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16 de Abril de 2021

Personas ordinarias llamadas por el Dios extraordinario

“Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura
(Marcos 16:15)

Este pasaje nos recuerda el llamado que Dios nos ha hecho a todos los cristianos. No importa que te sientas llamado o no; si eres cristiano, este llamado es para ti.

Una de las primeras cosas que aprendemos en la vida cristiana es que Dios tiene un llamado para cada una de nosotras. Y como quizás algunas no sepan aun lo que es el llamado, quiero empezar por definir el llamado como una invitación que Dios nos hace para realizar una tarea específica dentro de su plan redentor.

En muchas conversaciones que he tenido con algunas personas, he escuchado algunas expresiones como: “para ser usado por Dios hay que estar muy preparado”; “para ser usado por Dios hay que saberse la Biblia”. Yo, en mis inicios en la fe, pensaba que no podía hacer nada por otros porque por mi condición espiritual en ese momento necesitaba ser ayudada, y que, por consiguiente, no podía ayudarles. Otras personas piensan que, para ser usado por Dios, hay que ser mínimo como el apóstol Pablo o algún otro héroe de la Biblia.

Pero si nos detenemos a leer la vida de algunos de los héroes de la Biblia, descubriremos que las personas que Dios elige para llevar a cabo su ministerio eran personas comunes y corrientes, y la mayoría de ellos con pasados, a los ojos humanos, muy reprochables. Tal es el caso de Rahab, quien era una prostituta, pero fue usada para proteger la vida de los espías hebreos enviados por Josué a reconocer la tierra de Jericó, y cuyo acto la hizo llegar a ser parte de la genealogía de Cristo. Tenemos a Jacob, quien traiciona a su hermano. Y por supuesto tenemos que hablar del apóstol Pablo, quien antes de encontrarse con el Dios verdadero, era un perseguidor de los cristianos.

Estos son unos pocos ejemplos de los muchos que tenemos, que nos dejan ver la grandeza de nuestro Dios, quien no toma en cuenta quienes fuimos en nuestro pasado o cuan terribles fueron nuestros pecados, o cuán preparados académicamente estemos. Él usa la vida de personas comunes y corrientes, llenas de debilidades, para que, al ver su obra en nuestras vidas, todo el que mire pueda ver su poder obrando, para que no quede la menor duda de que es Él quien está llevando a cabo la obra y no el instrumento que utiliza. Esto lo podemos ver en 2 Corintios 4:7, que nos dice: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros.”

Quizás en este momento estés pensando que no puedes servir a Dios porque hay algún pecado con el que luchas; quizás pienses que tu vida aún necesita mucha reconstrucción para estar lista para ser usada por el Señor. Si este es tu pensamiento, puedo decirte que mientras estemos en este mundo tendremos muchas luchas contra el pecado. El apóstol Pablo, quien como sabemos, fue un siervo extraordinario del Señor nos dice la Biblia en 2 de Corintios 12, que le pidió al Señor que le quitara el aguijón que tenía en su carne (v.8). Y nos dice que esta fue la respuesta que recibió del Señor: “Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (v.9-10).

Su Gracia, Su bendita Gracia es suficiente. No se trata de nosotras. ¡Y gloria a Dios! Porque es por su poder obrando en nosotras que podemos llevar a cabo Su obra. Porque nada bueno hay en nosotras por nosotras mismas. Y qué maravilloso es nuestro Dios, que cuando nosotras no podemos y creemos desfallecer Él demuestra su poder al hacer aquello que solo Él puede.

Y el punto más importante que quiero resaltar es que, aunque los personajes de los que hablamos anteriormente tenían vidas tortuosas y pecaminosas, les llegó el glorioso momento, el maravilloso encuentro, el día en que se encontraron con su salvador Cristo. Y fue ese momento, ese encuentro, el que marcó el antes y el después de sus vidas. Nunca más volvieron a ser los de antes. Y eso pasó contigo y conmigo el día en que conocimos a Cristo. Pues un encuentro real y verdadero con Cristo cambia por completo nuestras vidas. Las tinieblas fueron dispersas ese día, el pecado fue sacado a la luz, pero también una nueva luz iluminó nuestras vidas y nos trajo a libertad.

