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21 de Diciembre de 2020

¿Estamos dispuestas a arriesgarnos por el Señor, a pesar de la oposición que podamos enfrentar?

“¿Adónde me iré de tu Espíritu, o adónde huiré de tu presencia?”

(Salmos 139:7)

La historia del Éxodo inicia relatándonos los nombres y el número de los hebreos que llegaron a Egipto con Jacob, en el tiempo que José su hijo era su gobernador. Vinieron en busca de alimento, y se les concedió tierra fértil donde se asentaron. José muere, también sus hermanaos, y toda aquella generación. (Éxodo 1:1-6).  “pero los hijos de Israel fueron fecundos y aumentaron mucho, y se multiplicaron y llegaron a ser poderosos en gran manera, y la tierra se llenó de ellos. Y se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no había conocido a José” (Éxodo 1:7-8). El multiplicarse de esa manera fue visto como una amenaza para la Corona Egipcia. La primera medida que Faraón tomó para contrarrestar este crecimiento fue esclavizar el pueblo hebreo, para debilitarlos y atemorizarlos, pero solo causó que se fortalecieran aún más. Al ver que esto no funcionaba, intentó reducir el número de futuros guerreros, por temor a ser vencidos por ellos, y para esto ordenó a las parteras a dar muerte a los hijos varones de las hebreas en el momento del parto. Como medida más extrema, Faraón ordenó el sacrificio de estos varones recién nacidos, arrojándolos al río Nilo (Éxodo 1:9-16).

Aquí se inserta la historia del nacimiento de Moisés, en un tiempo de gran oposición. Si bien fue Moisés, el gran gestor de la liberación del pueblo hebreo, muchas veces olvidamos los actos de esas mujeres valientes dispuestas a arriesgarse, para ser fieles a su Dios.

Las parteras temieron a Dios, y no hicieron como les mandó Faraón, sino que preservaron la vida de muchos niños. Sifra y Fúa tuvieron la valentía de arriesgar sus propias vidas por obediencia al SEÑOR, y sin saberlo, cumplieron el propósito de Dios de salvar también a Moisés, su escogido para liberar a los judíos de la esclavitud egipcia. Su temor de Dios fue más fuerte que cualquier temor que pudiera infundirles el Faraón de Egipto (Éxodo 1:17).

 

“...Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”

(Hechos 5:29)

 

El respeto por la vida humana (no matarás) es más importante que el falso testimonio (mentirle a faraón), y por ende “Dios favoreció a las parteras; y el pueblo se multiplicó y llegó a ser muy poderoso. Y sucedió que, por haber las parteras temido a Dios, Él prosperó sus familias” (Éxodo 1:20-21).

La madre de Moisés, Jocabed, fue otra mujer que se arriesgó, escondiendo al bebé durante tres meses, para luego enviarlo dentro de una canasta por el Nilo, bajo la custodia de Miriam, su hermana. La princesa, hija del Faraón, quien descubre la canasta, tuvo compasión, y decide rescatar y criar a ese niño hebreo en el propio palacio, contradiciendo la ordenanza de Faraón. Miriam también se arriesgó cuando le sugiere a la princesa que una mujer hebrea nutra al pequeño hasta su destete, y así Moisés permaneció más tiempo en el entorno de su familia, pues fue su propia madre quien lo cuidó hasta que se cumplió el tiempo de ir a vivir en casa de Faraón. (Éxodo 2:1-10).

Dios en Su fidelidad a Su pueblo, usó la valentía de estas mujeres: las parteras, Jocabed la madre Moisés y Miriam, para protegerlo y llevarlo a la casa de Faraón, dando inicio al plan de rescate y liberación de su pueblo de Egipto. Es a través de este pueblo que nuestro Mesías habría de descender.

Estos eventos demuestran una vez más que Dios es Soberano, que está en control de lo que acontece y ha de acontecer conforme a sus propósitos; Él los dirige, y no hay nada oculto para Él; todo está claro ante sus ojos; lo sabe todo, lo conoce todo; así lo entendió el salmista cuando dijo: “¿Adónde me iré de tu Espíritu, o adónde huiré de tu presencia?” (Salmos 139:7)

El salmista nos ilustra sobre la impresionante presencia de Dios. David escribe este salmo en un tiempo de gran oposición y aflicción. El comprendía que aun si quisiera huir o esconderse de Dios sería imposible hacerlo. No hay límites que Dios no pueda pasar. No hay ningún lugar al que podamos ir, en el que estemos ocultos de los ojos de Dios.

Dios es omnisciente

Él conoce todo de nuestras vidas. Él mismo nos formó con sus manos y sabiduría. Nos conoció desde antes de la creación del mundo. Sabe muy bien nuestra condición humana, que somos polvo y ceniza. Conoce nuestro corazón, lo escudriña, lo examina. Él entiende todos nuestros pensamientos. Tenemos al Espíritu Santo que nos sustenta en nuestra debilidad, que nos ayuda a expresar nuestros pensamientos en oración a Dios el Padre (Romanos 8:26). Él también lo ve todo. No hay nada que escape de su mirada. Sus ojos rodean toda la tierra y miran a cada uno de sus hijos. Él está atento a cada paso que damos, y Él mismo los sustenta.

Dios es Omnipresente

Él Está en todos lados. Sencillamente, no hay lugar donde nos podamos esconder de Su presencia. Así como Él ve todo de nosotras, al mismo tiempo está siempre junto a nosotras. Su bondad y amor inagotable nos persiguen cada día (Salmos 23:6). No hay manera en que podamos escapar de su presencia, no es posible. Aun estando perdidas en nuestros delitos y pecados, Él nos encontró, nos perdonó y nos trajo de vuelta para estar junto a ÉL por siempre.

Entonces, Si Dios conoce todo de nosotras y si Él está siempre presente en cada momento de nuestras vidas, preguntémonos: ¿Estamos dispuestas a arriesgarnos a pesar de la oposición que podamos afrontar? Si creemos estas cosas sobre Dios, no podemos dudar que Él trazará el camino correcto y de bien para nuestros pies. Si parece que hay gran oposición y el camino se ve difícil e incierto, Dios nunca nos abandonará, nos guiará su mano, nos sostendrá su fuerza, y estará con nosotras todos los días hasta el final. (Isaías 41:10, 13; Deuteronomio 31:6; Josué 1:5).

Recordemos el ejemplo dado por estas mujeres, que decidieron arriesgarse a pesar de la oposición para ser fieles a Dios. Moisés no debía haber nacido ni crecido, pero la providencia de Dios le acompañó a través de mujeres excepcionales y valientes. No dejemos que el temor, nos haga perder la oportunidad de seguir a Dios, y, sobre todo, de ser parte de su perfecto plan (Isaías 44:8; 1 Pedro 3:13-17).

 

“Y no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; más bien temed a aquel que puede hacer perecer tanto el alma como el cuerpo en el infierno

(Mateo 10:28)

 

 

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”

(2 Timoteo 1:7)

 

 

 

Odrys Queliz

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