IBI top movil

 

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Es médico de profesión y pastor de vocación, con una maestría en Teología del Southern Baptist School for Biblical Studies. Desde el año 1998 ha sido pastor titular de la Iglesia Bautista Internacional de Santo Domingo, República Dominicana, y en la actualidad dirige su cuerpo de pastores. Adicionalmente es fundador y presidente de Ministerios Integridad Sabiduría®, una organización sin fines de lucro que tiene la visión de contribuir a cambiar la sociedad de nuestros días sembrando la Palabra de Dios por medio de recursos audiovisuales y literarios.

El Dr. Núñez es presidente y fundador del Instituto Integridad y Sabiduría, donde también es profesor de diferentes materias que componen el programa de estudios. También dirige y participa en la conducción del programa televisivo semanal Respuestas, Verdades absolutas para un mundo relativo®. Está casado con la Dra. Catherine Scheraldi.

 

24 de Mayo de 2020

Cristo, el Cordero de Dios

Este domingo, el pastor Miguel Núñez inició la serie “Él es, el Cristo que predicamos” con el sermón “Cristo, el Cordero de Dios” basado en Juan 1:29-34.

Este domingo, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “Cristo, ¡anunciado, llegado y esperado!” como continuación de la serie “Volveos a Mí”. Este sermón fue basado en dos pasajes: Malaquías 4 & Mateo 17:1-13.

El tema central de todo el libro de Malaquías es una apelación poderosa y apasionada para que el pueblo se arrepienta de su pecado y regrese a Dios. Es una súplica acompañada de una rica promesa si respondían y de una severa advertencia si se negaban.

El profeta Malaquías cierra el Antiguo Testamento anticipando la primera venida de Cristo y apuntando a la segunda venida de Nuestro Señor. De ahí el título del mensaje: Cristo, ¡anunciado, llegado y esperado!

El pueblo acusa o refuta a Dios unas seis veces a lo largo de este libro como vimos. La última acusación del pueblo contra su Dios en Malaquías 3:14-15: “Ustedes han dicho: “En vano es servir a Dios. ¿Qué provecho hay en que guardemos Sus ordenanzas y en que andemos de duelo delante del Señor de los ejércitos?”

Parte de nuestro problema como seres humanos caídos con una mente limitada es que tendemos a concluir a mitad de la historia. En el tiempo de Malaquías, el liderazgo del pueblo y el pueblo mismo concluyó que servir a Dios no valía la pena; que no había ningún provecho en guardan Sus mandamientos. Si hubiésemos juzgado la vida de Cristo por lo que pasó el viernes en la tarde, en la noche de ese día hubiésemos estado concluyendo de la misma manera: que Jesús sirvió a Su Padre en vano. Así concluimos nosotros muchas veces en medio de nuestras propias historias porque no podemos ver los propósitos de Dios en medio del dolor que experimentamos.

Luego, en Malaquías 3:15b de el pueblo agregó, “No solo prosperan los que hacen el mal, sino que también ponen a prueba a Dios y escapan sin ser castigados.” Estos versículos son notables porque en Malaquías 4, Dios se propone refutar tales acusaciones y mostrar lo que el futuro traerá: un juicio severo para los incrédulos que se han rebelado contra Dios y enormes bendiciones para aquellos que le han creído a Dios. Esa es la ira que Dios descargó sobre los hombros de Su Hijo para que no caiga sobre los tuyos; la ira que angustió a la Segunda Persona de la Trinidad en la cruz hasta clamar “Dios mío, Dios mío porqué me has desamparado.”

El que Dios haya sido paciente y retenido Su juicio no implica que Dios haya sido insensible a la maldad de los hombres. Más bien, Dios ha sido misericordioso, no deseando que nadie se pierda y postergando Su juicio mientras se sigue predicando un mensaje de arrepentimiento para que muchos que hoy están bajo condenación pudieran estar bajo salvación mañana.

Este domingo, el pastor Miguel Núñez continuó la serie “Volveos a Mí” predicando el sermón “Cristo, la ofrenda que puso fin a las malas nuevas” basado en Malaquías 3:6-18.

