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08 de Marzo de 2017

JESÚS, NUESTRO SUMO SACERDOTE, FUENTE DE GRACIA, MISERICORDIA Y SOCORRO OPORTUNO.  

 JESÚS, NUESTRO SUMO SACERDOTE, FUENTE DE GRACIA, MISERICORDIA Y SOCORRO OPORTUNO.
“Teniendo, pues, un Gran Sumo Sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe.” 
Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que  recibamos Misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna”  (Hebreos 4: 14, 16). 


En la historia del pueblo judío existía un profeta, que hablaba al pueblo de parte de Dios; un Sacerdote, que intercedía a Dios por el pueblo; y un rey, que gobernaba e impartía justicia. Cristo hecho hombre cumplió perfectamente estas tres funciones. 
La Epístola a los Hebreos  busca dejar por sentado la supremacía y superioridad de Cristo sobre los ángeles, sobre Moisés, sobre el sacerdocio levítico, incluyendo a Aarón y el sacrificio levítico. Jesús como gran Sumo  Sacerdote, por medio de su propio sacrificio  y su sangre derramada, traspasó los cielos, y nos abrió el camino para entrar al  Lugar Santísimo y ser socorridas por Él (Hebreos 1-10: 22). 

Quizás una de las funciones más importantes para aquilatar la importancia de la venida de Cristo, y su obra a nuestro favor, es la de sumo sacerdote. La Epístola a los Hebreos explica ampliamente la realidad e importancia de este sacerdocio. Así que estaremos abundando en muchos de sus versículos.

¿Por qué? Bueno, antes de la llegada de Jesús, y debido a los pecados del hombre desde Adán, el ser humano no podía estar en paz con Dios por sí mismo. No había forma alguna de calmar la ira santa y justa de un Dios sin pecado frente a un pueblo altamente pecaminoso. Dios lo sabía, y Él mismo instauró un sistema de sacrificios que apuntaba a la solución mayor y suprema: Cristo.
Dios ordenó a Moisés cómo debían hacerse los sacrificios; dónde y quiénes habrían de realizarlos. Si vamos al libro de Levítico, podremos apreciar la cantidad de detalles y especificaciones que Dios da para estos sacrificios, mediante los cuales Él promete pasar por alto las transgresiones del pueblo. Te invito a pasar tiempo en estos libros en paralelo : Levítico y Hebreos. En ellos vemos que es Dios quién pone las reglas del juego, pues es el único capaz de definir cómo puede ser pasado por alto el pecado. Él es el ofendido, y el Él es el JUEZ.

El pueblo de Israel debía realizar sacrificios y ofrendas quemadas por los pecados cometidos diariamente. Cada pecado tenía un tipo de sacrificio ordenado que debía ser llevado a cabo por el sacerdote en representación del pecador, quien se presentaba arrepentido con su ofrenda ante él. Sin embargo, el pueblo era consciente de que estas ofrendas eran insuficientes para sus pecados, pues debían vivir en constante ofrecimiento, de acuerdo a la abundancia y continuidad de su maldad. Esto les recordaba su realidad espiritual de impureza que contrastaba  con la santidad inmutable de Dios. 
 Es importante destacar que estos sacrificios eran llevados a cabo en el atrio del tabernáculo, y posteriormente en el templo, pero  el sacerdote podía entrar solamente hasta el Lugar Santo para cumplir  los oficios del culto (Hebreos 9:6) El lugar santísimo, donde moraba la presencia de Dios, y el arca del pacto con la ley, no podía ser visitado a causa de la santidad extrema que portaba ese lugar: La santidad misma del Dios que moraba allí.

Sólo una vez al año, Dios permitía, que el designado SUMO SACERDOTE, visitara aquel lugar para hacer expiación por el pecado de todos. 
Esta ocasión, constituía el día más importante para el pueblo de Israel: el día de la Expiación, celebrado en el día 10 del mes 7mo de cada año. El sumo sacerdote tenía que pasar por una semana de purificación personal, y luego en el día designado llegar al templo con su vestuario sacerdotal para después despojarse del mismo a fin de lavarse, quedándose con su ropaje interior blanco de lino, en señal de purificación, y ofrecer sacrificios. Primero por él mismo y su familia, y luego por el pueblo. Sólo entonces le era permitida la entrada al lugar santísimo con la sangre de los sacrificios ofrecidos. 
 
Debía ser hallado sin pecado, pues podía morir de no ser así. De salir con vida de allí, el sacerdote volvía a vestirse con su ropaje sacerdotal, mostrando así la la concesión del perdón de pecados para él y al pueblo, por parte de Dios. (Levítico 16:29-33 / Hebreos 9:1-8) Esto era un recordatorio de que el pecado separaba al pueblo de la presencia del Dios tres veces Santo. Quizá hasta este punto te estés cuestionando por qué si empezamos hablando de Cristo hemos hablado tanto del pueblo de Israel y el sistema de sacrificios instituido en el Antiguo Testamento, y la razón es porque todo el Antiguo Testamento, apuntaba a Cristo; Como una flecha lumínica que no puedes dejar de ver.
 
