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Joan Veloz

Joan Veloz

10 de Noviembre de 2019

Un recordatorio oportuno

Este domingo, el pastor Joan Veloz predicó el sermón “Un recordatorio oportuno” basado en Deuteronomio 7:6-11.

Al leer estos versos que fueron dados al pueblo de Israel previo a su triunfal entrada a la tierra prometida, podemos conocer mas a Dios, entender quienes somos y profundizar en el llamado que Él nos ha hecho.

Dios conoce el corazón humano, el sabe que si le damos una brecha a Satanás, él terminará entrando. Esa era la realidad para el pueblo de Israel y es la realidad para nosotros. Es por esto que Dios no podía permitir que naciones idolatras moraran juntos en la misma tierra que los suyos. Dios quería que Su pueblo le adorase solo a Él, que Su pueblo estuviera consagrado solo a Él. Nuestro texto de hoy nos recuerda él porque.

“Porque tú eres pueblo santo para el Señor tu Dios;” (v.6)

Eso era el pueblo de Israel y eso somos tu y yo si hemos puesto nuestra confianza en Jesucristo: un pueblo santo; un pueblo consagrado a Dios para ser santo como Él es santo (Levítico 11:43). Cuando estudiamos las Escrituras, vemos un claro interés de parte de Dios en recordarle a Su pueblo el concepto de Su santidad: el concepto de que, si ellos querían acercarse a Él, debían de vivir de una manera santa, apartados del pecado y de todo aquello que pudiera desviar sus corazones. En su peregrinar por el desierto, vemos a Dios mostrando este concepto claramente, ejecutando incluso a alguno de los suyos que se atrevieron a deshonrar Su santidad.

25 de Agosto de 2019

El Dios detrás de Daniel

Este domingo, el pastor Joan Veloz predicó el sermón El Dios detrás de Daniel basado en Daniel 6.

En el momento donde inicia el texto, el imperio de los medios y los persa invadieron Babilonia y mataron al rey. Daniel 6:1-3 dice que el rey nuevo, Dario, tenía una nueva estrategia para gobernar: iba a constituir “ciento veinte sátrapas (o lideres) que gobernasen en todo el reino. Y sobre ellos tres gobernadores,” a quienes estos lideres debían reportarse. Un hombre sabio y valiente llamado Daniel, quien fue usado en el gobierno pasado por Dios para revelar Su voluntad a través de sueños y visiones, fue declarado como uno de estos líderes gubernamentales. La caída de la gran babilonia no cambió los planes de Dios para Su pueblo ya que vemos como Daniel se desplazó a través del ir y venir de las naciones. Daniel no es ya el tercer hombre al mando como lo era en el gobierno pasado pero era un hombre con gran autoridad bajo el reinado de este nuevo rey (Daniel 6:2).

¿Qué había detrás de Daniel que le hacía sobresalir? Su sabiduría, inteligencia y experiencia—ya que tenía tenía entre 80 y 90 años de edad—, y su valor como estadista. Sin embargo, se destacaba más que nada porque poseía un Espíritu extraordinario; Daniel siempre se comportaba y actuaba de una manera digna ya que él conocía a Dios de manera personal y tenia un conocimiento real de Su carácter.

Daniel prosperó por encima de los demás y esto trajo ira, enojo y envidia. “Entonces los funcionarios y sátrapas buscaron un motivo para acusar a Daniel con respecto a los asuntos del reino; pero no pudieron encontrar ningún motivo de acusación ni evidencia alguna de corrupción, por cuanto él era fiel, y ninguna negligencia ni corrupción podía hallarse en él.” (v.4) Es sorprendente cómo cuando Dios eleva a alguien, los corazones de otras personas se le pueden llenar de celos, inclusive cuando ese individuo no les ha hecho nada para dañarlos. ¿Cómo podía alguien despreciar a un hombre como este?

Dios permite las oposiciones y las aflicciones en la vida de los suyos con el propósito de ser exaltado. Nada de lo que le pasa al creyente es fortuito—estas cosas ocurren para mostrar que Dios es quien se encarga de fortalecer, defender y preservar a aquellos que son suyos.

Entonces, los lideres y jefes del reino sintieron celo contra Daniel y buscaron un motivo para poder acusarle y sacarlo del camino… pero no encontraron nada (Daniel 6:4). Entonces dijeron: No encontraremos motivo de acusación contra este Daniel a menos que encontremos algo en relación con la ley de su Dios (Daniel 6:5). Este verso nos habla claramente de quién Daniel era. Cuando tus enemigos no puedan encontrar nada en tu contra más que el hecho de que estas absolutamente entregado a tu Dios, entonces estas siendo realmente fiel a Él.

Es un hecho de la vida que nunca se sabe cuándo uno pasará por una prueba. Pero también es cierto que la integridad brilla más en el contexto de la adversidad. Una persona íntegra es impecable; él o ella defiende los principios sin importar las consecuencias. Daniel estaba ahora en esta posición en medio de una trama diabólica, todo por haber mantenido su integridad.

“Estos funcionarios y sátrapas, de común acuerdo, fueron entonces al rey y le dijeron así: ¡Rey Darío, vive para siempre! Todos los funcionarios del reino, prefectos, sátrapas, altos oficiales y gobernadores, han acordado que el rey promulgue un edicto.” (v.6-7) No es verdad que TODOS los funcionarios del reino estaban de acuerdo, por ejemplo, Daniel no estaba allí y seguro que habían otros hombres íntegros que no estarían de acuerdo con lo que ellos querían proponer. Aún así dicen que TODOS “han acordado que el rey promulgue un edicto y ponga en vigor el mandato de que cualquiera que en el término de treinta días haga petición a cualquier dios u hombre fuera de ti, oh rey, sea echado en el foso de los leones.”