En el día de hoy estaremos leyendo una gran parte del final de la narración del profeta Malaquías. Como es típico de los libros proféticos, todos ellos contienen un doble mensaje. Hay una primera parte que consiste en denuncias de parte de Dios con relación al pecado del pueblo. Luego hay una segunda parte donde Dios trae consolación y esperanza para aquellos que escuchan su llamado al arrepentimiento.

Podemos observar el mismo patrón en la narración que hemos estado siguiendo en las últimas semanas, escrita por el último profeta del Antiguo Testamento, Malaquías. Como hemos mencionado en mensajes anteriores, el pueblo de Dios había llegado a un grado de deterioro tal que supo contradecir a Dios en múltiples ocasiones. En el texto de hoy, específcamente en Malaquías 3:8, Dios dice:
“vosotros me estáis robando” en los diezmos y las ofrendas. Dios continúa diciendo en el versículo 13, “Vuestras palabras han sido duras contra mi.”

Este domingo, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “Un Dios fiel a un pueblo infiel” basado en Malaquías 2:17-3:12.

19 de Abril de 2020

Una adoración en crisis

Este domingo, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “Una adoración en crisis” basado en Malaquías 1-2.

Este domingo de resurrección, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “Resurrección en tiempo de confusión” basado en Lucas 24:14-35.

05 de Abril de 2020

Fe en tiempo de confusión

Este domingo, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “Fe en tiempo de confusión” basado en Habacuc 1-3.

29 de Marzo de 2020

Volveos a Mí

Este domingo, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “Volveos a Mí” basado en Jeremías 3:12-15.

Nos encontramos en medio de una pandemia producida por un virus conocido como SARS-Cov-2, que produce una enfermedad llamada COVID-19. Es un tiempo complicado a nivel mundial y eso no exenta a la iglesia de Dios. Ray Ortlund, el pastor de Immanuel Church en Nashville, Tennessee, publicó en su cuenta de Twitter hace unos días estas palabras: “Si los pastores y nuestras iglesias salimos de esto solo para regresar a la ‘normalidad’ aliviados, pero sin arrepentimiento, sin oración, sin valentía, habremos desperdiciado nuestro momento histórico y ¿qué más tendrá que hacer el Señor para sacudirnos y despertarnos?”

Sin lugar a duda, las enfermedades son el fruto de vivir en un planeta caído. Sin embargo, cuando algo se convierte en un problema de alcance mundial que paraliza no solamente el funcionamiento de las naciones, sino también todas las actividades que Dios nos ha ordenado hacer como iglesia, no podemos dejar que la oportunidad pase sin reflexionar. Pensemos, ¿cual podría ser el mensaje de Dios quiere darle a Su pueblo en un tiempo como éste?

Analicemos la situación por un momento. Dios nos ordenó congregarnos en Hebreos 10:25, pero no podemos (ni debemos hacerlo) en las circunstancias actuales. Cristo nos pidió que celebráramos la Santa Cena en memoria de Él con cierta regularidad (Lucas 22:19 y 1 Corintios 11:24-25), pero no podemos hacerlo… no sería sabio. El Señor nos ordenó que hiciésemos discípulos y que los bautizáramos en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo (Mateo 28), pero estamos impedidos y por buena razón. Dios desea que lo adoremos corporativamente (Efesios 5:19), pero ahora mismo, las condiciones actuales no lo permiten.

A la luz de esta situación, debemos entender que la Iglesia no está de vacaciones. De hecho, esto es lo más cerca que podemos imaginar de como se ve una iglesia bajo disciplina. La Palabra de Dios está saliendo vía internet porque Su palabra nunca será encadenada, pero lo que está saliendo es solo un sermón, no es una vida de iglesia. Como Dios es quien controla todos los eventos de Su universo, debemos concluir que es Dios quien ha sometido Su iglesia a estas condiciones. Por eso he decidido predicar sobre Jeremías 3, para poder hablar de la necesidad que el pueblo de Dios tiene de enmendar sus caminos antes de que sea demasiado tarde.

Iniciemos con un poco de historia para situarnos en el contexto del pasaje. Israel se había dividido en dos después de la muerte de Salomón: el reino del Norte y el reino del Sur. El reino del sur permaneció fiel al hijo de Salomón pero el reino del Norte se rebeló contra él. El reino del Norte estaba constituido por 10 tribus y fue llamado Israel o Efraín, mientras el reino del Sur estaba formado por dos tribus y fue llamado Judá.

