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24 de Noviembre de 2020

A pesar de pecar, ¡permanezcamos firmes en la fe!

“El SEÑOR, el SEÑOR, Dios compasivo y clemente,
lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad”
(Éxodo 34:6)

En el versículo anterior leemos como Dios es diferente a nosotros, Él es lento para la ira, mientras que nosotros somos rápidos para la ira; Él es compasivo, clemente y misericordioso, en cambio, nosotros cuando ofendemos al Señor o a nuestros semejantes queremos compasión y clemencia; sin embargo, cuando son otros los que nos ofenden, somos más justicieras que misericordiosas, ¿no es así?

Nosotras somos recipientes de la gracia del Señor; en Su bondad y misericordia Él nos ha perdonado y nos ha hecho Sus hijas adoptivas. Su amor nos ha dado esperanza y fe, y Él mismo es quien ha guardado y garantiza nuestra fe, hoy y hasta el día final de nuestras vidas. El deseo de toda creyente genuina es no pecar contra Dios en ningún momento, pues ama a Su Señor y no quiere contristar el Espíritu Santo que habita en ella; aun con este deseo genuino, pecamos, le fallamos al Señor, le fallamos a otras personas, incluso nos fallamos a nosotras mismas. La Palabra nos enseña que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Romanos 5:20). Ciertamente nuestro Señor es misericordioso, pero ¿Confundimos la misericordia del Señor con la licencia para pecar?

Hoy yo quiero que reflexionemos en la Palabra sobre la vida de uno de los personajes de la Biblia, y es Sansón. De niña recuerdo que cantaba una canción que decía: “Sansón era un muchacho así así así, tenía mucha fuerza así así así, y cuando los filisteos vinieron a pelear, y pum y pum y pum, pam pam Sansón los destruyó…” La canción me era cómica y siempre sonreía cuando la cantaba; también leí la historia ilustrada para niños de sus hazañas, y me parecía tan maravillosa la fuerza que Dios le había dado a Sansón, y ciertamente lo es, sólo que ya de adulta, leyendo no como una historia ilustrada para niños, sino directamente de la Biblia y con una mente más madura, puedo ver lo triste que es la historia de Sansón, y esto, producto del pecado. Damos gracias al Señor por el hecho de que, al pertenecer a Su reino, Él no nos deja como estamos; y Sansón, aunque pecó, tuvo arrepentimiento al final, e incluso está en la lista de los héroes de la fe, por la maravillosa gracia del Señor.

Hablemos más de Sansón, para poder entender un poco la naturaleza de su pecado. La Palabra nos dice que él era nazareo de nacimiento.  ¿Y qué significa esto? Significa que él era consagrado para Dios, apartado, dedicado a Dios y a Su servicio. El voto nazareo era un voto voluntario, hecho por un tiempo, pero para Sansón fue dado de por vida por Dios mismo. En Jueces 13:5, leemos que el ángel del SEÑOR se le apareció a la esposa de Manoa, que era estéril, y le dijo: “Pues he aquí, concebirás y darás a luz un hijo; no pasará navaja sobre su cabeza, porque el niño será nazareo para Dios desde el seno materno; y el comenzará a salvar a Israel de manos de los filisteos.”  Y además le da un mandato: “desde ahora no beberás vino ni licor, ni comerás cosa inmunda, porque el niño será nazareo para Dios desde el seno materno hasta el día de su muerte” (Jueces 13:7). En Números 6:1-8 se habla más detalladamente sobre el  voto del nazareo, y dice que no se acercará a persona muerta, y específicamente en el versículo 8 dice: “Todos los días de su nazareato él es santo al SEÑOR”; ya en el versículo 5, también menciona que sería santo, o sea,  éste era un voto especial ; no sabemos cómo pensaba Sansón, pero  por su manera de vivir y de actuar podemos deducir que valoró poco su llamado, y lamentablemente desaprovechó el potencial que Dios le dio, coqueteando con el pecado.

Como ya mencionamos, Sansón era un hombre sumamente fuerte físicamente, pero por su debilidad de carácter descuidó la fuerza más importante que él tenía, y esta era, su consagración al Señor como nazareo. Su debilidad por las mujeres de poca virtud, el enredarse en las cosas del mundo, su confianza en sí mismo y el no seguir los mandatos que ya el Señor le había ordenado desde antes de su nacimiento, contribuyeron mucho a descuidar su voto especial. La Palabra claramente dice: “No améis al mundo (el sistema del mundo) ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:15-17).  Aquí la Palabra nos enseña claramente que este mundo y sus deleites son temporales; todo esto se va a acabar un día, pero los hijos de Dios que hacen Su voluntad permanecerán para siempre. Lamentablemente, Sansón se dejó arrastrar por las pasiones de su carne y de sus ojos y por la arrogancia de su fuerza; en otras palabras, colocó sus deseos por encima de la voluntad de Dios, viviendo una vida de autocomplacencia y no de autodisciplina.