Es probable que Darío se sintió halagado; cuando llega todo tu alto mando político y te dice que quieren que tu seas su Dios, es difícil para un incrédulo resistirse. Entonces, cuando ellos vienen donde él y le piden que se constituya Dios sobre ellos promulgando una ley que no podía ser revocada (Daniel 6:8), ¿que hizo el rey? En el versículo 9 vemos la respuesta: “Por tanto, el rey Darío firmó el documento, esto es, el mandato.”

Ahora, ¿qué hizo Daniel al enterarse de esto? “Cuando Daniel supo que había sido firmado el documento, entró en su casa (en su aposento superior tenía ventanas abiertas en dirección a Jerusalén), y como lo solía hacer antes, continuó arrodillándose tres veces al día, orando y dando gracias delante de su Dios.” (v.10) Al enterarse de esta nueva ley, Daniel no salió corriendo a donde el Rey a cuestionarlo ni movió sus influencias. Desde que se enteró, hizo lo que siempre hacia: entró en su casa, con TODAS SUS VENTANAS ABIERTAS a orar al Señor, a clamar a Él, no con quejas ni reproches, sino con acciones de gracias.

¿Reaccionaríamos nosotros de esta manera? Para nosotros poder actuar así, necesitamos conocer a Dios, Su carácter y Su poder. Mi reacción natural es el temor, la angustia, la ansiedad y la inseguridad. Pero cuando conozco a Dios y Su perfecto amor, el temor, las dudas, las ansiedades son disipados por Su amor. 1 Juan 4:18 dice, “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor.” No hay duda que Daniel conocía el amor del Dios que estaba detrás de él. Lamentaciones 3:38 dice, “¿No salen de la boca del Altísimo tanto el mal como el bien?” Daniel conocía a Dios y sabía que Él es soberano sobre Su creación, que controla y gobierna todo cuando existe y que ni una hoja cae sin Su consentimiento.

Cuando yo puedo conciliar el amor de Dios con su soberanía yo encuentro paz, y en medio de la peor amenaza puedo estar confiado. Cuando conozco a Dios, no importa si estoy viviendo tiempos de escasez, abandono, enfermedad, persecución o muerte, yo se que Él esta por mí y conmigo. Si Él ha permitido esta situación en mi vida, Él me sostendrá.

Dice el texto que Daniel tenia la costumbre de orar tres veces al día, probablemente utilizando el modelo establecido originalmente por David en el Salmo 55: “Tarde y mañana y a mediodía oraré y clamaré.” El Yeni era un patrón de oración que nada lo iba a cambiar, entonces Daniel entra a su casa y  subió a un aposento alto a orar, con su rostro hacia Jerusalén porque allí estaba el anhelo de su corazón, el pueblo y la ciudad de Dios.

¿Debía Daniel obedecer está ley? ¿No estaba pecando él al violentar este mandato? La respuesta a esa pregunta es: absolutamente NO. Los hombres pueden hacer sus leyes pero cuando estas interfieren y violan las reglas que Dios establece, debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29).

Ahora, ¿no podía haber sido un poco más discreto? ¿No podía haber cerrado la ventana? ¿O no pudo haber orado mientras que estaba de pie y caminaba para no haber sido tan visible? ¡No! Daniel sabía que cuando cedemos a la presión de los hombres por temor estamos dejando ver grietas en nuestro carácter. Él era un hombre de integridad y todo lo que hacía, lo hacía por convicción, no por temor.

“Entonces estos hombres, de común acuerdo, fueron y encontraron a Daniel orando y suplicando delante de su Dios; por lo cual se presentaron ante el rey y le hablaron tocante al mandato real” (v.11-12) La operación captura estaba en proceso; el plan había salido como lo habían determinado. Daniel no iba a dejar de clamar a su Dios, ellos lo encuentran y traen queja delante el rey. Ahora Dario, quien se había convertido en “dios” se da cuenta de la trama. Probablemente se avergüenza de haberse dejado engañar tan tontamente y se entristece de que su orgullo le haya llevado a estar en esta posición (Daniel 6:14).

El rey no simplemente se molesto o avergonzó, sino que se afligió en gran manera. Su corazón estaba destrozado “y se propuso librar a Daniel; y hasta la puesta del sol estuvo buscando la manera de librarlo.” (v.14) Esa noche, el rey no durmió; probablemente reunió a todos sus asesores y eruditos legales para encontrar una brecha jurídica, pero técnicamente, no había salida. La ley de los Medos y Persas era clara, luego de una ley ser promulgada no podía derogarse. Daniel estaba condenado a morir y el rey lo sabia.

Llama mucho la atención que, en medio de este conflicto, Daniel no se defiende; nunca se ocupa de su propia causa. Muy similar a nuestro Señor Jesucristo, que estuvo en silencio delante de sus acusadores y no abrió Su boca. Daniel sabía que quién podía defenderlo ya conocía su caso, por lo cual no había palabras que decir, solo quedaba esperar.

“Entonces aquellos hombres vinieron de común acuerdo al rey y le dijeron: Reconoce, oh rey, que es ley de los medos y persas que ningún mandato o edicto que el rey establezca, puede ser revocado. El rey entonces dio órdenes que trajeran a Daniel y lo echaran en el foso de los leones.” (v.15-16) La decisión esta tomada y con dolor en su corazón, el rey da ordenes de que Daniel cumpla su pena de muerta. No sabemos cuántos leones habían dentro de la fosa pero no eran tan sólo uno o dos leones. Deben haber sido muchos leones porque cuando llegamos al final del capítulo y vemos como aquellos que planificaron este mal contra Daniel son arrojados al foso junto a sus familias y todos son devorados antes de llegar al fondo.