Los habitantes de Israel fueron llevados al exilio como esclavos por el imperio de Asiria. Dios, entonces advirtió a Judá que, si no se arrepentía de sus inmoralidades sexuales y de su idolatría, correría la misma suerte que su hermana en el Norte. Aún así, Judá no le hizo caso a Dios y Él les envió al exilio también, pero esta vez a Babilonia.

El pecado principal de ambos reinos fue la idolatría acompañada de inmoralidad sexual. Incluso, Dios llamó a la idolatría de los judíos “adulterio”, ya que Él era su esposo y comparó la idolatría de Israel con el acto sexual de una prostituta (Ezequiel 16:25). El pueblo tenía altares en cada montaña y debajo de cada árbol; a cada acto de adoración, Dios llamó fornicación. Es decir, lo único con lo cual Dios pudo comparar la idolatría fue con el pecado de fornicación y de adulterio. Jeremías 3:2 (NVI) dice, “Fíjate bien en esas lomas estériles: ¡Dónde no se han acostado contigo!” La palabra traducida como “acostado” en el original implica violencia sexual. Philip Ryken dice en su comentario sobre Jeremías que es como si Dios dijera: “¡¿Dónde es que no te han violado?!” El problema era que los judíos querían pasar un buen tiempo, adorando dioses ajenos, pero en los ojos de Dios ese “buen tiempo” es, en realidad, una violación espiritual de Su esposa, Israel.

Jeremías 3:2 continúa diciendo, “Como un beduino en el desierto, te sentabas junto al camino, a la espera de tus amantes. Has contaminado la tierra con tus infames prostituciones.” Así es como la iglesia luce cuando coquetea con el mundo; así es como el creyente luce cuando habla en nombre de Dios, pero vive en la forma del mundo.Y nosotros, ¿cómo lucimos? Como una prostituta en la calle que espera por un cliente. Vivimos imaginando nuevas formas de pecar sin ser descubiertos, como si importara que el hombre me descubra en mi pecado… ¡lo que importa es que Dios ve mi pecado!

Y en el Jeremías 3:4-5, Dios vuelve y habla y dice, “¿No acabas de llamarme: «Padre mío, tú eres el amigo de mi juventud», pensando: «¿Guardará rencor para siempre? ¿Estará indignado hasta el fin?». He aquí, así has hablado, pero has hecho lo malo, y has hecho tu voluntad.” En otras palabras, “tú hablas de una forma, pero te comportas de otra.” Así lucimos nosotros cuando le oramos y cantamos a Dios y le llamamos “buen padre” pero luego hacemos lo que deseamos de día y de noche.

Judá dijo estar apenada y arrepentida, pero no era verdad (Jeremías 3:6-10). Su arrepentimiento fue solo de palabras, pero nunca de hechos. Así es el cristiano que le pide perdón a Dios por sus pecados y le dice que se arrepiente, pero al día o semana siguiente, vuelve hacer la misma cosa. Dios dice que ese arrepentimiento es falso y, por tanto, el perdón no lo va a conceder.

Pablo nos dice que hay dos formas de arrepentirnos: una real y conforme a Dios, y otra falsa y conforme al mundo (2 Corintios 7:8-11). Judá, el reino del Sur, solo fingió haberse arrepentido, como lo hacen muchos de los hijos de Dios, mientras siguen sus prácticas ocultas. Tanto el reino de Israel como el reino de Judá, se apartaron de Dios, abandonaron la fuente de agua viva y cavaron para sí cisternas agrietadas que no retienen agua.

Cuando el reino del Norte se fue al exilio, Jeremías 3:8 dice que Dios le dio certificado de divorcio. La iglesia de hoy es la novia de Cristo, pero lamentablemente, esa iglesia tiene muchos amantes. Esa iglesia no construye ídolos de piedra, de oro y de plata, y no los coloca en un altar porque es una iglesia más “sofisticada”. Pero fabricamos ídolos de orgullo, nombre, dinero, entretenimiento, inmoralidad sexual, etc. y los colocamos en el altar de nuestro corazón.

