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11 de Noviembre de 2020

El Dios de lo imposible

"Lo imposible para los hombres, es posible para Dios"

(Lucas 18:27)

A finales del 2007, principio del 2008, pasé por un tiempo difícil de enfermedad; me salieron unos abscesos en el cuerpo, los cuales reflejaron que tenía una bacteria que se llama Staphylococcus Aureus. En ese momento me tuvieron que aislar por miedo al contagio de otras personas, porque se propaga por el contacto de la piel; así también cuando tocamos algo que lo contiene, como ropa, toallas o a través de cortaduras. Se me descontroló todo, mi tiroides (tuve la enfermedad de Hashimoto, donde hay un agrandamiento de la glándula y mi sistema inmune decide atacarla; más 2 nódulos en ella). Se inflamaron ganglios en mi cuello, producto de la infección; pasé por una crisis de ansiedad, y los ataques de pánico que no paraban. Mis visitas al infectólogo eran más frecuentes, ya que era necesario darle seguimiento, debido a que este tipo de bacterias son expertas en caminar en el cuerpo y alojarse en sitios, como los pulmones, corazón o cabeza; en ocasiones con desenlace de muerte. Al cabo de 3 meses la bacteria se hizo resistente y no se iba de mi cuerpo, entonces llegó otra bacteria, producto de la primera. Tuve que dejar el trabajo, ya que no podía asistir, y en la institución nadie quería ser infectado.

No puedo negar que me sentía triste, atribulada, un poco desesperada al ver la resistencia de las bacterias en mi cuerpo. Y antibióticos vienen y van, y nada de resultados positivos.  Algo salió de mí a través de un suspiro, afirmando: “Dios me va a sanar,”  “Este será un testimonio más de su grandeza y poder”. Escuchaba y cantaba una canción en ese tiempo, del cantante cristiano Abraham Velásquez, cuyas letras fortalecieron mucho mi Fe, que dice así: “Yo creo porque mi fe es contraria a lo que veo, aunque mi humanidad me lleve al desespero yo creo en ti y tu promesa es la que espero; yo creo aunque muy fuerte y duro se me haga el camino; sé que en el valle de la sombra estás conmigo y esperaré en lo que tú me has prometido, yo creo” La Biblia dice en 1 de Juan 5:4 “porque todo el que es nacido de Dios vence al mundo, y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra Fe”. La Fe que vence al mundo es la que ve las realidades eternas, conoce el poder de Dios y ama tanto a Cristo, que los placeres pecaminosos del mundo pierden su atractivo y menguan.

A cada una de nosotras Dios nos repartió una medida de Fe (Romanos 12:3b) y esta se manifiesta a través de nuestras acciones, palabras y decisiones; es por eso que depende de nosotras decidir que aumente o se mantenga inactiva, creyéndole a los acontecimientos, dejando que el miedo, la incredulidad y la duda nos dirijan.

¿Revelan nuestras vidas que creemos que Dios puede hasta lo imposible?

En ese momento, sin trabajo y aparentemente con mi cuerpo lleno de Abscesos y malestar, producto de la inestabilidad física y mental, lo único que quería era rendirme a los pies de Dios. Me aferré a una promesa de Dios que dice: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tu no conoces” (Jeremías 33:3). Jesús le dijo a Pedro: Ven, en medio de la tormenta para que caminara sobre las aguas. Cuando Pedro vio la fuerza del viento tuvo miedo y empezó a hundirse, a lo que Jesús le dijo: “Hombre de poca Fe, ¿porque dudaste?" (Mateo 14:29-31) ¡Así somos!  Dios nos dice en su palabra en muchas ocasiones: clama, pide, búscame, y cuando vemos que nuestras tormentas, ya sean de enfermedad, económica, con nuestros hijos, matrimonio o personales, que su viento arrecia y parece que no hay salida, ¡entonces dudamos! Comenzamos a verlo desde nuestra humanidad y no a través de la soberanía de Dios, y a veces es imposible que Dios obre si no le crees. En Hebreos 11, encontramos hombres que caminaron con Dios aunque no siempre fueron obedientes, pero su Fe fue firme en un Dios que está vivo y que cumple sus promesas, ¡no dudando NUNCA! 

Solo quería Clamar y adorar el nombre de Cristo. Mateo 7:7-8, me dice: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.” Me despertaba y clamaba con lágrimas, día y noche. Adoraba, buscaba, pedía y llamaba a mi Padre en oración. Solo quería estar de rodillas ante Él.

Fueron 9 meses de búsqueda incesante de Dios y de transformación por medio del Espíritu Santo en mi ser. Dios me acercó a Él a través del dolor y la enfermedad; y ¡bendito sea! que por medio del dolor me permitió conocerle más y ver al gran Dios que tengo, su poder, su amor; así como alinear mi mente y corazón a poner únicamente la mira en las cosas de arriba y no en los resultados médicos que tenía.