El Rey da la orden de echar a Daniel al foso no sin antes expresar una de las más poderosas declaraciones de todo este relato. “El rey habló a Daniel y le dijo: Tu Dios, a quien sirves con perseverancia, El te librará.” (v.16) Cuando leemos esta declaración, podemos ver al Dios detrás de Daniel—un Dios que era real para él, un Dios a quien él no solo servia sino de quien hablaba con perseverancia. Hermanos, nuestra vida consiste en conocer a Dios y en darle a conocer a otros (Juan 17:3). El conocimiento que tenemos de Dios afecta directamente todas las áreas de mi vida y la verdad es que en medio de las aflicciones de la vida diaria, se muestra realmente que tanto conocemos o no acerca de Dios.

Daniel es echado al foso sin pronunciar una palabra y un rey pagano que ha sido instruido por él es quien trae palabras de esperanza y aliento. El foso es cerrado y marcado. Daniel esta dentro con mucho leones y el rey no puede contener su dolor y se va al palacio. Esa noche no hubo entretenimiento, ni siquiera comida; el rey se paso toda la noche angustiado (Daniel 6:17-18).

“Entonces el rey se levantó al amanecer, al rayar el alba, y fue a toda prisa al foso de los leones. Y acercándose al foso, gritó a Daniel con voz angustiada. El rey habló a Daniel y le dijo: Daniel, siervo del Dios viviente, tu Dios, a quien sirves con perseverancia, ¿te ha podido librar de los leones?” (v.19-20) Es probable que a estas alturas, el rey ya había creído que el Dios de Daniel era el Dios viviente o al menos ya lo estaba considerando como tal. “Entonces Daniel respondió al rey: Oh rey, vive para siempre.” (v.21) Daniel esta en un foso oscuro, rodeado de leones hambrientos y cuando ve al rey, cumple con sus formalidades. Increíble.

Daniel continuó diciendo, “Mi Dios envió su ángel, que cerró la boca de los leones, y no me han hecho daño alguno porque fui hallado inocente ante El; y tampoco ante ti, oh rey, he cometido crimen alguno.” (v.22) ¿Cómo sabemos que él era inocente? Porque Dios tuvo la oportunidad perfecta para castigarlo y no lo hizo. Entonces el rey se alegró, sacaron a Daniel del foso y lo encontraron sin una lesión (Daniel 6:23). Daniel había creído en en la bondad de Dios para su vida; había confiado en Él. Por eso nunca abrió su boca, por eso espero silenciosamente para ver la justicia de Dios. Sin embargo, no siempre sucede de este modo, Isaías también creyó en Dios, pero fue cortado por la mitad; Pablo también creyó en Dios y le cortaron la cabeza; Pedro creyó en Dios y fue crucificado boca abajo.

Creer en Dios no significaba que los leones no lo iban a comer; era aceptar la voluntad de Dios. Si es vivir, vivir; si es morir, morir. Sea cual sea el caso, nunca seremos derrotados, porque estamos en medio de su voluntad.

“El rey dio órdenes que trajeran a aquellos hombres que habían acusado falsamente a Daniel, y que los echaran, a ellos, a sus hijos y a sus mujeres en el foso de los leones. No habían llegado aún al fondo del foso, cuando ya los leones se habían apoderado de ellos y triturado todos sus huesos.” (v.24) Este texto esta aquí para recordarnos dos cosas:

1. Dios es quién se encarga de defender a los suyos.

2. Los leones sí tenían hambre ya que fueron capaces de triturar los huesos de una gran multitud antes de llegar al suelo.

Hermanos, esta historia de Daniel nos enseña como un hombre afectó a todo un imperio que ahora estaba bajo el decreto de temblar y temor al Dios de Daniel. No se necesitaron muchas personas; tan sólo se necesitó una apropiada, que con su manera de vivir pudo mostrar la grandeza de nuestro Dios.

¿Quieres vivir y ser fiel como Daniel? Conócele, adolórale y sírvele con perseverancia de manera que otros puedan ver y conocer al Dios bueno que te ama—aquel que se clavo en una cruz por tus pecados, te sostiene y sostendrá en todo tiempo, y es Señor y rey de todos y todo.

Este domingo, el pastor Joan Veloz predicó el sermón “Qué hacer cuando no sé qué hacer” basado en 2 Crónicas 20:1-22.

¿Estás consiente de los tiempos en los cuales estamos viviendo? Nuestra generación esta viviendo uno de las peores guerras de la historia—una por las mentes y las almas de nuestros hijos. Al ver esto y las cosas que se avecinan, muchos sentimos como que no sabemos qué hacer ni como defendernos de este gran enemigo que nos asecha. Sin embargo, en la Escritura podemos ver ejemplos como el nuestro de hombres débiles que no sabían cómo obrar pero que confiaban en un Dios grande y poderoso que estaba con ellos y por ellos.

Luego de la muerte de Salomon, 2 Crónicas 20:1-4 nos demuestra una nación de Israel cambiada. La vanagloria y el sentido de grandeza del hijo de Salomon llevo a esta gran nación a dividirse en dos: el reino del norte y el reino del sur, Judá. En el transcurrir de los años, el reino del sur tuvo reyes buenos como Josafat (2 Crónicas 17:3) y reyes malos. Josafat buscó honrar a Dios y se esforzó para que su pueblo conociera de Dios. Desde el comienzo de su reinado, el comicio y envío maestros para que fueran por todas las ciudades enseñándole al pueblo la ley de Dios. Este fue un rey que puso a Dios en el centro de su vida y dé su reino y, debido a esto, el terror del Señor vino sobre todos los reinos de las tierras que estaban alrededor de Judá, y no hicieron guerra contra Josafat.