Si Jeremías viviera en este tiempo, él comenzaría por acusar a la iglesia y no al mundo que está su alrededor. Acusamos al mundo de hacer las cosas que nosotros practicamos (Romanos 2:1)

Dios ha usado la pandemia actual para cerrar muchos de los templos de adoración de hoy en día:

- los templos de adoración al cuerpo llamados gimnasios,

- los templos de adoración al entretenimiento y a la comida,

- los templos dedicados a la embriagues,

- los templos de adoración llamados salones de belleza, y

- los templos llamados casinos.

Todo lo dicho hasta aquí es el trasfondo del texto de Jeremías 3:12-15. Ahora, Dios llama a Jeremías a profetizar al reino del Norte y a llamarles a que regresen a Jehová, contra quien habían cometido todo tipo de iniquidad.  En el texto podemos encontrar:

1. un llamado a regresar a Él o un arrepentimiento,

2. el carácter benevolente de Dios como la base para el arrepentimiento,

3. la condición para el perdón de Dios, y

4. una promesa para el pueblo arrepentido.

El llamado al arrepentimiento (Jeremías 3:12a)

Jeremías, lloraba por la condición espiritual del pueblo que nunca quiso arrepentirse. El pueblo se había apartado mucho, pero nunca se percató de cuan lejos estaba. A través del profeta Jeremías, Dios llama a Su pueblo en el Antiguo Testamento a regresar a Él.

La palabra regresar en sus diferentes formas aparece no menos de 18 veces en el capítulo tres de Jeremías y unas 90 veces en todo el libro de Jeremías. Eso nos habla de cuán poco respondió el pueblo al llamado de Dios de regresar a Él. A la vez, también nos habla del gran deseo que Dios tiene de que Su pueblo no se aleje de Su presencia donde se perdería de Sus bendiciones y estaría sufriendo las consecuencias de su propio accionar.

Mark J Boda dice en su libro “Return to Me” que el arrepentirse en Jeremías consiste en dos fases: primero, el dejar a otros dioses y conductas pecaminosas y, segundo, volverse a Jehová y a la rectitud moral. El problema es que muchas veces el cristiano quiere acercarse a Dios sin abandonar sus estilos de vida contrarios a la ley de Dios. Es como el esposo que quiere tener una esposa y una amante a la misma vez.

Alinearnos con Dios implica el ser de una misma mente con Él, el estar de acuerdo con el veredicto de Dios, odiar lo que Él odia y amar lo que Él ama. Alinearnos con Él significa medir todo en este mundo por el estándar de la Palabra.

Dios llama al arrepentimiento en base a Su carácter benevolente (Jeremías 3:12b)

Nota que Dios nos llama a arrepentirnos, no en base a una amenaza de castigo, sino base a Su carácter misericordioso. Es como si Dios dijera, “porque mi gracia es mayor que cualquiera de tus pecados, ven y sé sincero; humíllate.”

La condición para el perdón de Dios (Jeremías 3:13)

La promesa de perdón presupone una admisión de nuestra parte: “…has repartido tus favores a los extraños bajo todo árbol frondoso…” hace referencia a los ídolos en sus altares, debajo de árboles pero lo compara con la mujer que ofrece sus encantos a todos sus amantes, como hacen las prostitutas.

El verdadero arrepentimiento requiere de un verdadero reconocimiento de que nuestra conducta es pecaminosa y que nadie mas es responsable que nosotros mismos. Cuando admitimos nuestra iniquidad, dejamos de culpar a otros y dejamos de justificar, ocultar, negar o minimizar nuestro pecado. Ese arrepentimiento se supone que se evidencie a través de un cambio de mente que resulta en un cambio en estilo de vida, hábitos y comportamiento. 

El verdadero arrepentimiento involucra un dolor por haber ofendido a Dios que se siente debido a que hemos menospreciado la sangre de Cristo derramada para limpiar mis pecados. El arrepentimiento por contrición involucra un dolor por haber ofendido a Dios; dolor debido al amor que tenemos por Él. El creyente comienza a pensar de qué manera actuar para complacer a Dios y comienza a moverse en la dirección de Dios porque no quiere estar lejos de El… regresa a Dios.