¡A final de Julio 2008, el último sábado de ese mes, me preparaba para subir a adorar ese domingo en la congregación, pero toda la madrugada del domingo tuve un sueño profundo donde escuché una voz como de trompeta junto a un coro de ángeles que adoraban y cantaban! Lo único que pensé en ese momento es que iba a encontrarme con mi Señor. Pero lo que recibí fue la sanación de mi cuerpo. Dios me decía: “Llegó el momento de que todo lo que te aquejaba se termina hoy.” Llegó el tiempo de DIOS, No en mi tiempo, ni en el tiempo que establecían los doctores; desperté y la ansiedad se había ido, me sentía como nunca antes. ¡ERA OTRA! Días después lo confirmé con los exámenes médicos; las bacterias ya no estaban en mi organismo, mi tiroides volvió a la normalidad; al punto de que hoy sigo libre de ese descontrol; la glándula bajó de tamaño y los nódulos no estaban; los ganglios volvieron a la normalidad y toda infección salió de mi cuerpo. No paraba de llorar de alegría, de agradecimiento con mi Dios porque Él me escuchó, ¡Creí y vi su Gloria!

¡Amada, lo imposible para los hombres es posible para Dios! ¡Cuando los médicos dicen que no, Él dice que sí! Él trabaja en su tiempo y cuando es su voluntad. La duda en medio de las circunstancias difíciles refleja que sigo viendo las cosas a través de mi autosuficiencia o que mi confianza no está plenamente en Él. ¡NO nos dejemos distraer!  ¡El enemigo querrá distraernos con lo que nos gusta!; enviará dardos para que nuestra debilidad esté presente; es una batalla y tenemos que estar prestas y preparadas para tener Fe en el Dios que venció en la cruz del calvario y canceló toda deuda de decretos contra nosotras “clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos” (Colosenses 2:14-15).

“Sin Fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan” (Hebreos 11:6).  Como hijas de Dios debemos creer que Él se interesa por nosotras y nuestro clamor ¡Cualquiera que sea!; que nos recompensará cuando de veras lo buscamos, cuando anhelamos su presencia y que su voluntad sea manifiesta. Dios tiene el control de todo en nuestra vida; nada pasa por casualidad, Él siempre utiliza todas nuestras experiencias, aun las más dolorosas para formar el carácter de Cristo en nosotras, redimirnos y transformarnos, haciéndonos más como Él.

Abundando sobre el tema de la fe, encontramos que, casi finalizando el capítulo 11 de Hebreos, desde los versos 32 al 34, la lista de la “Galería de los héroes de la fe” aumenta; hombres que son reconocidos a pesar de sus altas y sus bajas; con sus fortalezas y debilidades, venciendo su propia naturaleza y circunstancias de vida, quizás poco halagüeñas, hicieron grandes proezas porque pusieron su mirada en el DIOS TODOPODEROSO que les llamó y les capacitó para realizarlas.

Como muestra, tenemos a Jefté. A nuestro juicio, por su triste experiencia de vida, pensamos que no calificaría para pertenecer a dicha Galería, pero Dios es el que mira el corazón y es Soberano para actuar cómo quiere, con quien quiere y cuando quiere según su voluntad.

Jefté era hijo de Galaad con una concubina, rechazado por sus hermanos legítimos, lo desheredaron y echaron por ser hijo de otra mujer. Tuvo que huir a tierra de Tob, y allí formó una banda con hombres marginados y ociosos; Vivía sin familia, sin hogar y sin un futuro cierto. Esta adversidad lo transformó en un hombre fuerte, esforzado y en un guerrero valeroso. Cuando llegó el tiempo, los galaaditas, después de haberlo rechazado, aborrecido y desheredado de su casa paterna, tuvieron que recurrir a él para que fuera su jefe y peleara, defendiéndolos de sus enemigos los amonitas. Luego de imponer sus condiciones y ser aceptado como su caudillo, se embarca en pos del reto dado, teniendo al SEÑOR como su testigo; le creyó, le obedeció; le reconoció como su JUEZ frente a sus enemigos los amonitas; fue ungido, y resultó vencedor, dando la victoria a su pueblo. Bajo la mano de Dios “conquistó un reino, escapó del filo de la espada; siendo débil, fue hecho fuerte, y se hizo poderoso en la guerra” Su vida fue recogida en Jueces 11 al 12:7. Terminó sus días siendo juez de Israel por seis años; “y murió Jefté galaadita, y fue sepultado en una de las ciudades de Galaad” (Jueces 12:7).

Mi fe fue forjada en circunstancias diferentes a las suya, pero es el mismo Dios quien trabaja de manera individual con cada uno, según sus propósitos eternos.

Podemos concluir, diciendo: “¡Lo imposible para los hombres, es posible para Dios!” (Lucas 18:27)

Julissa García

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