Pero sé que muchas veces, aun habiendo caminado con el Señor, habiéndonos encontrado con Él, seguimos sintiéndonos atadas a nuestro pecado, y que por eso quizás, pensamos que es mejor que no respondamos al llamado del Señor. Muchos otros pensamientos de condenación pueden venir a ti. Amada, cuando esto pase, debes recordarle a tu alma que tú ya no eres esa persona que fuiste. Tú fuiste liberada, tu deuda fue pagada, y ahora eso que antes era tu vergüenza, por la obra de Cristo en la cruz por ti fue quitada, y en Él vas a tener tu mayor fortaleza. El Señor nos dice que somos nuevas criaturas. Toda nuestra vida ha sido completamente restaurada. 2 Corintios 5:17, nos dice: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas.” Todo en tu vida fue hecho nuevo. Eres libre de ese pasado que te ataba y no hay nada que impida que puedas servir a tu salvador. Háblale esta verdad a tu alma cada vez que estos pensamientos quieran acusarte. Quizás sí fuiste esa persona en el pasado, pero ahora tienes un futuro garantizado en los brazos de tu salvador.

En el Programa “Mujer para la Gloria de Dios” se compartió que según o expresado por Chuck Swindoll en su libro “Moisés”, calificamos para el servicio al Señor porque fuimos justificadas en Cristo tal cual somos; sin importar cual haya sido tu pasado, tu futuro es más brillante de lo que puedes imaginar. Y ¿por qué? Porque la especialidad de Dios es utilizar vasos rotos que le hagan brillar más a Él y no a nosotras.

 Otro ejemplo de una vida usada por el Señor, para un llamado extraordinario fue Moisés. En él podemos ver que también como los otros personajes tuvo un pasado del que debía huir.  Moisés tuvo que huir de todo lo que conocía por haber matado al egipcio (Éxodo 2:11-15). Esa caída cambió su historia. Se refugia en el desierto. Y nos dice la Biblia que pasó allí 40 años. Y por si lo has pasado por alto, te lo repito: pasaron 40 años antes de que Moisés se encontrara con Dios. En un día ordinario, quizás un día como cualquier otro, en un lugar por el que quizá él había pasado miles de veces, en medio de un elemento cotidiano de su vida, una zarza, El Señor le habló. La situación y el lugar eran ordinarios, pero la presencia del Señor hizo de aquel lugar y de aquella situación los más extraordinarios. Desde ese momento la vida de Moisés jamás volvería a ser la misma (Éxodo 3:1-6). Y te pregunto: ¿estamos listas para cuando Dios decida aparecérsenos en medio de nuestras rutinas diarias?

En mi caso, el día que el Señor confirmó el llamado que hizo para mi vida, también era un día común. Ese día había ido a acompañar a mi consejera a dar una charla a un grupo de mujeres. Yo fui para aprender de ella y ser ministrada. Al finalizar su charla, ella habló con el líder del ministerio y le dijo que debían dar clases a las mujeres por separado; ante esta sugerencia él contestó que no tenía quien lo hiciera. En ese momento ella le dice, poniendo su mano en mi hombro, que yo podía hacerlo. Por mi mente pasaron rápidamente pensamientos de que yo no podía hacerlo, de que yo estaba para que me enseñaran, que no tenía nada para enseñarles, si no podía aún ni con mi propia vida. Pero de inmediato recordé que había estado orando por eso, y que no se trataba de mí, sino del poder de Cristo en mí.  Y doy tantas gracias al Señor porque he podido ver su mano obrar en mi vida en cada cosa que me ha llamado a hacer.

Cuando Dios llama, no hay quien pueda resistirse. Después de un encuentro con El Dios verdadero, es imposible permanecer igual.

Y, para terminar, quiero recordarte que para llevar a cabo la obra del Señor es fundamental una vida de intimidad con Él. No podrás hacer nada para el Señor, si primero no pasas tiempo con Él. Jesús nos dice en Juan 15:5: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese lleva mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer”

Aurita Gómez

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