Si la motivación es realmente la gloria de Dios, entonces habría en nosotros una disposición de arrepentirnos de cada pecado del cual estuviésemos al tanto. Eso nos da una idea de cual de esos dos arrepentimientos es más grato al Señor. La persona verdaderamente arrepentida anda en busca de formas que le impidan volver a caminar por el camino que antes caminaba. Cuando después de pecar seguimos flirteando con el pecado y andando por el mismo camino, entonces el arrepentimiento no es genuino.

Hay una promesa para el pueblo arrepentido (Jeremías 14-15)

Jeremías insiste en la necesidad de que los hijos de Israel vuelvan a Él (vs.14 & 22). A lo largo de la narración de los profetas del Antiguo Testamento, hay dos características que sobresalen que tienen que ver con la relación de Dios con su pueblo: primero, el pueblo con frecuencia es descrito como la esposa infiel y, segundo, Dios es descrito como el esposo fiel. En el versículo 14, Dios les llama hijos infieles, pero inmediatamente después y Dios les declara que Él es su dueño.

La infidelidad de Israel no hizo o no ha hecho que Dios se olvide de ellos para siempre. Ellos se olvidaron de Él como esposo y como dueño, pero Dios continuamente les recordó que Él se mantenía fiel al pacto que había hecho Abraham, Isaac y Jacob. Dios siempre es fiel a su palabra y no puede hacer promesas que luego él no cumple.

Del versículo 15 y hasta el final del capítulo, el lenguaje de juicio del profeta Jeremías cambia a un lenguaje de promesa que aún aguarda un cumplimiento en el futuro para aquellos de nosotros que creemos en el reino Milenial. Para ese tiempo futuro, Dios promete reunir al pueblo hebreo: judíos tanto del reino del Norte como del Sur y proveerles pastores que puedan guiarlos conforme a la voluntad de su Dios.

Cuando eso acontezca, el pueblo se multiplicará y la presencia de Dios estará con ellos nuevamente, de manera que el símbolo del arca del pacto tan reverenciado por ellos en el templo anterior ni siquiera será mencionado. Jerusalén, volverá a tener un lugar especial; el pueblo hebreo y gente procedente de todas las naciones habitarán unidos con Jerusalén ocupando un lugar especial entre ellos (Jeremías 3:16).

Este domingo, el pastor Miguel Núñez predicó el sermón “El pueblo de Dios en tiempos de pandemia” basado en 2 Crónicas 2:20 y 2 Crónicas 7:14.

Quizás este sea uno de los mensajes mas difíciles de predicar. En un tiempo como este hay muchas emociones encontradas y es fácil irnos a un extremo o al otro. Podemos predicar solamente consolación dadas las circunstancias del momento y eso sería apropiado. Pero de hacerlo así, dejaríamos fuera algunas verdades de cómo Dios ha usado tiempos como estos en el pasado para obrar Su plan de salvación a mayor escala.

Por otro lado, podemos enfocarnos en como Dios supo traer calamidades en ocasiones a Su propio pueblo en momentos de rebeldía para santificarlo y volverlo a Su camino. Si nos enfocamos en este aspecto solamente, corremos el riesgo de traer un mensaje de condenación en momentos donde ya hay suficiente dolor.

Entonces, la línea a caminar es bien fina. No hay duda, de que en momentos de dificultad, dolor y sufrimiento, hace falta un mensaje de consolación y de esperanza. Sin embargo, conociendo el estado actual de la iglesia en diferentes regiones del Occidente, creo que traer a la iglesia un mensaje de esperanza, sin traer un mensaje de arrepentimiento al mismo tiempo, constituiría más bien una hipocresía.

Para aquellos de nosotros que viajamos y que recibimos noticias continuamente de diferentes partes del globo terráqueo, sabemos que la iglesia protestante ha abrazado múltiples corrientes anti-bíblicas y hasta herejes en los últimos años, predicadas desde múltiples púlpitos. Dios no ha pasado por alto el daño producido por dichas enseñanzas ni ha olvidado a Sus verdaderos predicadores seguidores.