Para ellos no era tan fácil de visualizar como lo es para nosotras hoy, puesto a que nosotras tenemos la Biblia completa, y ellos apenas podían ver sombra de lo que habría de venir. Debemos dar gracias a Dios por el privilegio de tener toda la historia, y un Espíritu Santo dentro de nosotros que nos lleva a toda verdad. 
 
En el NT, Cristo es afirmado como el sumo Sacerdote del nuevo pacto que es efectuado en su sangre. Él cumplió con todos los requisitos presentados en el A.T. para el sacerdocio. Desde el principio, el sumo sacerdote no podía instituirse a sí mismo, sino que era instituido por Dios. Y así mismo Cristo fue confirmado por el Padre como sumo sacerdote. (Heb. 5). No un sacerdote más de la descendencia de Aaron, sino uno supremo, que no tendría predecesor. 

“Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido oraciones y súplicas con gran clamor y lágrimas al que  podía librarle de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente;  y aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció;  y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen, siendo constituido por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec” (Hebreos 5:7-10).
En ese texto vemos que Cristo, Dios hecho hombre, padeció, y su sufrimiento fue a causa de su obediencia, pues sabía el bien mayor que traería con ella. Ese bien no era para sí mismo, sino que era a favor nuestro. Cristo pensaba en nosotras cuando decidió obedecer al Padre. Un poco más atrás, en la carta a los Hebreos encontramos que fue semejante a nosotros a fin de entendernos y tener compasión de nosotros.

¿No es esta una noticia que nos infla el corazón?
 
“Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo.  Pues por cuanto El mismo fue tentado en el sufrimiento, es poderoso para socorrer a los que son tentados.” 
(Hebreos 2:17-18).
 
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado”  (Hebreos 4:15).
 Cristo fue el supremo sumo sacerdote, y  su sacrificio fue sin igual, pues él no tenía pecado. No debía ofrecer sacrificio por él mismo, y sin embargo, se hizo pecado, ofreciéndose a sí mismo como la ofrenda a sacrificar, el cordero de Dios. . Sumo sacerdote y ofrenda de paz al mismo tiempo; Nuestro Señor Jesucristo instauró un nuevo pacto imposible de superar. Él reveló el camino al lugar santísimo (a la presencia del Dios santo) que hasta su llegada había estado escondido (Hebreos 9:8), y este camino fue Él mismo (Juan 14:6).
 
“Porque convenía que tuviéramos tal sumo sacerdote: santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y exaltado más allá de los cielos,  que no necesita, como aquellos sumos sacerdotes, ofrecer sacrificios diariamente, primero por sus propios pecados y después por los pecados del pueblo; porque esto lo hizo una vez para siempre, cuando se ofreció a sí mismo”  (Hebreos 7:26-28) .
Por esta razón es el perfecto mediador, quien se ofreció a sí mismo, una vez y para siempre, como sacrificio por el pecado, y abrió un camino nuevo y vivo que nos lleva a la presencia de Dios. Un camino que requirió un sólo y suficiente sacrificio, UNA VEZ Y PARA SIEMPRE. Podemos ver cuántas veces, el autor a los Hebreos nos lo recuerda. 

Ya no más sangre de animales, ya no más sacrificios expiatorios.
Ya no más incertidumbre acerca del perdón de nuestros pecados.
Cristo llevaría nuestros pecados UNA VEZ Y PARA SIEMPRE.
UNA SEGURIDAD INSUPERABLE.
UNA OBRA EXTRAORDINARIA.

“Pero cuando Cristo apareció como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos, es decir, no de esta creación, y no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de su propia sangre, entró al Lugar Santísimo una vez para siempre, habiendo obtenido redención eterna”   (Hebreos 9:11-12).
 
No sé  qué  puede provocar todo esto en ti, pero a mí me llena de gratitud y admiración al  palpar la muestra de amor y fidelidad de nuestro Dios, quien recuerda de qué estamos hechos, y quien conoce nuestras necesidades, debilidades e incapacidades, al regalarnos en Jesús, un sumo sacerdote sin precedente y sin sucesor.  Uno que nos da lo que tanto necesitábamos, un pase de entrada al Lugar Santísimo. Una relación directa con nuestro Padre celestial. Una ofrenda de paz por siempre y para siempre.

Querida hermana, Dios nos extiende una invitación en Cristo: que nos acerquemos con confianza ante Su trono, para que alcancemos misericordia y gracia para el oportuno socorro (Heb. 4: 16). Dios mismo nos hace la invitación al Lugar Santísimo. HOY PODEMOS ENTRAR.


“Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, por un camino nuevo y vivo que El inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, su carne, y puesto que tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura. Mantengamos firme la profesión de nuestra esperanza sin vacilar, porque fiel es el que prometió…”  (Hebreos 10:19-23).
 
Escrito por  Karenny Güílamo.
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