Pero, en un momento Josafat se confió y no escucho la voz de Dios. En 2 Crónicas 18 nos encontramos que el Rey Acab, Rey del norte, pidiéndole a Josafat que se una a el en batalla, diciendo que Dios había hablado por medio de todos los profetas, menos de uno, y le habían dicho que la victoria era segura. Hacen llamar al profeta Micaias y este les dice que si van a pelear serán derrotados y que todos los profetas que habían profetizado algo diferente lo habían hecho movidos por un espíritu de mentira que los había inducido a hablar estas cosas. Los reyes no le hicieron caso y fueron a la guerra. Allí, el Rey Acab perdió la vida y, al regresar a Judá, Josafat es amonestado grandemente por ayudarlo.

Después de lo acontecido, Dios dejó de proteger a Josafat al dejar de contener a sus enemigos. Era hora de que Josafat y el pueblo de Judá experimentara la protección de Dios de otra manera. Por primera vez desde que Josafat se volvió Rey, grupos se levantaron en su contra: los hijos de Moab y los hijos de Amón, los descendientes de Lot, y los Meunitas, una rama de la raza antigua de los descendientes de Esaú. Tres grandes grupos se levantaron a pelear contra Josafat, rodeando el extremo sur del Mar Muerto, aproximándose a un punto invisibles a la población. Pero algunos de entre el pueblo se percataron de esta gran amenaza y fueron a dar avisó a Josafat.

Y el versículo 3-4 dice, “Y Josafat tuvo miedo y se dispuso a buscar al SEÑOR, y proclamó ayuno en todo Judá. Y se reunió Judá para buscar ayuda del SEÑOR; aun de todas las ciudades de Judá vinieron para buscar al SEÑOR.” En medio de la gran amenaza que se les venia encima, Josafat deja ver su condición humana al mostrar su temor a los hombres que querían destruirlo y a que Dios le haya quitado su protección y cuidado. Pero este miedo no le impidió actuar correctamente; en medio del temor el muestra su dependencia del Señor y dispone su corazón para buscarle. Esta actitud de disponer el corazón a buscar, en el hebreo, hacia referencia a adorar y postrar el corazón ante alguien mayor, pero también significaba descubrir la voluntad de ese ser superior. Es decir que al hacer esto Josafat demuestra que el confía mas en Dios que en sus recursos militares.

Desde el punto de vista humano esta es la decisión mas absurda que un REY militar pudiera tomar. Lo que uno esperaría que el hubiera hecho es preparar su milicia para la batalla. Pero el no hizo nada de esto; el confió en Dios y dio el ejemplo por su propia devoción personal. El buscó al Señor de todo corazón y proclamó un ayuno en todo Judá para expresar su humildad y total dependencia de Dios. Cuando nuestra vida y fe está amenazada, debemos buscar al Señor recordando que no estamos solos y que el está por nosotros. No importa el nombre del enemigo que se nos venga, el Dios que tenemos es mayor que todos juntos (Salmos 23:4).

En 2 Crónicas 20:5-12 a Josafat defender su caso como un buen abogado en un tribunal, apelando a la misericordia y el favor de Dios. Adam Clarke llamó a esto "Una de las oraciones más elegantes, piadosas, correctas y, en cuanto a su composición, una de las más hermosas jamás ofrecidas bajo la dispensación del Antiguo Testamento.” Josafat se puso en pie en el centro del atrio restaurado para orar por la nación, apelando a las promesas, a la gloria y a la reputación de Dios que estaban en juego, porque era a su pueblo que querían destruir. En esta  oración, Josafat nos da una gran lección de cómo orar. En esta oración el reconoce: la soberanía de Dios (2 Crónicas 20:6), el pacto de Dios (2 Crónicas 20:7), la presencia de Dios (2 Crónicas 20:8-9), la bondad de Dios (2 Crónicas 20:10), la posesión de Dios (2 Crónicas 20:11) y su dependencia en Él (2 Crónicas 20:12).

Martin J. Selman en su comentario sobre los libros de Crónicas dijo, “Esta frase final, es una de las expresiones más conmovedoras de confianza en Dios que se encuentran en cualquier parte de la Biblia”. Hermano, cuando no sepas que hacer, vuelve tus ojos al Señor y pon tu confianza en Él. Reconócele en todos tus caminos y espera en Él, que Él actuará (Salmos 62:1-2). Hoy es un buen día para preguntarnos en quién esta puesta nuestra confianza.

“Los que confían en el SEÑOR son como el monte Sion,

que es inconmovible, que permanece para siempre.”

(Salmos 125:1-2)

No importa tu condición ni el tamaño de tu amenaza, aquellos que confían en el Señor permanecerán para siempre porque no depende de ellos sino de Aquel quién les sostiene.

Josafat termina su oración y en 2 Crónicas 20:13. Todo el pueblo estaba ahí, hasta los niños, estaban ahí haciendo un llamamiento silencioso a Dios; todos estaban juntos buscando el rostro del Señor. Al parecer después de la gran oración de Josafat, el pueblo se paró en silencio ante el Señor, esperando escucharle. El pueblo clamo con fe y Dios se hizo presente (2 Crónicas 20:14). El Espíritu del Señor vino sobre Jahaziel y comenzó a hablar diciendo, “Prestad atención, todo Judá, habitantes de Jerusalén y tú, rey Josafat: así os dice el SEÑOR: 'No temáis, ni os acobardéis delante de esta gran multitud, porque la batalla no es vuestra, sino de Dios.'" (2 Crónicas 20:15) Dios no simplemente estaba respondiendo su oración, Él le estaba recordando que de quien era la batalla: Suya. La multitud de Amonitas y Moabitas no venían solo a destruir a Josafat, ellos venían a destruir al pueblo de Dios y eso es una GRAN COSA, porque con el pueblo de Dios nadie se mete (Isaias 49:25-26).