En enero de este año el mundo despertó a la realidad de que la nación de China se encontraba en medio de un brote epidémico debido a un nuevo coronavirus que desde entonces ha sido denominado SARS-Cov-2. Al día de hoy, unas 308,609 personas han sido infectadas y unas 13,000 de ellas han muerto como consecuencia del mismo virus, con una mortalidad global calculada entre un 3 y 4%. El número de casos ha sido tan numeroso, en tan poco tiempo, que las medidas que han sido tomadas por diferentes naciones han tenido que ser extremas, pero necesarias, tratando de contener el impacto de la pandemia.

La realidad es que las epidemias o pandemias han estado con la humanidad desde el segundo siglo de nuestra era y hasta antes. Algunas de ellas fueron tan severas como para eliminar millones de personas como lo hizo la gripe española de 1918 que eliminó 50 millones de personas o la peste bubónica de los años de 1346-1353 que terminó con la vida de 100-200 millones de habitantes. Menciono esto no como interés médico en este momento, sino para recordar que el pueblo de Dios siempre ha tenido que vivir y servir en medio de estas pandemias que han azotado a la humanidad sin distinguir raza, estatus económico, nivel académico, sexo, edad o cualquier otra clasificación que quisiéramos usar.

En los tiempos del Antiguo Testamento también tenemos relatos de algunas pestilencias, como fueron llamadas, que terminaron con la vida de miles de personas. En medio de muchas de ellas, se encontraba el pueblo hebreo o el pueblo de Dios; este nunca ha quedado exento de ninguna de las calamidades que el mundo ha sufrido. De hecho, en ocasiones, Dios trajo las calamidades exclusivamente sobre Su pueblo como una forma de devolverlos al camino.

En los tiempos del profeta Amós, el pueblo de Dios andaba muy mal; había mucha idolatría e inmoralidad sexual en medio de ellos. Además, había un gran optimismo nacional, un aumento de los negocios y de la avaricia, una hipocresía religiosa y un sentido falso de seguridad. El pueblo de Dios estaba viviendo de espalda a Dios como muchos que dicen ser cristianos lo están haciendo hoy en día. Entonces, Dios les trajo grandes calamidades (Amós 4:6-10) pero el pueblo se había vuelto tan insensible que ni siquiera las grandes calamidades le hicieron volver a los caminos de Dios.

Hoy nos encontramos ante un enemigo microscópico que ha puesto al mundo con la cabeza hacia abajo… y pensar que apenas estamos al inicio de la pandemia, la cual tendrá grandes efectos económicos. Más aún, ese no es nuestro único problema mundial; sin lugar a dudas, es una gran pena que los últimos tres meses hayan muerto 13,000 personas como resultado de infecciones por el coronavirus pero no podemos tener una panorámica balanceada si no vemos toda la problemática del mundo como un todo. Por ejemplo, ¿Sabías que cada día mueren entre 15 y 16 mil niños de hambre? Esto implica que en los tres meses que esta pandemia tiene, han muerto unas 13,000 personas de este coronavirus y 1.5 millones de niños han muerto de y por el hambre mientras el mundo ha estado en silencio. Pensemos, ¿Cuál pandemia es mayor? Muchos me han dicho por las redes sociales que esas dos comparaciones no son justas pero la única respuesta que yo encuentro es que la diferencia estriba entre las dos tragedias es que el coronavirus me puede afectar a mí y a mis hijos mientras que la hambruna no lo ha hecho y probablemente nunca lo hará.

Sabemos que ni los millones de niños que han muerto por hambre ni los millones de niños extraídos del vientre de sus madres han sido pasado por alto en los cielos. De la misma manera, Dios tampoco ha olvidado los pecados de Su iglesia y de sus líderes. Si Dios se hiciera de la vista gorda ante los males de Su pueblo y de la sociedad en general, Él no sería un Dios digno de adorar.

Pero ese no es el caso; Dios siempre ha permitido dificultades para llamar al incrédulo a un encuentro con Él o para disciplinar y limpiar a Su pueblo. Si nos dedicamos a predicar solamente consolación en un tiempo como este, posiblemente estemos dejando a un lado, una de las oportunidades mas importantes para llamar al pueblo de Dios a la reflexión y al arrepentimiento y para animar a ese mismo pueblo a que use este tiempo para compartir las buenas nuevas de salvación.

