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18 de Abril de 2017

Gratitud que conduce a la obediencia

Por  Ysabel Andrickson

"Con rectitud de corazón te daré gracias, al aprender tus justos juicios. Tus estatutos guardaré; no me dejes en completo desamparo." (Salmo 119:7-8)

Estos versículos nos permiten identificar dos consecuencias inmediatas que deben resultar de exponernos a la enseñanza de Su Palabra:

  1. Gratitud que brote de nuestro corazón en alabanza luego de haber conocido más de Su Persona, Su carácter, Sus obras, Su maravilloso plan de redención como la única solución a nuestro mayor mal: el pecado que mora en nosotras.

"Las Escrituras inducen al cántico, a la acción de gracias, al regocijo y a la alabanza." (John McArthur).

Y para que así ocurra se requiere un corazón humilde que reconozca su condición y profunda necesidad de perdón, salvación, redención, justificación. Un corazón lleno de justicia propia, de orgullo y de autosuficiencia nunca probará tal deleite.

  1. Esa gratitud debe expresarse en rectitud de corazón, o como dice una de las versiones de la Biblia “viviendo como debo hacerlo” (NTV); o en otra “seré obediente a tus mandatos” (TLA). En una palabra, obediencia.  Una obediencia que es la expresión externa de la gratitud en el interior. En Santiago 1:22 se nos advierte “No solo escuchen la palabra de Dios; tienen que ponerla en práctica. De lo contrario, solamente se engañan a sí mismos” (NTV). 

Jesús ha prometido mostrarse a quienes le obedecen (Jn. 14:21) y en Su presencia hay plenitud de gozo (Sal. 16).

Luego de alabar al Señor en gratitud y en obediencia, en el versículo siguiente el salmista reitera su voluntad de obedecer lo ordenado por Dios, pero al mismo tiempo declara su insuficiencia para lograrlo, su incapacidad para obedecer a Dios en sus propias fuerzas y clama por ayuda divina ¡no me dejes en completo desamparo! es un acto de humildad y entendimiento de su dependencia de la gracia de Dios.  

En la versión Nueva Traducción Viviente esa petición se traduce como ¡por favor, no te des por vencido conmigo! ¿Notas lo débil y necesitado de la intervención divina por parte del salmista?  Aunque no tengamos esa sensibilidad de nuestra bancarrota espiritual, ésa es nuestra amarga realidad que se vuelve dulcísima cuando con humildad elevamos ese mismo clamor y descansamos en que “Aquel que comenzó en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6) y “Damos gracias a Dios por Jesucristo Señor nuestro que nos ha libertado de este cuerpo de muerte” (paráfrasis de Romanos 7:24).

Pidamos a Dios por un corazón agradecido y obediente ante Su Palabra.

 

Ysabel Andrickson

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