La batalla era del Señor, pero a ellos les tocó hacer algo: el próximo día debían ir contra ellos (2 Crónicas 20:16-17). Este fue un comando importante, porque uno podría pensar que debido a la promesa del versículo 15, ellos ni siquiera tendrían que presentarse en la batalla. Sin embargo, Dios quería que salieran e hicieran su parte. Judá no iba a tener que luchar en esta batalla, pero eso no significaba que no tenían nada que hacer. Fue un paso significativo de fe pararse y creer que verían la salvación del Señor frente a un gran ejército que le atacaba. Ellos no iban a ganar esta batalla debido a la fuerza de sus hombre, sino debido al poder del Dios al que ellos iban a adorar.

Al escuchar esto, “Josafat se inclinó rostro en tierra, y todo Judá y los habitantes de Jerusalén se postraron delante del SEÑOR, adorando al SEÑOR.” (2 Crónicas 20:18) Tanto el rey como el pueblo sabían que las palabras profética a través de Jahaziel eran verdaderas. Al recibirlo como palabra de Dios, ellos adoraron, agradeciéndole a Dios. Ellos no esperaron ver a los moabitas derrotados para adorar, ellos escucharon lo que Dios haría y adoraron. Mientras todos estaban inclinados sobre sus rostros adorando al Señor, un grupo se pus de pie y comenzó a entonar cantados de alabanza al Señor (2 Crónicas 20:19). Fue esta una erupción espontánea de cantos. Al escuchar lo que Dios había prometido, no se contuvieron y saltaron de alegría y comenzaron alabar a Dios. Esta gente había creído en una salvación futura y esto postro a algunos y levanto a otros, pero todos hicieron lo mismo adoraron.

¿Has creído tu en una salvación futura? ¿Cual es tu respuesta al escuchar las promesas de Dios para contigo? Las promesas de Dios son verdaderas y el ha prometido darnos la victoria por medio de Jesucristo. Esta verdad debe llevarnos a vivir una vida de adoración sin importar nuestra situación y condición porque la salvación que se nos ha prometido es mayor que el peor de nuestros males.

Este domingo, el pastor Joan Veloz predicó el sermón La Gloria del Rey y la ignorancia de Sus seguidores basado en Lucas 19:28-40 como reflexión del Domingo de Ramos.

En un día como hoy hace 2,000 años, el Rey Jesús desfiló camino a Jerusalén para ser coronado. A diferencia de las coronaciones extravagantes que se espera de un rey, la suya fue humilde: no iba en un gran carruaje sino en un pequeño burrito, la alfombra roja eran los mantos que las personas lanzaban, y las flores eran los ramos que la multitud alzaban. Sabía que en solo unos días, no tendría una corona de oro sino con una de espinas y que no se sentaría en un hermoso trono sino que sería clavado en una cruz. Escucharía a aquellos que decían Hosana, bendito el que viene en nombre del Señor el domingo, gritar a gran voz “CRUCIFICALE, CRUCIFICALE” el viernes.

Recordemos cómo fue ese día glorioso cuando el rey de reyes se dispuso venir a Jerusalén como ofrenda por nuestros pecados.

La pascua estaba a punto de celebrarse y todos fueron a Jerusalén; entre esos muchos, Jesús y Sus discípulos. En Su recorrido hacia Jerusalén, hacen una parada técnica en Betania, una ciudad que estaba a tres millas de Jerusalén. Estando allí, envió a dos de Sus discípulos diciendo, “Id a la aldea que está enfrente, en la cual, al entrar, encontraréis un pollino atado sobre el cual nunca se ha montado nadie; desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: “¿Por qué lo desatáis?”, de esta manera hablaréis: “Porque el Señor lo necesita.”” (Lucas 19:30-31). Jesús incluso les dice que deben hacer en caso que alguien aparezca y trate de impedir que ellos cumplan la tarea (Lucas 19:31), diciendo que si los dueños aparecen, recuérdale quien necesita el burrito no es un cualquiera, es el Señor de todas las cosas. Jesús sabía todo lo que iba a ocurrir aún cuando Él nunca había estado allí porque Él es el Dios omnisciente.

Jesús necesitaba ese burrito específicamente porque necesitaba cumplir las Escrituras. En Mateo 21:4, Él cita la profecía de Zacarías 9:9, “Regocíjate sobremanera, hija de Sion. Da voces de júbilo, hija de Jerusalén. He aquí, tu rey viene a ti, justo y dotado de salvación, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de asna.” 500 años antes, el profeta Zacarías dijo que el salvador vendría montado en un burro; no en un caballo, no en un carruaje, sino en un burro, y así debió ser.

Los dos discípulos fueron obedientes y se dispusieron a cumplir la solicitud de Su maestro (Lucas 19:32-34). Los dos discípulos regresan a Betania con el burrito, cumpliendo el pedimento de Jesús, y preparan el burrito para que pueda comenzar el descenso a Jerusalén. Mientras avanzan, tendían sus mantos sobre el camino (Lucas 19:35-36), una costumbre utilizada en tiempos antiguos para proclamar a alguien como Rey. Era una forma de ellos decir: Tu eres mi Rey, nos sometemos a tu autoridad.

Cuando ya estaban cerca de Jerusalén, en la bajada del monte de los Olivos, la multitud comenzó a alabar y agradecer a Dios por las obras que habían visto a Jesús hacer, ya que este podía ser el anhelado Rey que ellos esperaban (Lucas 19:37-38). Es importante recordar que el pueblo de Israel era un pueblo fuertemente oprimido por el imperio Romano; los altos impuestos, los maltratos y demás aberraciones hacía que anhelaran con ansias la llegada del Mesías Rey, aquel que los libraría de sus enemigos terrenales. Es probable que hayan concluido que Jesús era ese Mesías prometido al ver los milagros que hacía. Pensaban que acabaría con sus enemigos y los libertaría de la opresión que sufrieron por causa del imperio Romano. Vemos claramente que esta gente comenzó a adorar a Dios, no porque Dios es digno de ser adorado sino por las cosas que Dios podía hacer por ellos a través de Jesús.