Ante la enorme amenaza que enfrenta el mundo, quiero iniciar citando 2 Crónicas 20:304, “Y Josafat tuvo miedo y se dispuso a buscar al Señor, y proclamó ayuno en todo Judá. Y se reunió Judá para buscar ayuda del Señor; aun de todas las ciudades de Judá vinieron para buscar al Señor.” En ese momento, el pueblo judío se veía amenazado por un gran ejército que venía contra ellos; los moabitas, los amonitas y los meunitas venían a pelear contra el rey Josafat. Ante el anuncio de esta amenaza, Josafat tuvo miedo, así como lo tienen muchos hoy ante esta pandemia; el ejército contra Josafat era visible y de miles, así como el ejército de coronavirus es invisible y de trillones.

Aún así, Josafat “se dispuso a buscar al Señor, y proclamó ayuno en todo Judá.” Una de las cosas buenas que el temor hace es que nos empuja a buscar de Aquel que controla cada molécula del universo y cada microbio que puede invadir mi cuerpo.  Josafat se propuso a buscar del Señor y a ayunar cuando, posiblemente, sin la amenaza de la invasión, Josafat no lo hubiese hecho.

Toda Judat fue convocada: “Entonces Josafat se puso en pie en la asamblea de Judá y de Jerusalén, en la casa del Señor, delante del atrio nuevo, y dijo: Oh Señor, Dios de nuestros padres, ¿no eres tú Dios en los cielos? ¿Y no gobiernas tú sobre todos los reinos de las naciones? En tu mano hay poder y fortaleza y no hay quien pueda resistirte.” (2 Crónicas 20:5-6)

Josafat reconoce la grandeza, la soberanía y el poder de Dios y sabía que nadie puede oponerse a Sus planes y propósitos. Declaró que si fuera calamidad alguna a ellos, del tipo que sea, espada (o sea guerra), juicio o pestilencia, en cualquier caso, se presentarían delante del templo y delante de Dios porque Su nombre está sobre todo.

Finalmente, estas son las palabras de Josafat ante el peligro inminente y esas deben ser nuestras palabras: “Oh Dios nuestro, ¿no los juzgarás? Porque no tenemos fuerza alguna delante de esta gran multitud que viene contra nosotros, y no sabemos qué hacer; pero nuestros ojos están vueltos hacia ti.” (2 Crónicas 20:12)

El pueblo hebreo se sentía intimidado por este gran ejército visible a sus ojos, de la misma manera que muchos se sienten intimidados hoy. Ellos pudieron haberse llenado de pánico o pudieron haberse llenado de Dios… y eso fue lo que hiceron. Por eso dice: “no sabemos qué hacer; pero nuestros ojos están vueltos hacia ti.” Esta expresión es una forma de decir que confiaban en Él, Su poder, Su fidelidad y Su amor.

Dios escuchó la oración de Josafat y de todo el pueblo y los libró de aquella invasión dándoles la victoria.

Quizás algunos estén preguntando, ¿Cómo volvemos nuestros ojos a Dios? Veamos 2 Crónicas 7:12-14: “Y el Señor se apareció a Salomón de noche y le dijo: He oído tu oración, y he escogido para mí este lugar como casa de sacrificio. Si cierro los cielos para que no haya lluvia, y se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre, y oran, buscan mi rostro y se vuelven de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra. o si mando la langosta a devorar la tierra, o si envío la pestilencia entre mi pueblo.”

Este texto contiene una promesa para la nación de Israel en un momento dado cuando Dios quería mostrar Su fidelidad al pacto que había hecho con Abraham, Isaac y Jacob. Quizás esa promesa no está vigente hoy como lo fue para la nación de Israel, pero estas palabras de Dios para la nación de Israel encuentran aplicación en la iglesia de hoy, aunque no de la misma manera.

Esta era la segunda vez que Dios se la aparecía a Salomón durante la noche y lo hizo para garantizarle que su oración previa había sido oída. Dios entonces procede a describir una serie de calamidades que pudieran venir sobre la nación y luego le informa que si el pueblo escoge un cierto camino, El prometía parar las calamidades y sanar la tierra. De nuevo, esta fue una promesa hecha a la nación de Israel y su cumplimiento no se daría igual en nosotros hoy pero los principios detrás de este texto son válidos para la iglesia de nuestros días y para el liderazgo de esa iglesia que se ha desviado de la verdad.

