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22 de Febrero de 2017

Pastoreadas por Jesús // Reflexión

“Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas” (Juan 10:11).

Sé que muchas hemos atravesado el famoso valle de sombra de muerte (Sal. 23:4), que nos ha empujado a clamar por auxilio; sé que todas hemos sufrido hambre y escasez, algunas en el plano físico y todas en el ámbito espiritual. Sé que todas hemos estado faltas de sabiduría y dirección en la vida. Sé que la humanidad de todos los tiempos ha padecido la horrenda condición de sufrimiento que provoca el pecado y la separación de la gracia de Dios, producto de Su ira pesando sobre ella (Jn. 3:36). Es por esto que el Padre envió a Su Hijo a este mundo, quien nos dice: “Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por las ovejas” (Juan 10:11).

 

Dios no está ajeno a la realidad del ser humano, Él está tan pendiente que por Su gran misericordia y amor nos ha provisto al Buen Pastor. Jesucristo, Su Hijo, es el único que tiene el poder de pastorearnos de manera perfecta. Nadie más que Jesús. Ni los profetas del Antiguo Pacto ni los pastores/ancianos del presente han tenido la capacidad de cuidar a cada una de las ovejas del Padre de manera eficaz y personalizada, solo Cristo. Él es el Príncipe de los pastores (1 Pe 5:4).

 

Jesús es el Buen Pastor. Tomando en cuenta que, como dice la RAE, pastor es la persona que guarda, guía y apacienta el ganado, especialmente el de ovejas. Jesús es el Buen Pastor, el buen pastor da su vida por las ovejas (V.11). El Pastor murió y resucitó para que las ovejas vivamos en Su nombre. “Por eso el Padre me ama, porque yo doy mi vida para tomarla de nuevo” (Juan 10:17). El Mesías ha hecho todo esto posible en la cruz donde se sacrificó, tomando nuestro lugar; nos liberó de la condenación del pecado, nos guió de regreso al Padre (1Pe2: 21-25; Jn14:6), y nos alimenta con Su dulce Palabra (Sal. 19:10). 

 

Como hemos visto, nuestro Salvador se dio a Sí mismo pastoreándonos, y nosotras, ¿qué haremos para sujetarnos amorosamente a Su pastoreo? Ya que somos pastoreadas por Jesús, ¿qué responsabilidades tenemos como ovejas de Su prado?

 

Descansar en Su cuidado pastoral (Sal. 23:1-2) y renunciar a pretender controlarlo todo, pues como bien dice un pastor muy amado, ningún ser humano tiene el título de “Presidente General del Universo”. Creamos que Él proveerá para las necesidades cotidianas: alimento, vestido, medicina, estudios… y si no lo hace es porque para nuestra alma es más beneficioso carecer de un bien material con tal de aprender a abrazar los bienes espirituales y crecer en piedad.

 

Escuchar, obedecer y seguir al Pastor (Jn.10:3-4, 27-28; 14: 23). Es triste que muchas veces actuamos como si no fuéramos Sus ovejas al ignorar Sus mandamientos y desobedecer Su Escritura. Obediencia NO es cantar los domingos “en todo tiempo yo te alabaré” y quejarnos al salir del culto de qué malo nos salió el aguacate que compramos para el almuerzo. Obedecer NO es decir que estamos sometidas al Señor mientras irrespetamos a nuestros esposos. Seguir al Pastor implica hacer todo para Él y honrarle de lunes a lunes. ¡Obedezcamos mis queridas!

 

Clamemos por Su dirección y sabiduría (Sal. 23:3). Reconozcamos segundo tras segundo que dependemos de nuestro amoroso Pastor y que Él sabe más que nosotras, ¡y por mucho! Oremos antes de salir, antes de comprar, antes de disciplinar a nuestros hijos, antes de recibir una visita de una mujer más joven, antes de intimar con nuestros esposos, antes de iniciar una relación de noviazgo, antes de escoger una carrera/trabajo, antes de todo. Pero también durante y después. ¡Dependemos del omnisciente Dios!

 

Finalmente, me despido con el glorioso Salmo 23 en la Nueva Traducción Viviente (NTV):

El Señor es mi pastor;
    tengo todo lo que necesito.
En verdes prados me deja descansar;
    me conduce junto a arroyos tranquilos.
    Él renueva mis fuerzas.
Me guía por sendas correctas,
    y así da honra a su nombre.
Aun cuando yo pase
    por el valle más oscuro,
no temeré,
    porque tú estás a mi lado.
Tu vara y tu cayado
    me protegen y me confortan.
Me preparas un banquete
    en presencia de mis enemigos.
Me honras ungiendo mi cabeza con aceite.
    Mi copa se desborda de bendiciones.
Ciertamente tu bondad y tu amor inagotable me seguirán
    todos los días de mi vida,
y en la casa del Señor viviré
    por siempre.

 

Escrito por Masiel Meyer.

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