Adorar a Dios por las cosas que El puede hacer por nosotros es una evidencia del hedonismo y egocentrismo en nosotros; es uno de los mayores pecados de nuestra generación y de la iglesia de hoy. Le debemos adorar y servir porque Él es el único y verdadero Dios, el Rey de Reyes y Señor de Señores. Si queremos una fe que persevere en las pruebas de esta vida, debemos confiar en Jesús por quién Él es, no solo por lo que Él puede hacer por nosotros (2 Timoteo. 1:12).

El evangelio de Mateo agrega algo más a la exaltación de Jesús que Lucas omite; el dice que ellos decían: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡BENDITO EL QUE VIENE EN EL NOMBRE DEL SEÑOR! ¡Hosanna en las alturas!” (Mateo 21:9). En esta declaración, la multitud hace algunas aseveraciones que nunca habían hecho con anterioridad. Ellos reconocen a Jesus como el Mesías y como el Hijo de David. También lo reconocen como el Rey bendito, el Señor Dios de los ejércitos y, finalmente, reconocen que él es el único que Puede traer Paz y volver a restaurar aquello que se había perdido el día que Adán mordió el fruto.

Estas declaraciones publicas eran necesarias para dejar sin excusa a los enemigos de Jesús. Esta caminata gloriosa hacia Jerusalén fue una manifestación y una proclamación de Sus derechos reales tan claramente como podrían ser proclamados. Jesús quería dejar claro quien Él es. Hasta este momento, Jesus nunca permitió este tipo de exhibición pública pero este era exactamente el momento adecuado para que pasará: era el motivo que le llevaría a estar en la cruz el viernes. Esta exhibición de adoración en domingo hizo que los líderes de Israel se llenaran de odio contra Él y que pusieran en marcha el plan para poder eliminarlo. Aquello que ocurrirá el viernes depende de lo que ocurrió en domingo. Cuando todos los corderos de la Pascua fueran sacrificados, para pasar por alto el pecado del Pueblo el único y verdadero cordero de Dios sería sacrificado demostrando que Su tiempo es exacto y perfecto.

Jesús es adorado, recibe la adoración y “Entonces algunos de los fariseos de entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos.” (Lucas 19:39) Seguramente, crujían sus dientes de ira al escuchar a la multitud adorar a Jesús y trataron de callar a las masas. “Respondiendo El, dijo: Os digo que si éstos callan, las piedras clamarán.” (Lucas 19:40) Jesús no solo está aceptando la adoración por parte del pueblo sino que esta diciendo que si el pueblo no lo reconoce como Señor, las piedras lo harían y proclamarían que Él es el Señor. ¡El diseño del universo es que Cristo sea alabado! Por lo tanto, si la gente no lo hace, se asegurará de que las piedras lo hagan (Salmos 96:11).

Ese día, Domingo de Ramos, Jesús fue proclamado Rey de manera humilde. Tomó Su trono a través del sufrimiento voluntario, la muerte y la resurrección. En solo unos días, cargaría Su corona de Espinas y Su manto de vergüenza y tomaría Su lugar como Rey clavándose en un cruz para satisfacer la ira del Dios Santo.

25 de Noviembre de 2018

Vestidos de Cristo

Este domingo el anciano en entrenamiento, Joan Veloz, predicó el sermón “Vestido de Cristo” basado en 3:1-5.

Zacarías se presenta en el Zacarías 1:1 como hijo de Berequías, hijo de Iddo. El era un profeta de Dios quien vivió en un tiempo cuando el pueblo del Israel estaba en el proceso de retornar de Babilonia a Jerusalén. Dios se le revela a Zacarías y le da ocho visiones relacionadas a la

futura restauración externa de Israel. En las primeras tres visiones, Dios revelo que la gente sería restaurada (Zacarías 1:3), los enemigos serían juzgados (Zacarías 1:21), y la ciudad sería reconstruida (Zacarías 1:16). ¿Pero que iba a pasar con el corazón de ellos? ¿Habían sido restaurados? La realidad es que mientras estaban en Babilonia, no hubo un gran avivamiento, aunque hubo algunos comienzos de avivamiento en ellos. Un grupo regresó y encontró el templo y la ciudad destruida. Había que comenzar el proceso de reconstrucción la cual comienzó con mucha lentitud dado el desánimo de la gente. Aquí, Dios comienza a profetizar a través de Zacarías diciéndole: en palabras mías, animases, vamos ustedes serán restaurados, sus enemigos serán destruidos y la ciudad será nuevamente edificada. Pero ellos conocían acerca del carácter de Dios y se preguntaban como un Dios santo restaurar a un pueblo pecaminoso e incrédulo y ser coherente con su propio carácter justo al mismo tiempo. Y el Señor les respondió con la cuarta visión la cual es la que vemos en el texto de enfoque.

Zacarías tuvo una visión donde vio a Josué, el sumo sacerdote, delante del ángel del Señor, quien era en realidad la pre-encarnación del mismo Jesús. Jesús estaba allí delante de Josué para

recibir la ofrenda por el pecado del pueblo. Siempre que encontramos la referencia al Ángel Del Señor en el Antiguo Testamento, se hace referencia a éste como a la segunda persona de la Trinidad (Génesis 22; Éxodos 3; Josué 5). Dios, desde la eternidad pasada, decidió revelar la segunda persona de la trinidad con el titulo del Ángel Del Señor y ahí estaba Josué ofreciendo sacrificio por el pueblo, y Satanás estaba a su derecha para acusarlo y al igual como lo hizo con Job, el comienza a cuestionar a Dios. Satanás acusa a Josué de estar delante del Señor haciendo su oficio sacerdotal con vestimentas sucias (Zacarías 3:3). Es importante recordar que Josué representa al pueblo de Israel y en sus vestidos el lleva su pecado y el del pueblo. El no era digno de acercarse a Dios, el no debía estar allí vestido así representando al pueblo; Satanás vio esta oportunidad como una de oro para destruir el plan de redención. El sabía que, si Josué era vindicado, Israel seria aceptada; pero si Josué era condenado y expulsado, Israel hubiese sido expulsado.