En primer lugar notemos que Dios habla a un pueblo en particular para llevar a cabo acciones particulares. Dios habla de “mi pueblo” sobre el cual se invoca “mi nombre.” Si fuéramos a aplicar esta sola frase al momento actual, ese pueblo corresponde a la iglesia en particular o aquellos que han sido redimidos por la sangre de Cristo. La segunda razón por la que Dios se refiere al pueblo sobre el cual se invoca Su nombre es porque cuando Dios se identifica con un grupo de personas, Él tiene la integridad de Su nombre invertida en dicho grupo (Salmos 23). Una de las razones para caminar en integridad de corazón es precisamente porque nuestro pecado compromete la integridad del nombre de Dios.

La iglesia de Dios ha dejado caer la santidad de Su nombre y es mi impresión que Dios está tratando de hacer algo en nuestros días para levantar lo que nosotros como iglesia no hemos sabido cuidar.

La primera necesidad de 2 Crónicas 7:14 es la humillación del pueblo. La manera como el pueblo hacía esto en la antigüedad era ayunando y vistiéndose de silicio y cubriéndose de polvo y ceniza como señal externa de lo qué se suponía que estaba ocurriendo en su interior que era arrepentimiento de pecado. ¿Por donde comenzamos? Arrepintiéndonos de nuestro pecado de orgullo. Nos arrepentimos de pretender ser algo que no soy; de proclamar una cosa que no vivo; de afirmar con mis labios lo que mi corazón realmente no siente; y a veces hasta vivir con una máscara frente al mundo ocultando mi verdadero yo.

Tiempos de aislamiento y te quietud, son propicios para comenzar a revisar lo que mi corazón conoce. Dios utiliza las circunstancias dolorosas para destruir nuestro orgullo, enseñándonos cuan vulnerables somos, que tan indefensos quedamos con un simple virus, que tanto temor experimentamos ante la posibilidad de enfermarnos y tener de un 1-2% de chance de perder la vida. El orgullo es fácilmente intimidable cuando pierde el control. Lo único que le da seguridad al orgullo es cuando él se siente en control de sus circunstancias.

Dios nos llama a primero a humillarnos y luego nos llama a orar. Él conoce que el orgullo ora poco sino que se caracteriza de su control, manipulación, justificación y auto-dependencia. Las pandemia son excelentes tiempos para orar y pedir no que Dios se lleve el virus de en medio nuestro, sino que el virus no se vaya de en medio nuestro sin realizar el trabajo en nosotros para el cual fue permitido en primer lugar.

Debemos orar por nuestra condición interior y la condición de los líderes del pueblo de Dios. Debemos orar por las ovejas desviadas y poco santificadas, por las autoridades de turno y por los médicos tomando decisiones difíciles en medio de una pandemia.

Tiempos de pandemia, son tiempos para ejercitar la fe en el Dios de los microbios. Dios creó dichos microorganismos, pero no con el propósito de dañar al hombre, sino de ayudar al ecosistema. La caída volvió al hombre contra el hombre, al león contra el cabrito y a los microorganismos contra los macroorganismos como nosotros.

Si nos humillamos como iglesia, oramos, buscamos Su rostro y nos volvemos de nuestros malos caminos no tenemos la garantía que Dios le dio a Israel de sanar a toda la tierra. Aún así, sin estas condiciones, definitivamente no podemos contar con la mano de Dios a favor nuestro porque, sin lugar a dudas, la Palabra declara que Él se opone al orgulloso. La misma Biblia afirma que no tenemos por qué no pedimos que es otra forma de decir porque no oramos, Dios ha revelado que la única manera de que Él se nos acerque es si nos acercamos a Él.

A la luz de la situación mundial con relación al COVID-19, el Dr. Miguel Núñez, certificado por el Board Americano de Medicina Interna y Enfermedades Infecciosas y pastor titular de nuestra iglesia (La IBI) y la Licenciada Elaine Moscoso, crearon el programa especial "COVID-19 El Enemigo Invisible".

Puedes ver la primera parte "COVID-19" Su aparición repentina" aquí.

Página 2 de 45