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19 de Noviembre de 2020

Un pecador con una fe integra

“Enséñame, oh Señor, Tu camino; Andaré en Tu verdad;
Unifica mi corazón para que tema Tu nombre”
(Salmo 86:11)

David oró por “integridad de corazón” y lidero al pueblo “con integro corazón” (Salmo 78:72). El nombre de David significa “bienamado”.

La vida de David es increíblemente interesante; de jovencito Dios lo escoge como rey de Su pueblo, pero son muchos los años que pasan antes de que se cumpliera el propósito de Dios.

Su juventud transcurrió en Belén de Judea; era el menor de ocho hermanos, era rubio y de hermosa apariencia (1 Samuel 16:12). Por ser el menor de los hermanos estaba a cargo de pastorear las ovejas de su padre, y mostró fidelidad y valor hasta el punto de dar muerte al león o al oso que atacaban el rebaño (1 Samuel 16:11; 17:34-36). El joven estaba dotado de una capacidad notable para la música, tocaba el arpa y compuso cánticos. 

Cuando Dios rechazó al rey Saúl, éste fue acosado por malos espíritus que le ocasionaban depresión y crisis de demencia.  Sus servidores le aconsejaron que buscara un arpista cuya música calmara su ánimo agitado, y fue cuando alguien le recomendó a David el hijo de Isaí. Así fue como David fue a servir a Saúl.  Esta función le sirvió de instrucción, conoció la guerra, a hombres eminentes, lados buenos y malos de la corte.  Sabemos el resto de la historia cuando enfrentó a Goliat, el gigante filisteo a quien después de herir con una piedra, le cortó la cabeza con su propia espada.  Esta victoria marcó otra etapa en la vida de David.  El valor, la humildad y la piedad de David, le ganaron el afecto desinteresado y fiel de Jonatán, hijo de Saúl.  Luego todos los vítores que se hicieron a David como vencedor suscitaron la envidia de Saúl, hasta convertirse en su enemigo (1 Samuel 18:6-9); Saúl comprendió que la predicción de Samuel acerca del traspaso del reino a uno mejor que él (1 Samuel 15:17-29) se iba a cumplir en David y trató de oponerse a ello. David sufrió por muchos años traición y persecución, hasta que finalmente, luego de la muerte de Saúl, es proclamado rey de la tribu de Judá (2 Samuel 2:1-10); más adelante, transcurridos unos siete años y medio, después de una intensa guerra civil entre las tribus, David es proclamado rey de todas las tribus (2 Samuel 5:1-5). Su reino llegó a los límites prometidos a Abraham (Génesis 15:18). David perseveró, se refugió y esperó en Dios, y el propósito se cumplió.

Pero, David cometió un gran pecado, además del adulterio con Betsabé, asesinando a Urías su esposo. Dios le juzgó por medio del profeta Natán, quien lo confrontó por eso, anunciándole que la espada no se apartaría de su casa; David se arrepintió y se humilló, pero aun así fue castigado de manera directa e indirecta; cosechó lo que su mal ejemplo sembró en su familia; el hijo que había tenido de la mujer de Urías murió; la lujuria y la sed de venganza se manifestaron dentro de su propio hogar (2 Samuel 12-13); su hijo Absalón se rebeló contra él, provocando una guerra civil (2 Samuel 15-18). David también mintió varias veces, pecó de orgullo en el caso de Nabal, cuando se exasperó por la negativa del hombre de darle alimento (1 Samuel 25), gracias a la sabia diplomacia de Abigail, esposa de Nabal, esa vez no cayó (1 Samuel 25:2-42). También pecó al ordenar un censo al pueblo (2 Samuel 24), aunque este censo fue permitido por Dios; la palabra dice que Dios estaba airado contra Israel “…y provocó a David contra ellos y dijo: “Ve, haz un censo de Israel y Judá” (2 Samuel 24:1).  Esto le pesó a David en su corazón, y lo confesó al SEÑOR como pecado, rogándole que le quitara esa iniquidad, porque había obrado muy neciamente (2 Samuel 24:10).

En general, David siempre fue fiel al SEÑOR en tal forma, que se le llama “el varón conforme al corazón de Jehová” (1 Samuel 13:14), y la misma Escritura declara que él hizo siempre lo recto a los ojos del SEÑOR, “salvo en lo tocante a Urías heteo” (1 Reyes 15:5).

Ahora bien, Imaginemos el corazón de David sobresaltado todo el tiempo, y él sabía que había sido ungido como rey de Israel; de seguro dudó en su alma y se preguntó muchas veces: ¿hasta cuándo SEÑOR?  ¿No nos hemos hecho nosotras esa misma pregunta muchas veces? Estamos conscientes de las promesas del Señor; estamos seguras del propósito para el que fuimos llamadas, pero, vemos que años van y vienen y no “despegamos”; nos sentimos atascadas, frustradas, nos invade la sensación de fracaso; es como que todas las puertas se han cerrado, no vemos cumplimiento alguno de la palabra dada en la cual esperamos. Acaso ¿estamos dispuestas a mantenernos enfocadas en Dios a pesar de no ver ningún resultado?  La fe y “estar seguras” no se oponen para nada.  El escritor de Hebreos dice: “La fe es la confianza de que en verdad sucederá lo que esperamos; es lo que nos da la certeza de las cosas que no podemos ver.” (Hebreos 11:1 NTV)

Debemos clamar como David: “Clamaré al Dios Altísimo, Al Dios que todo lo hace para mí” (Salmos 57:2), rogar a Dios que aumente nuestra fe porque “…Sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6).

David fue un pecador elegido por Dios, al igual que nosotras, pero a pesar de toda la  angustia, el rechazo, la soledad, el dolor, la humillación, persecución por años, la debilidad ocasional de su alma, no “compartimentó” su corazón; lo mantuvo unificado, íntegro, enfocado en Dios, en Sus promesas, porque sabía que fiel es el que le había llamado. Por esta razón está en la Galería de la Fe junto con otros muchos héroes: “¿Y qué más diré? Pues el tiempo me faltaría para contar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas;”

Clamemos al SEÑOR para que nuestro corazón se mantenga unificado, que nuestra fe sea integra como la de David. “Enséñame, oh SEÑOR, tu camino; andaré en tu verdad; unifica mi corazón para que tema tu nombre” (Salmos 86:11).

¡Bendiciones!

Maria del Carmen Tavarez

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