aseguro que, si perseveras al igual que yo, no vas a arrepentirte.

Viola Núñez de López

Su mayor anhelo es poder servirle al Señor hasta el último de sus días.  Es educadora de profesión y por vocación.  Miembro y diaconisa de la Iglesia Bautista Internacional, IBI, donde pertenece al equipo de consejería y ofrece servicios como mentora de mujeres.  Es madre de cuatro, abuela de catorce y bisabuela de trece.

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