«Tengan cuidado de sí mismos y de toda la congregación, en medio de la cual el Espíritu Santo les ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual Él compró con Su propia sangre» (Hch 20:28).
Entramos hoy a una nueva etapa de este camino de oración y ayuno. Durante las semanas anteriores hemos clamado por fidelidad a la Palabra de Dios y una doctrina sólida. Ahora el Señor nos lleva a orar por quienes tienen la responsabilidad de encarnar esa Palabra delante del pueblo: los pastores y líderes de la iglesia.
Cuando Pablo describe al pastor en 1 Timoteo 3, llama la atención algo que es fácil pasar por alto. De toda la lista de requisitos que enumera, solo uno tiene que ver con habilidad: que sea «apto para enseñar» (1 Tim 3:2). Todo lo demás —irreprensible, sobrio, prudente, de buena conducta, hospedador, no dado al vino, no contencioso— son condiciones de carácter. No de competencia. El mensaje es claro: Dios no busca principalmente predicadores habilidosos. Busca hombres cuya vida sostenga lo que su boca proclama.
Irreprensible no significa sin pecado —todos pecamos. Significa que cuando el pecado llega, el pastor lo enfrenta rápidamente y con honestidad delante de Dios, sin esperar a que otros tengan que señalárselo. Es un hombre que cuida su alma con la misma seriedad con que cuida su doctrina. Porque como Pablo le recuerda a Timoteo, el orden importa: primero «tengan cuidado de sí mismos» y luego «de toda la congregación» (Hch 20:28). Nada se hace con conocer bien la doctrina si el carácter no la sostiene.
Y luego Pablo añade tres realidades que deberían producir sobriedad en todo pastor. Primera, fuiste hecho pastor por el Espíritu Santo —no por tus dones, tu carisma ni tu formación académica. Segunda, la iglesia que pastorean es de Dios, no tuya. Tercera, las ovejas que cuidas fueron compradas con la sangre de Cristo. Esas tres verdades, bien contempladas, son suficientes para humillar al pastor más seguro de sí mismo y sostener al más desanimado.
Sobriedad no significa rigidez o ausencia de gracia. Significa que hay un peso sagrado que acompaña el oficio; la conciencia de que uno está cuidando lo que le costó todo al Hijo de Dios. Esa conciencia debería moldear cómo el pastor estudia, cómo vive en privado, cómo trata a las ovejas difíciles, cómo enfrenta el fracaso y cómo maneja el éxito.
La formación pastoral que la iglesia latinoamericana necesita no es solo más conocimiento bíblico —aunque lo necesita. Es hombres que estudien la Palabra con la misma seriedad con que cuidan su alma. Pastores que recuerden cada semana que fueron puestos ahí por el Espíritu, que pastorean lo que es de Dios, y que las ovejas bajo su cuidado le costaron a Cristo la vida. Eso es lo que produce pastores que no se apacientan a sí mismos —sino que apacientan fielmente al rebaño (1 Pe 5:2-3).
Únete al tiempo corporativo de oración y ayuno, y usa estos motivos como guía de intercesión.
Motivos de oración
• Para que Dios produzca en los pastores una convicción profunda de que el carácter precede al ministerio. Que ninguna habilidad homilética, ningún don de liderazgo y ningún conocimiento teológico puede reemplazar una vida que sostiene lo que el púlpito proclama.
• Para que los pastores no descuiden su propia vida espiritual. Que tengan una vida de oración real, una comunión genuina con Dios y una vida de arrepentimiento verdadero ante el pecado.
• Por los pastores que están agotados, desanimados o en una crisis silenciosa. Que el Señor les recuerde que fueron puestos ahí por el Espíritu Santo, que pastorean lo que es de Dios, y que las ovejas bajo su cuidado le costaron a Cristo la vida.
• Para que se levanten en Latinoamérica instituciones y mentores que formen pastores no solo en contenido doctrinal sino en carácter piadoso. Que la formación pastoral deje de separar lo que la Escritura siempre mantiene unido.
• Para que los pastores que apacientan el rebaño lo hagan como Pedro manda: no por obligación sino voluntariamente, no por ganancias deshonestas sino con dedicación, no como enseñoreándose sino como ejemplos (1 Pe 5:2-3), y que Dios los libre de toda forma de ministerio que los ponga a ellos en el centro.
• Para que las congregaciones aprendan a cuidar a sus pastores: a orar por ellos, a sostenerlos, a no exigirles lo que solo Cristo puede dar, y a reconocer que tienen una responsabilidad real en la salud espiritual de quienes los lideran.