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21 de Abril de 2021

Como barro en manos del Alfarero, proyecto de Dios

“Al contrario, ¿quién eres tú, oh hombre, que le contestas a Dios?
¿Dirá acaso el objeto modelado al que lo modela: «Por qué me hiciste así?».
¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa
un vaso para uso honorable y otro para uso ordinario?”
(Romanos 9:20-21)

¿Estamos en el taller de Dios mientras Él está formándonos a Su imagen?

La Biblia dice que el alfarero pisa el barro para poderlo trabajar (Isaías 41:25), y forma una vasija en el torno (Jeremías 18:3). El artesano hace girar la rueda con los pies, y con su mano le imprime forma; estas vasijas son sumamente frágiles, y si encuentra algún defecto las deshace y vuelve con el mismo proceso.

El alfarero, al hacer su vasija como el desea, constituye una hermosa ilustración del poder del Dios Creador.  Esta ilustración es aplicada a Israel; el SEÑOR envió al profeta Jeremías a casa del alfarero para que viviera esta analogía: “Levántate y desciende a la casa del alfarero, y allí te anunciaré Mis palabras”.  El profeta vio cómo el alfarero hizo una vasija que se dañó, la deshizo e hizo otra según su parecer (Jeremías 18:2-6).

Esta hermosa ilustración nos hace ver la soberanía de Dios: “¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honorable y otro para uso ordinario?” (Romanos 9:21).

Esto nos deja claro que cuestionar la moralidad de las acciones de Dios no es prudente; Pablo argumenta que es irracional y arrogante cuestionar lo que Dios hace. Dios escoge al pecador conforme al puro afecto de su voluntad, y como alfarero Él nos va moldeando a fin de formarnos a la imagen de Su Hijo. 

Las actuaciones de Dios son misteriosas e inesperadas; Él nos intercepta en medio de situaciones en la que pensamos que ya nuestra tarea está cumplida; o que quizás nos moverá de lugar, o que ya no quiere que hagamos nada. Y esto nos lleva a desesperarnos o a resignarnos, y cuestionamos.

Vemos el caso de Moisés (Éxodo 3:2-6); al principio de su vida estuvo lleno de privilegios y luego va a parar al desierto; cuarenta años de silencio en su relación con Dios y Su pueblo Israel. Cuatro décadas pastoreando las ovejas de su suegro. Imaginemos: no tenía patrimonio propio, tal vez se había resignado pensando que ya no serviría a Dios.  Así que, debió sorprenderse mucho cuando el Ángel de Jehová, “mensajero de Yahweh” (Hechos 7:30), le hablara de en medio de un arbusto en llamas.

La atención de Moisés fue atraída por un espectáculo insólito, una zarza que ardía, pero que no se consumía; y mayor fue su asombro cuando Dios le habló: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (v.5); señal de reverencia en un lugar santo.  ¡Un milagro! “Moisés cubrió su rostro”, una reacción adecuada ante la presencia de lo divino. Dios se identifica, “YO SOY el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob” y le explica: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor… y he descendido para librarlos de manos de los egipcios…” (Éxodo 3:7-8). Este énfasis es porque Dios había sido consciente de la desesperada situación de Israel. El resultado: “Prometió liberarlos de la opresión bajo los egipcios” y Moisés sería el líder que les conduciría a la buena tierra que les había prometido (v.9-10). 

Al igual que Moisés, a veces nos sentimos aletargadas; debido al largo tiempo de pruebas, llegamos a pensar que somos inútiles; no se nos ocurre que estamos siendo procesadas en el “taller de Dios”, que estamos en manos del Alfarero divino; y en el día de nuestra mayor decepción, el SEÑOR nos intercepta.

He trabajado en una institución por 14 años y Dios me ha dado la gracia de poder orar y llevar el evangelio a diversos grupos dentro de los diferentes departamentos por los que he pasado. El año pasado, debido a la pandemia del Covid-19, el grupo se disgregó. Cuando retornamos al trabajo normal, ya no volvimos a los devocionales, también hubo cambio administrativo, mucho del personal fue cancelado y otros, trasladados. En mi grupo de trece, solo quedamos tres. La llegada de nuevos incumbentes suscitó gran inquietud y decepción; pensé que quizás no era prudente hacer la invitación al devocional. Pasaron seis meses. Había mucha tensión. Tanta, que pensé dejar el trabajo; oraba todo el tiempo por dirección; estaba desesperada porque entendía que ya no era útil. Hace un mes entró a nuestra oficina una abogada nueva de la oficina de al lado, y dijo: “Hace mucho quería entrar en esta oficina, y añadió: ¡Qué paz se respira en este lugar! Me adelanté a responder: ¡Es la paz del SEÑOR Jesús en medio nuestro!, y dijo: ¡Ah, de seguro ustedes oran aquí!  Le respondimos que solíamos hacerlo, pero que ya no más. Ella dijo: “¡Pues deben de hacerlo!”, y se fue.  Oré en ese momento, ya que todo lo que recibimos debe pasar por el cedazo de la Palabra, Dios respondió: “Porque Aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, pues El da el Espíritu sin medida” (Juan 3:34) (ver también Juan 6:27). ¡Por Su gracia reanudamos la oración con la aprobación del supervisor!

Somos barro en manos del Alfarero divino, estamos en Su taller, allí nos hacen, y nos deshacen debido a los defectos que no nos acercan a la imagen de Jesús; no es nada placentero ser pisadas, moldeadas y pasadas por fuego; pero ¡No cuestionemos nunca la soberanía de Dios!  ¡Cuidémonos de hacerlo!  Nuestra esperanza es que “...en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó” (Romanos 8:37).

¡Dios les bendiga!

María del Carmen Tavárez

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