Todas nosotras tenemos tentaciones, en diferentes áreas, pero tentaciones al final. La tentación de Sansón era en el área de la inmoralidad sexual, él tenía debilidad por las mujeres de poca virtud, y esa debilidad lo llevó a relacionarse sentimentalmente con varias mujeres filisteas; no sólo eso, también lo llevó a olvidarse del pacto con Dios, de su voto de fidelidad al Señor. De esas relaciones que tuvo, el caso más notorio fue su relación con Dalila, una mujer que por su codicia fue contratada por los filisteos para engañarlo y para que él les revelara el secreto de su fuerza. Si leen jueces 16, verán el juego que tenían; ella presionándolo para que le revelara el secreto, y él, jugando un juego de mentiras, hasta que fue tanta la insistencia y la manipulación que lo   logró: él le descubrió su corazón y le dijo que nunca le habían cortado el cabello, que si se lo cortaban sería como cualquiera de los hombres.  Nosotras sabemos que al final la fuerza de él no estaba en su largo cabello sino en su consagración al Señor. Cuando Dalila se volvió más importante que Dios para él, su fuerza   le fue quitada.   Ella lo engañó y lo entregó a los filisteos.  Y yo sé que ustedes se harán la misma pregunta que yo: pero ¿cómo él no se daba cuenta que era un engaño?

Cuando quitamos nuestros ojos del Señor, nos desenfocamos; el pecado nos ciega y nos nubla el entendimiento.  El propósito o la misión que él tenía era salvar a Israel de los filisteos, pero evidentemente al abrirle su corazón a esta mujer filistea, él se olvidó de su propósito, o más bien del propósito del Señor para su vida. En Jueces 16:20, leemos uno de los versículos más tristes: “Ella (Dalila) entonces dijo: ¡Sansón, los filisteos se te echan encima! Y él despertó de su sueño, y dijo: Saldré como las otras veces y escaparé. Pero no sabía que el SEÑOR se había apartado de él.” ¡Wao! No puede haber nada más triste para un hijo de Dios: ¡Que Su Señor se aparte de él!  ¡Eso hace el pecado, apartarnos de Dios!  ¡Nuestro Señor es santo, Él no habita con el pecado!  Nosotras, o estamos con Dios o estamos con el pecado; no podemos estar con los dos al mismo tiempo.  Si decimos amar a Dios, pero seguimos en el pecado, estamos amando al pecado más que a Dios, y eso se conoce como idolatría.    Sansón pecó de presunción pensando que iba a escapar como las veces anteriores, pero no se había dado cuenta que las veces anteriores había escapado, no porque a Dios le estuviera agradando el juego que tenía, sino que por amor le estaba prolongando la misericordia y posponiendo el juicio.

En Hebreos 11:32-34, leemos: "¿Y qué más diré? Pues el tiempo me faltaría para contar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas; quienes por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia, obtuvieron promesas, cerraron bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada; siendo débiles, fueron hechos fuertes, se hicieron poderosos en la guerra, pusieron en fuga a ejércitos extranjeros." Aquí vemos una lista de hombres que han sido reconocidos por su fe en Dios, y Sansón está en esa lista.  Damos gloria a Dios por eso, porque vemos que, a pesar de su debilidad, Dios lo consideró un hombre de fe, y al final de Jueces 16:28, leemos que él le oró a Dios y el Señor le escuchó: “Sansón invocó al Señor y dijo: Señor Dios, te ruego que te acuerdes de mí, y te suplico que me des fuerzas solo esta vez, oh Dios, para vengarme ahora de los filisteos por mis dos ojos.” Sabemos que Dios nos dice en Su Palabra que no busquemos la venganza por nosotros mismos (Romanos 12:19), sin embargo, en este caso, el Señor estaba llevando juicio a los filisteos, y Sansón cumplió el propósito de liberar a los judíos de la opresión filistea; exterminó a muchos filisteos, pero esto también le costó la vida. Él estuvo dispuesto a dejar su propia vida; aunque fue un hombre de pasión, capaz de pecar por su misma pasión, también fue un héroe de la fe.

Amadas hermanas, no nos engañemos; cuando pecamos y nos arrepentimos, el Señor nos perdona, pero quedan las consecuencias por nuestro pecado. A veces nuestro pecado nos cuesta la vida, otras veces no, pero siempre hay consecuencias, y estas nos hieren no sólo a nosotras, sino a los padres, esposos (las que están casadas), los hijos, la familia de fe, la iglesia local y general, y lo más importante, contrista al Espíritu Santo que mora en nosotras. Nuestra carne y nuestro espíritu tienen una lucha, y esta lucha es real, pero recordemos que no somos deudoras de la carne si no del Espíritu, así que por el mismo Espíritu hagamos morir las obras de la carne, viviendo una vida de fe y de dependencia al Señor en todo.

Viendo la vida de Sansón, hay algunas lecciones que podemos aprender y que no deberíamos repetir:

1- La presunción es pecado; nos hace descansar en nuestras fuerzas y posibilidades (Jueces 16:20b).

2- Estamos llamados a cumplir el propósito de Dios en nuestras vidas, no nos debemos enredar en las cosas de este mundo (2 Timoteo 2:4).

3- Con la tentación no se discute ni se juega, simplemente se rechaza (Génesis 39:10-12).

4- Si hay algo que no debemos descuidar es nuestra consagración a Dios; nuestros anhelos (aunque sean legítimos), gustos, preferencias deben estar en un segundo plano (Salmos 37:4).

5- Nuestra desobediencia contribuye a que la comunidad no salva alabe a dioses falsos (Jueces 16: 23-24).

6- Debemos conocer cuáles son nuestras debilidades, y estar alertas; es más fácil que caiga una que se cree fuerte, que otra que sabe que es débil y puede caer, y por lo tanto, se cuida (1 Corintios 10:12).

7- Confiar en nosotras mismas es una necedad; debemos confiar en Dios de todo corazón y no apoyarnos en nuestra propia prudencia (Proverbios 3:5-7).

¡El Señor les bendiga! Es mi oración que el Señor nos ayude a permanecer firmes en la fe a pesar de pecar.

Luz Tavárez

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