Uno de los principales errores que podemos cometer es no conocer a nuestro adversario. Satanás es un acusador, el anda como león rugiente buscando a quien devorar. El tergiversa la verdad y hace que no podamos ver a Dios y Su gracia. Satanás astutamente nos acusa para que no vengamos a la fuente y a aquel que es bueno y perdonador. Si nos quedamos culpándonos y alejados de Dios no volveremos mas insensibles, nos volveremos al pecado y mas doloroso será el retorno. No conocer como opera el enemigo es un gran error, pero otro error garrafal es no conocer a nuestro Dios, quien es un padre amoroso el cual se complace en salvar.

Josué no se defiende, El solo calla (Zacarías 3:2) porque podía ver sus ropas sucias; fue culpable según lo acusado. Entonces el Ángel le dice a Satanás, el Señor te reprenda. Cristo justifica a Josué, no en basé a sus méritos, si no en base a que Dios lo escogió, pero Josué no podía permanecer delante de Dios mismo en esas condiciones y no morir; su ropa sucia representaba su pecaminosidad y la del pueblo. La santidad de Dios y el pecado no pueden cohabitar así que la suciedad de Josué debía ser removida; necesitaba ropa limpia para poder estar delante del Señor (Zacarías 3:4). Josué está sucio delante de Dios, indigno de estar delante de Su presencia y Cristo es quien intercede y da instrucciones a los otros ángeles que estaban allí de que le quitaran su ropa sucia. Esto es lo que el Señor hace por nosotros, se preocupará de mantener a Sus justificados limpios porque se trata de Su reputación no la nuestra; Dios es quien escoge, justifica, y preserva. Esto no quiere decir que podemos vivir como nos plazca. El estar seguros en El nunca nos dará licencia para pecar libremente; al contrario, debemos representar a Dios bien y vivir dignamente para que otros puedan alabar Su nombre por la forma como escogemos vivir. Cristo consuma su promesa y viste con ropas de Justicia a Josué. Las vestimentas de gala que Josué recibió no fueron vestimentas baratas; estas costaron la sangre de Dios mismo.

Este domingo, Joan Veloz predicó el sermón “La mejor decisión: cambiando lo temporal por lo eterno” basado en Hebreos 11:24-26.

El pastor Miguel Núñez ha debido suspender la serie Hasta los Confines de la Tierra para cumplir con una invitación de una importante iglesia de Guatemala, para predicar sobre la doctrina de la gracia, por lo que en la IBI, en su lugar ha predicado el anciano Joan Veloz, quien trajo un mensaje basado en el Salmos 32, titulado: Bienaventurado: Instrucciones de un Pecador a Otro.

Como la mayoría de los salmos, éste fue escrito por el rey David por inspiración del Espíritu Santo. Notamos que como los demás, éste salmos es el lenguaje del corazón del creyente donde expresa lamentación por el pecado y regocijo en Dios. En su desarrollo observamos varios temas importantes, como son la felicidad del pecador perdonado, la desdicha y lamentaciones que sufrió antes del consuelo que siguió a la confesión de pecados, y las instrucciones de ese pecador a otros pecadores como estímulo para los creyentes. 

Este salmo es considerado por Martín Lutero como uno de los más sabios y con mayor aplicación de la Palabra. Su aplicación es de tal magnitud que en Israel es considerado el salmo de mayor instrucción al pueblo, y por su supuesto a cada uno de nosotros.

El predicador inició con la historia de David cuando envió a Urías al frente de las batallas para que lo mataran y así quedarse con Betsabé y encubrir su pecado, y la confrontación del profeta y amigo Natán, así como la manifestación de sus lamentaciones y cargas que sufrió por su pecado.

De este salmo el predicador extrae 4 enseñanzas, las cuales son:
1.- Somos Bienaventurados. Bienaventurados son aquellos cuyos pecados les son perdonados. Hasta que no entendamos lo que dice David, y las misericordias de Dios, el perdón no podrá brillar sobre el pecado, y por eso somos Bienaventurados. También debemos entender el costo y sacrificio de Dios para  salvarnos. Así como el que se está ahogando necesita un salvavidas, así mismo nosotros necesitamos a Cristo para que nos salve de nuestros pecados. Hoy somos Bienaventurados porque Cristo pagó por nosotros, cargó con nuestras culpas.
2.- El amor de Dios sobre el bienaventurado. David reconocía la majestad de Dios y como se sentía mientras ocultaba su pecado. Sentía un gran peso que le oprimía su cuerpo. David probó en carne propia que el pecado cuesta más que la satisfacción que ofrece. La aflicción que se siente después del pecado es una muestra de afecto de Dios para que volvamos a Él y para evitarnos mayores consecuencias, nos ofrece una vía para el arrepentimiento, la confesión y volver a Él.
3.- La instrucción de David al bienaventurado. David nos recomienda que nos arrepintamos, que confesemos nuestros pecados y volvamos al Señor libres para que no suframos como él. Es obvio que Dios no sólo es nuestro refugio y escudo, es nuestro guía y nuestro maestro, Él nos instruye a través de Su Palabra. Somos importantes para Él, tiene Sus ojos sobre nosotros. El rey David se muestra como un pecador dando instrucciones y recomendaciones a otros pecadores.
4.- La advertencia para el bienaventurado. David nos pide que dejemos la testadurez o terquedad y el orgullo que nos convierte en un animal, que nos acerquemos a Dios voluntariamente. No esperemos que las consecuencias de nuestros pecados sean mayores, vayamos a Cristo quien tiene nuestra libertad.

David cierra diciéndonos que los dolores del impío serán muchos, pero tenemos a Cristo que pagó por nuestros pecados. La misericordia y la gracia de Cristo son mayores a nuestros pecados.

Padre celestial, fortalece nuestra fe. Ayúdanos a presentarte nuestras iniquidades, confesar nuestros pecados en arrepentimiento, y permite que volvamos a Ti. Permite que podamos ver a Cristo como nuestro Señor y Salvador, y que a través de Su sacrificio fue posible nuestra salvación. Bendiciones.

Hoy estuvo como predicador invitado el anciano en formación Joan Veloz con el mensaje Lo Que Dios Me Ha Dado Y Lo Que Dios Me Ha Pedido, basado en la segunda carta del apóstol Pedro, capitulo 1, versículos del 3 al 11.

Después del saludo acostumbrado de Pedro en sus cartas, y habiendo expresado las bendiciones a que Dios llama a los cristianos, exhorta a quienes han recibido estos dones preciosos detallados aquí a proponerse a mejorar en gracia y virtud. El apóstol muestra su corazón y quiere enseñar lo que es importante al final de su vida.

En su carta, Pedro también advierte contra los impostores y los burladores, reprobando sus falsas afirmaciones, y mostrando por qué se retarda el gran día de la venida de Cristo, con la descripción de sus espantosas circunstancias y consecuencias; dando exhortaciones apropiadas a la diligencia y la santidad.

En estos versículos que vemos hoy el apóstol hace una serie de exhortaciones a agregar a la fe el ejercicio de diversas virtudes.  Nos enseña que la fe obra santidad y  produce efectos en el alma que ninguna otra gracia puede producir. También nos enseña que en Cristo habita toda la plenitud y el perdón, la paz, la gracia y el conocimiento, y los nuevos principios son así dados por medio del Espíritu Santo.

Las promesas para quienes son partícipes de la naturaleza divina nos harán inquirir si son realmente renovadas en el espíritu de nuestra mente, si somos nacidos de nuevo. El creyente debe agregar conocimiento a su virtud, incrementar la familiaridad con toda la verdad y la voluntad de Dios. Debemos agregar templanza, moderación por las cosas mundanas, paciencia o alegre sometimiento  a la voluntad de Dios. La tribulación produce paciencia, por la cual soportamos todas las calamidades y las cruces en silencio y sumisión. La paciencia incluye los santos efectos y disposiciones hallados en el verdadero adorador de Dios

Por lo tanto, los cristianos deben laborar para alcanzar la seguridad de su vocación y elección, creyendo y haciendo el bien; y esforzarse en ello cuidadosamente, es un argumento firme de la gracia y misericordia de Dios, que los sostiene para que no caigan completamente.

Los que son diligentes en la obra de la religión ( esforzarse en incrementar los dones dados por el Epíritu Santo ), tendrán una entrada triunfal en el reino eterno donde reina Cristo y ellos reinarán con Él para siempre; y es en la práctica de toda buena obra ( poner en ejecución el obrar de los dones ) donde debemos esperar entrar al cielo.

En este texto tenemos tres temas importantes que son: lo que Dios ha hecho por nosotros, lo que nos toca hacer a nosotros  y la importancia de hacer lo que Dios nos ha pedido.

Pedro nos pide que conozcamos profundamente a Dios y abracemos sus promesas para anclarnos en ellas que nos guardan de   no caer en las tentaciones. Promesas como que nuestra salvación es para siempre y no se pierde, nos promete que siempre estará con nosotros. 

Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para tener una vida piadosa. En ese sentido el creyente debe hacer todo su esfuerzo para cultivar los dones que nos ha dado y hacer lo que tenemos que hacer para mostrar dichos dones en el cuerpo de Cristo. Ser diligentes en añadir virtud a nuestra fe, añadir conocimiento para saber lo que voy hacer, añadir dominio propio para no caer en las tentaciones de este mundo, añadir  perseverancia con esperanza porque sabemos que veremos los frutos, y añadir piedad mostrando reverencia ante lo que Dios hizo por nosotros en el sacrificio de Jesús. Debemos ser diligentes en mostrar estas virtudes.

Estas virtudes nos hacen crecer en Cristo. Dios nos llama a crecer en estas virtudes. Dios se complace en vernos crecer. Estas virtudes no permitirán que seamos ociosos, nos impulsarán a ser pro-activos y dar frutos.

Pedro nos recuerda que si estas virtudes no las mostramos es porque somos ciegos o cortos de vista. El no reflejar estas virtudes es una evidencia de que hemos olvidado lo que Dios ha hecho por nosotros. Por lo que debemos pedir perdón por olvidar lo que Dios ha hecho por nosotros y pedir a Dios que nos guíe a volver a Él.

El no mostrar estas virtudes es una muestra de que posiblemente no seamos un verdadero hijo de Dios. Si mis obras y mi caminar son coherentes con lo que digo. Debo revisar mis obras y mi actuar en el mundo, la muestra de mis virtudes o frutos, para saber si realmente soy un hijo de Dios.

Al final el apóstol nos dice que si confirmamos estas virtudes en nosotros, si confirmamos que somos hijos de Dios, no tropezaremos, es una promesa que hace Pedro. Podremos alegrarnos porque nos será concedida la entrada al reino de Dios.

Padre celestial, aumenta y fortalece nuestra fe. Que podamos descansar en Tus promesas. Que permanezcamos firmes en Tus preceptos y las tentaciones no nos venzan. Bendiciones.